El fin del terror moderno

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Cuando hace un par de meses tuve la idea de empezar con esta sección, nunca pensé que fuera a tener tanto éxito. El primer artículo de Post Scríptum lo abrió el pasado diciembre la escritora y bloguera Gabriella Campbell con sus Lectores aéreos. La semana pasada, se sumó a la iniciativa Néstor Belda, con su antología Todas son buenas chicas.

Hice un llamamiento en las redes que tuvo una gran acogida, así que queda Post Scríptum para rato.

Esta semana toca, sin embargo, una colaboración especial (y postergada ya durante demasiado tiempo). El invitado de hoy es Jaume Vicent, creador de la web Excentrya, que acaba de publicar su primera novela, Blackwood: Piel y huesos con la editorial Pulpture.

* * *

Dicen las malas lenguas que a los escritores nos encanta hablar sobre nosotros mismos, que nos encanta hablar de nuestras obras y todo eso, lo que los graciosetes llaman “el síndrome Umbral”. A mí, que me gusta mucho leer al viejo Paco, me daría por pensar que ese síndrome implica escribir sobre tetas, coños y putas… pero se ve que no, que me equivoco.

Debo ser el escritor raro de turno, me cuesta mucho ponerme a hablar de mi novela o de cualquiera de mis relatos… De hecho tengo pendiente con mi diseñadora, pasarle un texto con todos mis trabajos… porque se me da fatal hablar sobre lo que escribo.

Cuando Víctor me pidió participar en Moral de Frontera (me encanta el nombre de este blog) con un artículo en el que hablase sobre Blackwood: Piel y Huesos, le dije que sí… Es un acto reflejo, cada vez que un compañero bloguero me pide algo, mi respuesta siempre es sí. Luego el pobre ha tenido más paciencia que un santo, esperando a que le enviara algo. Mi problema era que no sabía por dónde enfocarlo.

Y sigo sin tenerlo muy claro.

A pesar de mi reticencia he tenido que hablar mucho sobre mi libro, en las presentaciones, en los distintos artículos que he escrito en Excentrya sobre él… ya sabéis, me ha tocado hacer una gira de presentación sin salir de mi blog y las redes. A estas alturas creo que he exprimido al máximo lo poco que tenía que contar sobre él… creo que lo he dicho todo.

Blackwood, el terror en las tierras del norte

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Hace poco publiqué en mi blog una entrada sobre la inspiración del escritor, ese momento de crecimiento en el que tratamos de imitar a los grandes y buscamos emular sus hazañas literarias con nuestras temblorosas y torpes letras.

El artículo se me ocurrió a raíz de una experiencia que Stephen King nos narra en Mientras Escribo. King explica cómo, cuando era un niño, se enamoró de la versión de la Hammer de El Pozo y el Péndulo, cuando llegó a casa comenzó a pensar en cómo podía él mejorarla y escribió así su propia versión que luego vendió en el colegio.

Blackwood, nació de forma parecida. Yo mismo estaba fascinado por las historias del Wendigo, una figura que aparece en muchas series de televisión, pero pocas veces es bien definida. Casi siempre termina horriblemente desfigurada.

Yo había leído el relato de Algernon Blackwood, El Wendigo, y empecé a buscar información sobre este mito. No me resultó sencillo deshacerme de toda esa “información dudosa”, Internet nos habrá abierto muchas puertas, pero ha dejado entrar mucha mierda con eso. Cuando necesitas informarte de verdad, buscar fuentes fiables, te ves a ti mismo navegando entre historias contradictorias, datos falsos, datos inventados, datos ficticios que son expuestos como reales… ya sabéis a lo que me refiero: Internet.

Después de bucear y abrirme paso entre mucha paja y muchas referencias a Sobrenatural y Embrujadas, pude encontrar información fiable (más o menos) sobre el mito en sí. Descubrí que era una forma de evitar que las tribus algonquinas cayeran en el canibalismo durante los duros inviernos del Canadá, supe que algunos guerreros se convertían voluntariamente en Wendigos para proteger sus poblados, descubrí que existían rituales de exorcismo y que la única forma de acabar con el espíritu maligno para siempre era conseguir que se consumiera a sí mismo.

