Autocensura y literatura infantil

Hace no demasiado tiempo hice una consulta en mi Facebook. Pregunté a mis contactos si era apropiado introducir un asesino de huérfanos en una novela dirigida a un público infantil (a partir de 10 años), o por el contrario les parecía una barbaridad.

No era una consulta ociosa. Es algo que me preocupa. Cuando me adentro en un género nuevo intento hacerlo con cautela y el mayor respeto posible; trato de no romper nada en el proceso. Esta es la primera novela infantil/juvenil que escribo, y por lo tanto soy consciente de que hay muchas cosas que desconozco y que tengo que aprender.

Creo que hay que ser humilde en ese sentido y no dar nada por sentado, así que me he pasado cerca de un año complementando lecturas adultas y juveniles, y también un buen número de ensayos, como The Magic Words de Cheryl Klein (muy recomendable para aquellos que quieran probar suerte en los campos del MG y del YA) y Boys and girls forever de Alison Lurie (bastante menos recomendable).

En cualquier caso, la respuesta más o menos unánime a mi consulta sobre el asesino de huérfanos  fue que se trataba de un villano perfectamente apropiado. Entre los autores de los comentarios había bastantes escritores, algún editor y también unos cuantos padres. Por eso creo que son opiniones de un público informado y, en cierto sentido, también son público “objetivo” (los padres muchas veces son los que deciden las lecturas de sus hijos).

Unas semanas atrás el tema volvió a surgir a raíz de este artículo publicado en El Mundo. Según el periodista, la tendencia ahora es reducir o eliminar la presencia del villano en las historias infantiles. Uno de los autores entrevistados se reafirma sobre este punto en otro artículo:

La culpa puede ser de las prescripciones de libros en los colegios, una fuente nada desdeñable de ingresos para autor y editorial. Los profesores buscan evitar el enfrentamiento con los padres y eligen libros que minimicen cualquier tipo de conflicto (nada de palabras como «aborto», por poner un ejemplo). En respuesta, las editoriales prefieren publicar historias que cumplan con estos criterios.

Cheryl Klein considera que cualquier tema es apropiado para una historia infantil, que todo depende del tratamiento que se dé y del rango de edad. Por eso es importante comprender cómo se desarrolla la mente de un niño y a qué edades son capaces de asimilar determinados conceptos.

Aun así, el tema es complicado y está lleno de aristas, no me digáis que no. Del mismo artículo que mencionaba antes:

¿Debería o no? ¿Qué es lo que estamos defendiendo aquí? ¿El abuso del maniqueísmo del bien contra el mal o la ambigüedad de que no existen buenos ni malos? ¿Es que las historias tradicionales son las únicas válidas, es que requieren modernizarse o es que son nocivas para la mente de los infantes? ¿No estamos mezclando unas cosas con otras?

Yo creo que el problema parte de que, con los niños, se pretende que toda lectura transmita una lección moral. Y no una lección moral cualquiera, ni una ambigua, sino un contenido pre-aprobado y blanco. No se lee por placer, se lee… porque hay que hacerlo, para formar, para educar, pero solo de la manera en que a nosotros nos interese.

Esto no ocurre con los contenidos audiovisuales. Y no sé por sé. Si tú lo sabes explícamelo, por favor, porque no entiendo el doble rasero.

Yo no veo nada malo en historias para niños que tengan como protagonistas a ejecutivas de transnacionales (a mí me parece que sus vidas probablemente son tan aburridas o tan interesantes como las de las princesas, pero vete a saber).

Por otro lado, el autor del artículo también menciona prejuicios contra “las familias modernas”. Quizá desconoce que muchas de estas madrastras de los cuentos que menciona eran madres en sus versiones más antiguas… que fueron modificadas en ediciones posteriores por los hermanos Grimm. Solo podemos especular acerca del motivo por el que hicieron este cambio, pero una de las opiniones más aceptadas es que fue precisamente un intento por reducir el nivel de intensidad del relato para hacerlo apto para un público infantil.

