Expresiones malsonantes en tus textos: Valen o no valen

Bukowski-2B-2Bpalabrotas

Hoy la cosa va de vulgaridades, insultos, exabruptos y toda suerte de expresiones malsonantes; de si un escritor puede usarlas en sus historias o, por el contrario, debe huir de ellas.

En mi descargo os advierto —aunque parezca cosa de Perogrullo— que este post contiene palabrotas.

Leedlo bajo vuestra propia cuenta y riesgo.

Las palabrotas y la nobleza


Sin duda, muchos conoceréis el argumento de Misery (Stephen King, 1987): Un escritor de novela romántica llamado Paul Sheldon despierta tras un accidente de tráfico en la casa de Annie Wilkes, su fan número uno. A Annie —que está bastante desequilibrada— lo único que le importa es que Paul siga escribiendo novelas sobre Misery. 

La cosa es que a Annie no le gusta nada el manuscrito de Automóviles veloces, la última novela de Paul. Y  uno de los problemas es precisamente el lenguaje malsonante que usa su protagonista, un chaval llamado Tony Bonasaro. 

En torno a la página cincuenta, los dos personajes mantienen la siguiente conversación:

 

“—¡Las palabrotas! Salen a cada momento. […]¡No tiene nobleza! […]
—Sí —dijo con tolerancia—, comprendo lo que quiere decir, Annie. Es cierto que Tony Bonasaro no tiene nobleza. Es un chico de barrio que trata de salir de un mal ambiente, ¿comprende? Y esas palabrotas… todo el mundo las utiliza en…
—¡No es cierto! —le interrumpió con una mirada imperativa—. ¿Qué se cree que hago yo cuando voy a la tienda de piensos en la ciudad? ¿Qué se imagina que digo? “¡Eh!, Tony, dame una bolsa de ese puto pienso para cerdos y una puñetera bolsa de maíz forrajero y un poco de esa mierda para los hongos de los oídos.” […] ¿Y entonces voy al Banco y le digo a Mr. Bollinger: “Aquí tiene este cheque de los cojones y más vale que me dé cincuenta putos dólares lo más rápido que pueda, coño”?
Misery, Stephen King

 

Annie-2BWilkes-2B-2Bpalabrotas
Annie Wilkes interpretada por Kathy Bates en la adaptación de Rob Reiner de 1990. Fuente.
Annie Wilkes será una psicópata, una enferma con problemas mentales, pero eso no le quita automáticamente la razón. Paul Sheldon defiende que los chicos de los barrios bajos utilizan ese tipo de lenguaje todo el tiempo, y que por lo tanto es apropiado en su novela. Y es verdad. Annie le responde que ella no habla así, que la gente no habla así. Y también es verdad, más o menos.

La pregunta que hay que hacerse no es quién de los dos tiene razón. 

La literatura imita a la realidad, pero la palabra clave en la frase no es «realidad», es «imitar». Así que la pregunta que hay que hacerse, por tanto, es qué pueden aportar ese tipo de palabras y expresiones a nuestro trabajo. ¿Tienes los escritores la misión de dar ejemplo con sus obras y ayudar a enriquecer el lenguaje? ¿Las palabrotas realmente implican una pobreza en el léxico? Como dicen los anglosajones, ¿«Bad words are bad writing»?

¿Son imprescindibles?

La escritora Carmen Posadas, por poner un ejemplo,rechaza que exista un imperativo que obligue al escritor a emplear expresiones malsonantes en determinadas circunstancias:

“Pienso que para un escritor es letal ser malhablado. Para un escritor y para cualquiera que desee expresarse de la manera más eficaz posible. Porque, para mí, el problema de hablar a base de tacos no tiene tanto que ver con la vulgaridad sino con el empobrecimiento del leguaje (sic). Es evidente que, si decimos, por ejemplo, que fulano es gilipollas, dicho término oculta un montón de significados posibles. ¿Cómo es en realidad fulano? Tal vez sea necio, pero quizá también pueda ser cosas tan diferentes entre sí como ingenuo, tramposo, imprudente, temeroso, torpe, arrojado. Incluso puede que sea un cantamañanas, un fatuo o, vaya usted a saber si incluso un cornudo.”

