El arte de hackear una novela

Una vez, cuando iba al instituto, la profesora de música no pidió que escogiéramos una de nuestras canciones favoritas y la descompusiéramos en partes: Que escucháramos por un lado el ritmo de la batería, por otro la melodía del bajo, por otro los arreglos de guitarra y así con todos los instrumentos.

Recuerdo que la chica que estaba sentada a mi lado resopló y susurró: «Ni de coña voy a joder mi canción favorita haciendo eso».

Luego pasé un tiempo tocando la guitarra, y aunque no hay nada que pueda enseñaros sobre eso (soy bastante nefasto), aprendí enseguida que para poder avanzar y crear algo propio era necesario descomponer las canciones que habían creado otros artistas y tratar de descubrir por qué funcionaban del modo en que lo hacían.

A lo que voy es a que si quieres aprender a hacer cualquier cosa, y sobre todo si vas a ser autodidacta, necesitas coger algo que ya esté hecho, desarmarlo y volverlo a reconstruir por ti mismo.

Ya sabes, como dijo Confucio: « Me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo entendí; lo hice y lo aprendí».

Si no me crees a mí, por lo menos haz caso a Gabriel García Márquez:

«No sé quién dijo que los novelistas leemos las novelas de los otros solo para averiguar cómo están escritas. Creo que es cierto. No nos conformamos con los secretos expuestos en el frente de la página, sino que la volteamos al revés, para descifrar las costuras. De algún modo imposible de explicar desarmamos el libro en sus piezas esenciales y lo volvemos a armar cuando ya conocemos los misterios de su relojería personal.

Esa tentativa es descorazonadora en los libros de Faulkner, porque este no parecía tener un sistema orgánico para escribir, sino que andaba a ciegas por su universo bíblico como un tropel de cabras sueltas en una cristalería. Cuando se logra desmontar una página suya, uno tiene la impresión de que le sobran resortes y tornillos y que será imposible devolverla otra vez a su estado original. Hemingway, en cambio, con menos inspiración, con menos pasión y menos locura, pero con un rigor lúcido, dejaba sus tornillos a la vista por el lado de fuera, como en los vagones de ferrocarril. Tal vez por eso Faulkner es un escritor que tuvo mucho que ver con mi alma, pero Hemingway es el que más ha tenido que ver con mi oficio.»

García Márquez “Mi Hemingway personal” en Ernest Hemingway. Cuentos.

Ed. Lumen, 2007.

Esta idea de García Márquez es también la que subyace detrás de la filosofía hacker, que se basa en la idea de desmontar una radio y exponer sus tripas para descubrir su funcionamiento. O sea, en descubrir la estructura interna de las cosas y en hacerse preguntas constantemente para aprender. Todo esto se puede aplicar a otras disciplinas, a las artes y en particular a la literatura.

Si solo eres espectador, lector o receptor, como la amiga que tenía sentada al lado (que por cierto ahora es profesora de literatura en una universidad en los Estados Unidos), entonces no tienes que preocuparte por descomponer las cosas o por tratar de entenderlas. Puedes leer sin más. Solo leer y vivir la historia, sin reservas, sin pensar en cómo el autor gestiona o abusa de los recursos argumentales, de las palabras, de la gramática. Leer así tiene mucho de mágico y es algo a lo que yo renuncié en buena medida pero que nunca voy a dejar de echar de menos.

Yo he dejado de amar más de una de mis novelas favoritas en segundas lecturas.

Por eso, a menudo los lectores piensan que la creación es un proceso mágico en el que la musa acude y baila a tu son, y que las grandes historias son consecuencia de un único momento de inspiración febril. Por eso los escritores noveles piensan que si el proceso resulta demasiado difícil es porque estás haciendo algo mal.

Al final, lo único que quiero decir es que escribir no es solo escribir, sino romper y reconstruir, y sobre todo estar dispuesto a aprender todo el rato. No hay un solo autor que en determinado punto de su carrera pueda decir «ya sé escribir. Esta vez lo he clavado». Cualquier maestría en una disciplina es como un gradiente, una escala de conocimientos y aptitudes. Siempre hay algo nuevo que aprender, algo distinto que probar.