Creo que hay espacio para todo tipo de lecturas. La literatura infantil no existe solo para cumplir con el programa educativo de turno, ni para enseñar a los niños a respetar a sus padres y a no cruzar la calle cuando el semáforo está en rojo.

Aunque nadie está censurando nada, en realidad todos se autocensuran y, en consecuencia, están empobreciendo la oferta editorial y privando a los chavales de historias significativas que podrían convertirlos en buenos lectores o, a un nivel más profundo, ayudarlos a convertirse en los adultos que serán en un futuro.

Y esto no es ninguna broma. Tanto tú como yo somos lo que somos gracias a nuestras lecturas, porque forman parte de nuestras experiencias vitales exactamente igual que nuestro primer beso, aquella vez que nos enfrentamos al abusón de la escuela, o el gol que marcamos en el último minuto del partido.

Yo no sería quien soy sin Roald Dahl, Michael Ende o Angela Sommer-Bondenburg. No solo por haberlos leído, sin por leerlos en el momento preciso, cuando más lo necesitaba. Son historias que te enseñan a ser valiente, a equivocarte y rectificar, a levantarte después de caer, pero también historias con las que aprendes que el mundo es un lugar hostil, que los sueños no siempre se cumplen y que ahí fuera puede haber gente que quiere hacerte daño.

Todas ellas son lecciones que todos tenemos que aprender. Mejor más pronto que tarde.

* * *

Todas las ilustraciones que acompañan a este artículo son obra del genial Arthur Rackham.

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9 comentarios

  1. ¡Muy buenas, Víctor!

    Es un tema un poco difícil de tratar. Personalmente parto de que un libro tiene la función de entretener, esté dirigido al público que esté. El problema viene cuando la sociedad piensa que “idealizar” la sociedad en la literatura va a ayudar. «Hagamos leer a los niños cuentos sin villanos, con profes buenas y serias y amores a primera vista», sí, claro; y después le ponemos las noticias para que vean que una nueva bomba ha acabado con la vida de decenas de personas. O una peli donde las balas y cuchillos son el plato fuerte.

    Vuelvo a repetirme, un libro tiene que entretener. Estoy seguro que ese libro del que hablas no va a ser lo mismo sin un asesino de huérfanos. No hay que censurar nada en cuanto a temas a tratar, simplemente medir las palabras. Está claro que a un niño de diez años no le voy a decir cosas como «le abrió el estómago con un tajo de su cuchillo y los intestinos se desparramaron sobre el suelo»; pero sí «le asestó el golpe que acabó con su vida». Creo que eso es lo único que diferencia la literatura infantil/juvenil de la adulta, el cómo dices las cosas. Por lo demás, yo no me cortaría.

    Un gran artículo que da para debatir mucho jaja

    ¡Un abrazo y nos leemos!

    1. Hola, Háskoz. Efectivamente, eso es lo que defiende Cheryl Klein. Hay que tener un poco de cuidado con el rango de edades, porque es evidente que hay una evolución en los niños y que necesitan llegar a cierta madurez para entender determinados temas. Quitando eso, es todo una cuestión de cómo trates la historia. Libros como “Las brujas” o “Charlie y la fábrica de chocolate” tienen escenas terribles, que funcionan precisamente por la forma en la que el autor selecciona las palabras.
      Eso sí, guste más o guste menos, cuando se escribe literatura infantil el público objetivo no son los niños, sino los padres, que son los que pagan. No hay más remedio que tenerlos en cuenta.

  2. Hola Victor,
    te animo a pasearte por el blog que tenía Elsa Aguiar: https://editarenvozalta.wordpress.com/ Fue durante muchos años una de las mejores editoras en España; falleció hace dos o tres años. Además de dejar un gran legado de libros editados, este blog (en mi opinión) no tiene desperdicio y podrás encontrar respuestas. En el caso que tú comentas, ella decía que se podía hablar de cualquier tema, que era incluso necesario hacerlo, que lo importante era CÓMO se hacía. Tú mismo mencionas las brujas (y ella también lo hizo) con el tema de la muerte genialmente llevado al mundo infantil-juvenil. Mucha suerte en tu nuevo proyecto.