Posadas concluye que los tacos no describen porque no transmiten información. Sin embargo, los tacos también pueden ser un recurso estilístico. Y quizá no describan al objeto del insulto, pero sin duda describen al que insulta. 

Desde luego, las expresiones peyorativas no son imprescindibles en ninguna historia. Tampoco la letra “e” (autores como George Perec o Ernest Vincent Wright han escrito novelas enteras sin utilizar esta letra en absoluto, supongo que porque escribir una novela con todas las letras se les hacía demasiado fácil). 

No creo que los escritores tengan que tener ninguna misión vital o social, más allá de ser correctos con la ortografía y la gramática, entretener a los lectores y quizá sembrar en su mente alguna que otra pregunta. Los tacos entran holgadamente dentro de estos términos.

En definitiva, puedes escribir tu novela sin usar la “e” pero, si crees que es necesaria, te recomiendo utilizarla. Y lo mismo se aplica a las expresiones malsonantes.

¿Para qué usarlas?

Puedes darle un millón de vueltas. Puedes pensar en tu audiencia, en las posibles críticas, en la vergüenza que vas a sentir cuando lo lea tu bendita madre. Pero si quieres ser honesto y reflejar turealidad (suponiendo, claro, que ese sea el objetivo que persigues), quizá a la larga tendrás que soltar un taco o dos.

Y no nos engañemos, hacerlo te va a costar unos cuantos lectores.

¿Merece la pena? Eso ya depende ti. Pero que haya lectores que no los toleren, o editores que no los publiquen, no quiere decir que los insultos devalúen un texto. Un texto se legitima si el escritor ha usado la palabra adecuada en el momento preciso: Si no sobra ninguna palabra pero tampoco falta ninguna, ya sea con expresiones malsonantes o sin ellas. 

Analiza este fragmento:

“Jim estaba salpicando a las chicas. Era el Rey Acuático y todas le adoraban. Era la posibilidad y la promesa. Era un tío genial. Sabía cómo montárselo. Yo había leído muchos libros pero él había leído uno que yo no conocía. Era un artista, con su pequeño bañador y sus pelotas y sus orejas redondas y su sonrisa traviesa. Era el mejor. No podía desafiarle más de lo que desafié al hijo de puta del descapotable verde y a la fisgona de larga melena rubia ondeando al viento. Ambos tenían lo que se merecían. Yo era una mierda de 50 centavos flotando en el verde océano de la vida.”

 La senda del Perdedor, Charles Bukowski

Bukowski no se expresa así por ser Bukowski, porque esa sea su marca de fábrica, ni por su conocido desprecio a las normas que se afanaban en imponer los literatos de trayectorias más académicas. A veces usa palabras malsonantes para reflejar el lenguaje de la calle, pero otras veces lo hace simplemente porque detrás de ellas hay un interés estético o un sentido estilístico. Arrojan fuerza, hastío, destacan entre la belleza y entre las metáforas. En su prosa se vuelven un recurso necesario, hasta el punto de que, si las retirásemos, lo único que conseguiríamos sería el efecto contrario al que buscamos: lo que haríamos sería afear y banalizar sus relatos, los dejaríamos cojos. 

Contra-intuitivo, ¿verdad?

El abuso

 
Abusar de los insultos no es bueno, como tampoco lo es abusar de cualquier otro recurso durante el proceso de escritura. Pero yo —y sospecho que la mayoría de vosotros también— provenimos de un mundo en el que los insultos y las expresiones peyorativas están a la orden del día. El lenguaje coloquial es lo que tiene y a veces la cosa se nos puede ir de las manos.

Cada personaje de una historia tiene una forma característica de hablar. No se expresa igual un obrero que un profesor de universidad. Y es verdad. Pero quien diga que los profesores de universidad no utilizan expresiones malsonantes es que conoce muy pocos o bien ha prestado escasa atención en clase. Sin embargo, ¿deberíamos hacer que todos nuestros personajes utilizaran palabrotas? En la mayor parte de los casos, no.

Los diálogos de una novela no se parecen demasiado al lenguaje natural. Cualquiera que haya transcrito una entrevista lo sabe. En el proceso de transformación del lenguaje, el escritor debe eliminar la mayor cantidad de expresiones malsonantes (“joder”, “la hostia”, etc.), junto con todos esas palabras que no aportan nada (“pero bueno”, “yo que sé”; presta atención a cualquier conversación y verás que cosas así se repiten a miles).