Ahora tenía las herramientas, pero, ¿qué quería hacer con ellas? ¿Qué pretendía construir? ¿Una casa unifamiliar? ¿Una mansión? ¿Un bloque de edificios? Tenía claro que no quería construir un laberinto, eso desde luego. Mi estilo es sencillo, me gustan las historias directas (al menos para el terror), me gusta que tengan ritmo, que sean cinematográficas.

En aquel momento no tenía claras muchas cosas que ahora sé, por ejemplo, que en el género de terror es casi imposible innovar, que en el terror las viejas costumbres han desaparecido, el género de terror ya no da miedo (aunque siga habiendo gente que se niegue a leerlo), la función del terror es la de entretener… Si hubiese sabido todo esto entonces, seguro que habría escrito un libro muy distinto.

Sin embargo, en aquel momento tenía la intención de asustar o, al menos, de hacer pasar un mal rato a alguien. Quería escribir una historia de terror clásica, corta, intensa y fácil de leer. Nunca quise crear una obra espesa o densa, quería escribir el típico libro que te llevas al metro y que te lees durante los viajes…

De hecho creo que el mejor cumplido que he recibido de mi novela es el de una lectora que se lo leyó de una sentada en un viaje de tren bastante largo y que me pedía más.

Un terror clásico

Escribir terror es más que nunca un reto para el escritor. El género ha pasado por muchos cambios: hemos crecido rodeados de películas de terror y de noticias que son peores que cualquier film. La realidad es que cuesta horrores asustar a alguien con palabras, ¿por qué? Como dice Stephen King hemos perdido la capacidad de sorprendernos, hemos perdido parte de nuestra inocencia.

King dice que hoy en día Wells no habría conseguido absolutamente nada retransmitiendo La guerra de los mundos, porque hemos olvidado cómo ver con los oídos. Hemos olvidado cómo imaginar, ya no nos sorprendemos, hemos perdido la capacidad de suspender la incredulidad. La imaginación es un juguete roto.

Por eso mismo el terror es más complejo que nunca, escribir sobre monstruos, fantasmas y seres del más allá es una batalla constante contra un lector que no nos permite engañarlo en ningún momento, es una guerra contra un público que solo quiere encontrar la cremallera al monstruo.

El terror debe mutar, evolucionar, si pretende (si pretendemos) que este género sobreviva. El terror ya no da miedo, ahora debe entretener, ahora son las historias de sus personajes las que cuentan, las que pesan. Son ellos los que harán que nos enganchemos o no a la obra. Aunque, como decía Lovecraft, los fenómenos siguen siendo importantes, nos enfrentamos a la incredulidad de un público diferente y por eso debemos ser capaces de centrar la atención en los protagonistas.

De nuevo recurriré a King para mostrar un claro ejemplo de esto. Aunque en los últimos tiempos el Rey del Terror está cambiando y alejándose lentamente del horror más duro, en Dr. Sueño, por ejemplo, es Danny Torrance el que lleva el peso de la narración, en él se centra todo. Es el personaje el eje central del libro. El resto: El Nudo Infinito, el resplandor, el vapor, los fantasmas, todo son accesorios.

¿Qué pasa si lo comparamos con El Resplandor? Se supone que Dr. Sueño es una continuación, sin embargo, no podrían ser libros más distintos. Tan solo los separan 30 años, pero el terror ha cambiado tanto que no se parecen en nada. En El Resplandor los fenómenos —los fantasmas y los poderes—centran toda la atención, mientras que los personajes, la familia Torrance, son los vehículos necesarios para la narración. Nada más, son personajes muy buenos pero poco más, meros accesorios.

¿Por qué este cambio? Porque desde que apareciera aquel libro allá a finales de los setenta, el terror ha cambiado mucho. Gran culpa de esto la tiene el cine que nos ha puesto a millones de monstruos frente a los ojos, muchos de ellos tan malos que nos han provocado risa y, con el tiempo, hemos perdido la capacidad de suspender la incredulidad, simplemente ya no nos creemos a ningún monstruo.