Como el mito ese que circula por ahí acerca de los tiburones. Si dejas de nadar, te asfixias y mueres.

Afortunadamente todavía queda algo de mágico en la literatura. Algo que por mucho que deshagas nunca jamás vas a encontrar o replicar. No es la hoguera, el fuego, las llamas o el humo negro que asciende y llena el aire de pavesas. Es la chispa, lo que inició el incendio y que solo el creador, que ha estado allí desde el primer momento, ha podido ver. Eso es lo que hace que las editoriales no tengan ni idea de por qué una novela se convierte en superventas y lo que impide que se pueda fabricar una máquina para generar best-sellers en cadena. También es lo que hace que, muchos años después, todavía se siga leyendo a algunos autores, rescatados del olvido, muchos de los cuales no tuvieron éxito en vida.

Y también es lo que lo convierte este oficio en algo tan endiabladamente difícil pero, también, en algo tan fascinante.

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12 comentarios

    1. Gracias, Álex. Sobre tu pregunta… uf, pues no tengo ni idea. Yo siempre he tenido muy mala memoria a largo plazo y hace ya varios años estuve investigando un poco sobre qué tipo de ejercicios se podían hacer para aumentar la capacidad retentiva del cerebro. Hay muchas cosas por Internet, pero dejé de buscar información a los dos días por pereza, XD.

  1. Hola Víctor,
    Gran consejo. Me parece imprescindible saber leer con capacidad crítica y analítica.
    Yo lo hago tanto que a veces me agobio por no ser capaz de leer solo por el placer de leer, o de ver una peli o serie sin analizarla. En fin, supongo que son daños colaterales o sacrificios imprescindibles o llámale X.

    1. Hola, Clara. Bueno, yo leo por el placer de leer, que conste. Quizá tendría que aclarar eso, porque en Facebook he visto que algunos han interpretado que no disfruto de la lectura… o que no disfruto tanto de ella desde que me fijo en estas cosas. Descubrir cómo funciona algo que funciona bien es genial y permite disfrutarlo a muchos más niveles. El problema es que hay novelas con las que has podido gozar mucho en determinado momento y que, más adelante, y leídas con otros ojos, enseñan demasiado las costuras. Por eso algunas obras que para mí eran de referencia hace pocos años, con una segunda lectura crítica se han caído del pedestal. Y por otro lado, hay libros “meramente de entretenimiento” o “sin muchas pretensiones” con los que a veces es imposible apagar esa vocecita crítica, y es una lástima porque no se disfrutan igual.

  2. Jaja, acabas de recordarme a mi hermano. Le llamábamos “Nacho-rompe-cosas” porque no había aparato que no destripase para ver cómo estaba hecho por dentro. Ahora, cada vez que se nos rompe algo, decimos: “Nachoooo, :'( ¿Me lo puedes arreglar?”.

    En alguna parte leí hace tiempo que una vez que has desmontado 8 novelas, estructurar la tuya deja de ser una tarea taaan difícil. Así que ahí esto, desmontando historias. Lo que peor llevo es apagar el “modo lector” y apretar el encendido de aprendizaje. Echo de menos aquel leer si preocuparse por nada más que no fuera disfrutar la historia.

    Me ha encantado tu artículo, Víctor.

    1. No sé cuál será el número, pero yo sigo teniendo problemas con la estructura, a pesar de todo el tiempo que le dedico. El problema es que para analizar la estructura de una novela creo que es imprescindible leerla dos veces y eso es algo que estoy dispuesto a hacer con muy pocos libros. ¡Con todo lo que me queda por leer!
      Tu hermano es un hombre sabio. ¡Un abrazo!

  3. Esto. Mil veces esto.

    Creo que por muchos artículos que leamos, nunca vamos a ser buenos escritores si no aprendemos a destripar las historias de quienes lo hicieron antes que nosotros, de quienes lo hicieron bien.

    Un gran artículo.

  4. Buenísimo, Victor.
    Coincido con todos; extraño leer solamente por placer y sin “desarmar” una obra. Pero bueno, me quedo con lo que tú dices y tan feliz que sonrío, jaja.
    Cada consejo viene bien, y me sumo al aprendizaje constante y sin fin.
    Un fuerte abrazo,
    Poli.

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