Los diálogos de una novela deben parecerle naturales al lector. Pero el buen escritor sabe que tan solo lo parecen.

Un guión de Quentin Tarantino está muy bien, con sus fucks intercalados cada cinco o seis palabras. Funciona en la inmediatez del formato cinematográfico, pero en una novela cansa. Se convierte en una muletilla que solo molesta.

Si has escrito una palabra malsonante que no aporta nada a la historia ni a la caracterización, elimínala durante las revisiones como harías con cualquier otra palabra. Bueno, no.

Hazlo con más saña aún.

El extremo opuesto

El extremo opuesto, claro está, es el de caer en la cursilería, la mojigatería y el «buenismo». En no pocas novelas la gente orina y defeca, en vez de mear y cagar, y fornica en lugar de follar. Y cosas mucho peores: por ejemplo, cuando un novelista escribe «persona de color» (¿de qué color, colega?) o «afroamericano» (por contaminación yanqui) para hablar de un senegalés nacionalizado ciudadano europeo. O cuando se hablar de «invidentes», o de los «sintecho», y la lista podría seguir así hasta el infinito.

Si hemos llegado al compromiso de usar la palabra exacta en el momento adecuado, no tiene sentido dar marcha atrás ahora. Hay que ser valiente, honesto, y pasar del «qué dirán». Todo lo que ves arriba son expresiones propias del género periodístico y de los discursos políticos. Y para el escritor serio son veneno.

Conclusiones

No todas las historias requieren del uso de expresiones malsonantes, pero definitivamente algunas sí. No depende del género (hay debates interminables en foros de escritores sobre si las novelas juveniles deben o no incluir insultos), sino de las necesidades de cada trama. En los casos en los que una expresión de este tipo resulte adecuada, el escritor debe liberarse de prejuicios y hacer lo que es correcto. 

Y si no, siempre puedes hacer como Norman Mailer, y usar «Fug» en vez de «Fuck». O como el bueno de John Fante: escribir en inglés y maldecir en italiano. ¡Dio maledetto!

 * * * *

¿Y tú? ¿Usas expresiones malsonantes en tus relatos? ¿Eres de los que creen que pueden llegar a ser necesarios, o consideras que hay alternativas más que suficientes? Como lector, ¿te resulta incómodo encontrarte con una novela llena de ellos o no le das ninguna importancia?

Fuente de la primera imagen: http://www.revistavisperas.com/wp-content/uploads/2014/07/Bucowski.jpg

Facebooktwitter

13 comentarios

  1. Hola, Víctor!
    Me encanta este artículo, además de verdad. Me has tocado la patata. A mí me encantan las palabrotas y me encanta que mis personajes las digan. Porque, seamos realistas, los españoles somos muy mal hablados, y no me veo a mis personajes hablando como Miss Daisy, la verdad. Si escribir se trata de reflejar la realidad, nuestros personajes tienen que hablar como hablamos nosotros y yo, por lo menos, soy bastante mal hablado.
    Justo ayer estuve leyendo un discurso de Stephen King en el que le comentaba algo acerca de esto, la gente se queja del lenguaje que utiliza y él dice que se remite a la realidad, habla del caso de un avión estrellado que vio por la tele y que, en la caja negra quedaron registradas las últimas palabras del piloto que eran: "maldito hijo de puta", luego comenta que vio otra noticia en la que el piloto decía: Te quiero, madre, pero que él se quedará siempre con el "maldito hijo de puta", porque es lo que diría él mismo.
    Yo también me quedo siempre con el "maldito hijo de puta", porque es así como hablamos, porque no somos Jane Austen y no tenemos ninguna necesidad de serlo. Me gusta que mis personajes hablen mal, que digan tacos, que se caguen en todo, porque así es como hablamos las personas de verdad.
    Ala, toma ladrillaco 😛
    Un abrazo, Víctor, genial como siempre!

  2. ¡Hola Jaume! Me alegro mucho de que compartamos la misma opinión, porque yo también tiendo a ser algo malhablado en la escritura (intento hacerlo con mesura y con gusto, pero bué, eso dirán todos).