  3. Hola, Víctor:
    Reflexiono a menudo sobre la autocensura (recurrente en mi blog), y por eso me llamó la atención este artículo tuyo.
    Muy de acuerdo con Juan Goytisolo cuando dice que vivimos tiempos de censura comercial, parecida a la política aunque menos temible. Por eso escribir para niños me parece como jugar al cascajo en terreno minado.
    El cuento como punto de partida impone una enseñanza moral, y es válido, pero los niños no siempre esperan moralejas, sino olvidarse de un mundo que tampoco les ahorra crueldad. La contradicción es suponer que esas lecturas deben aleccionar en valores ciudadanos pero bajo una realidad falseada.
    También creo, como dices, que hay espacio para todo tipo de lecturas, sin olvidar que son personas inocentes y que no hay por qué contarles escabrosidades aunque sí mostrar la vida con sus luces y sombras.
    Esencial, eso sí, es el ritmo puesto que los niños repiten varias veces la misma lectura, a veces de manera obsesiva y ritual.
    Sobre tu pregunta: “Esto no ocurre con los contenidos audiovisuales. Y no sé por sé. Si tú lo sabes explícamelo, por favor, porque no entiendo el doble rasero”, creo que esto se debe a que:
    . los contenidos audiovisuales suelen llegarnos de fuera
    . se emiten en sesiones infantiles y programaciones “aptas”
    . el comprador (padre o familiar) no puede revisar el contenido antes de comprar
    . no figuran en catálogos de bibliotecas públicas o escolares
    . los adultos no participan como espectadores acompañantes
    . aquellos niños que SOLO tienen acceso a estos contenidos no son los futuros adultos que el sistema prevé formar, ni siquiera como lectores.
    Aida Blanco, en su blog, “Meriendo libros”, escribe reseñas muy interesantes sobre literatura infantil. Te lo recomiendo.
    Un saludo.

    1. Hola Laura. Muchas gracias por tu comentario. Y sí, la explicación que ofreces para explicar la presencia de determinados elementos en la narrativa audiovisual que luego se desprecian en las historias infantiles literarias me parece muy acertada. Me apunto el blog. ¡Saludos!

  4. Pues yo me encuentro en una encrucijada con este tema pero con la parte visual: la ilustración. Hice una ilustración del clásico popular “Garbancito” donde se ve cómo el padre se reencuentra con Garbancito tras haber rajado la barriga del buey. Todo el que la ve, adultos, hace un gesto de desaprobación porque el “tajo” hiere sus sensibilidades. Ante esa reacción estoy pensando en modificarla para que sea MÁS… blanca. ¿Tú que harías?

    1. Buenas, Laia. Tal y como planteas la pregunta, yo lo cambiaría sin ningún asomo de duda. Los compradores de tu libro (que son los padres, no los niños) te están dando una indicación muy clara sobre qué es lo que quieren ver en el libro y creo que es necesario llegar a un “compromiso” con ellos; por ejemplo, yo mantendría el dibujo pero lo alteraría ligeramente para no mostrar el tajo, quizá posicionando al buey de espaldas. Es decir, haría implícito lo explícito. De este modo la historia se mantendría inalterada, y estoy seguro de que tanto los niños como los adultos van a ser capaces de imaginar lo que está pasando aunque no lo vean de forma directa.
      Me faltaría saber si estás trabajando para una editorial, si pretendes autopublicar el cuento, si es un trabajo más artístico y personal… en fin, una serie de factores que podrían modificar esta decisión. Por ejemplo, si la historia estuviera dirigida a un público adulto, como las versiones originales de los Grimm, yo mantendría el tajo.

  5. Hola, Victor,
    Muchas gracias por tu respuesta.
    Es un proyecto de álbum ilustrado dirigido a público infantil. En principio tenía la intención de autopublicarlo pero como lo estoy terminando, no descarto enviarlo antes como propuesta editorial. De hecho, ya lo mostré hace unos años en la feria de Bolonia.
    Está claro que, ante un proyecto de tales características, debo hacer una ilustración más sutil y no tan… literal 😉

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