Los escritores de terror nos hemos adaptado a estos nuevos tiempos y hemos adaptado también nuestras historias, Barker o Hill producen un terror muy distinto del que producía King en sus tiempos, eso es porque ambos han sabido adaptar sus producciones al momento, a lo que busca el espectador.

Blackwood: Piel y Huesos es una historia de corte más clásico, donde los personajes y el fenómeno navegan en el mismo barco. Con ella he tratado de regresar a esas historias de sabor añejo que hace no tanto tiempo se publicaron en España bajo el inconfundible sello de Bruguera. Piel y Huesos es una historia intensa de terror, sin grandes aspavientos, sin grandes pretensiones… Blackwood: Piel y Huesos está ahí para que la disfrute el lector, nada más.

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6 comentarios

  1. Me ha gustado el artículo. También creo que es muy difícil innovar y sorprender al lector de terror… y aún así me sigue encantando este maltratado género literario. Espero poder conseguir un ejemplar de Piel y Huesos pronto.
    Saludos!

    1. Tú lo has dicho: “maltratado” es la palabra adecuada :-). A ver si entre todos conseguimos dignificarlo. ¡Un saludo!

    2. La verdad es que llevamos un tiempo que se está vapuleando al terror… Yo siempre digo (con la boca pequeña) que esto comenzó con Lestat y los vampiros “sexualmente activos” de Rice. La cosa no pinta demasiado bien… Ghost se cargó a los fantasmas, ahora le toca a los zombis… En fin, la única esperanza que nos queda es reflotar esto a base de sangraza, que al final es de los pocos recursos que siempre nos quedará a mano.
      Espero que te guste Piel y Huesos, ya me contarás.
      Un saludo.

  2. Aún no he leído “Blackwood: Piel y huesos”, pero sí he disfrutado del penny dreadful “Viejas huellas” (que pertenece al mismo universo) y puedo decir que la cosa promete. La prosa de Jaume es de esas que te obligan a devorar página tras página.

    Es muy cierto que la mayoría del público ha perdido la capacidad de asombro tan mencionada por los filósofos. Solo con ver las noticias ya te inmunizas contra cierta clase de escenas y planteamientos que hubiesen horrorizado a nuestros antepasados… nosotros los vemos durante la comida o el desayuno. Está claro que existe un embrutecimiento en este sentido en gran parte de la población.

    Sin embargo, todavía hay algunos autores que saben cómo tocar en nuestro interior y provocarnos sudores fríos. He leído hace un rato tu artículo en el blog de Jaume y la verdad es que la película The Ring es de las pocas que en su día me hizo pasar miedo al verla.

    El terror al igual que todo lo demás va evolucionando, muchas de las historias que ahora se catalogarían como terror a mí me parecen más bien fantasía oscura 🙂

    Un abrazo a los dos.

    1. Ay, «fantasía oscura». Ese es exactamente el género en el que encajan la mitad de las cosas que escribo. Por desgracia, en España eso de la fantasía oscura no se entiende. En el mundo anglosajón hay cientos de subgéneros. En las librerías de Manhattan aluciné porque tenían una sección específica para libros de “supervivientes” (apocalipsis varios y catástrofes zombis). Aquí al final todos los escritores de género acaban cayendo en tres cajas: fantasía, ciencia-ficción o terror. Y no hay más 🙂

    2. Como dice Víctor, los escritores hispanos terminamos encajándonos —aunque yo creo que más bien nos encajan— es solo tres géneros, todo lo que hay entre el blanco y el negro parece que no existe. Hace poco escuché a una bestia de literatura, Víctor Blanco, hablando sobre el GrimmDark, que es otra parte de esa fantasía oscura de la que habláis, por desgracia para el mercado de literatura “fosca” español, no existen todos estos matices…
      Bueno, como siempre ocurre, tenemos dos opciones: seguir quejándonos o poner algo de nuestra parte para cambiar las cosas. Por suerte, la gente que conozco en este mundillo, como Selles, Blanco o Edroso, hacen todo lo que está en sus manos para que ese cambio se produzca.
      En fin, Ana, como siempre, muchas gracias por pasarte a leerme 😀
      Un abrazo!

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