    Recuerdo haber leído algo sobre Stephen King y las palabrotas, aunque creo que fue un artículo distinto, porque lo de la avioneta no me suena. El caso es que estuve buscando una referencia para incluirla en el post. Al final me encontré con este fragmento de Misery, que me pareció genial para ilustrar ambos puntos de vista, y además creo que deja bastante claro cuál es la opinión de King al respecto 🙂

  3. Buenas tardes… A mí me corta bastante usarlas. Me gusta más leerlas, encontrarlas dentro de la historia. No me siento segura haciendo hablar a los personajes (sean como sean) de una forma que yo misma no utilizo habitualmente. Sí que hay momentos en los que todos nos cabreamos; pero, así, de repente… soltar tacos y colocarlos en la parte correspondiente, donde no parezca que echas la bilis por problemas mentales y que es algo natural…, no sé, se me hace difícil. No obstante, me gustan. Me gustan las palabras malsonantes porque suelen reflejar la personalidad de quienes las expresan, que suelen ser personajes que necesitan soltarlas y el no hacerlo o hacerlo distinto les restaría credibilidad, seguro. Gracias. Esto es todo. Me ha encantado esta entrada. Un saludo.

  4. Hola Rebeca. Primero de todo: ¡bienvenida al blog! Me alegro de que te haya gustado la entrada. En cuanto a tu comentario, supongo que depende mucho de cada escritor. En general a todos nos cuesta salirnos de determinados registros, que son los que conocemos mejor, por miedo a que las cosas queden forzadas. Creo que todos nos sentimos inseguros con algo: a mí, por ejemplo, me resulta complicado poner voz a personajes de culturas lejanas. Siempre creo que no estoy lo bastante familiarizado, que me falta documentación.
    Lo bueno es que si un recurso no te funciona o no te sientes cómoda con él, no tienes por qué usarlo, así que puedes pasarte la vida entera escribiendo sin necesidad de recurrir a una sola palabrota.
    Muchísimas gracias por comentar. ¡Un saludo! 🙂

  5. Yo soy partidaio de usar las palabras que haga falta y cuando convenga, si conviene. tanto palabras cultas (elucubrar), como palabras específicas (de navegación, por ejemplo) como tacos (sin abusar, of course). de hecho, los tacos muchas veces dan una fuerza especial o consiguen, de alguna manera, movel al lector. siempre que tengan una lógica. y eso de que tienes menos vocabulario? por dios, entiendo que muchos incultos digan muchos tacos y otras burradas peores, pero que le digan a pérez-reverte que es un cateto por decir tacos. o a Bukowski, como bien apuntas. en fin, que yo soy de los que opina que 'hijo de puta hay que decirlo más xD.

    "fornica en lugar de follar".
    oye, mola mucho más fornica ^^

  6. Exacto. Se suele decir que una persona que recurre a los tacos con facilidad es porque tiene un lenguaje pobre. Esto solo es cierto si esa persona en cuestión no tiene otros registros (por ejemplo, si sigue hablando de mismo modo delante de un juez, y no cuando está en el bar con sus colegas). En cualquier caso, no veo cómo esto se puede aplicar a la literatura. Si la historia te lo pide y no los usas, malo. Si no son necesarios para tu historia y los usas… pues todavía peor 😀

  7. Un artículo muy bueno, de verdad. Y en general, estoy de acuerdo con todo lo que dices.

    Tal como mencionas, requiere de un control de bisturí a la hora de utilizarlas. Pero añadiría que no sólo se debe a un recurso estilístico, sino que más que nada, porque forma parte del desarrollo de diálogos…

    Es un aspecto que se suele tener más en cuenta en el guión cinematográfico que en otras artes. Algo que si lo piensas, es lógico, porque todos suponen que el guión es una partitura que da unas pautas al actor para que a través de él, pueda ser «leído» por los espectadores. Aunque es una pena que no muchos lo aprovechen ni le den la importancia que merece a este recurso.

    Esto es así, porque un relato escrito con buenos diálogos gana muchísimo. Hasta el punto en que una historia insustancial y poco interesante puede convertirse en absolutamente todo lo contrario. Y esto va para cualquier soporte: literario, secuencial o fílmico.

    En lo personal, sí he usado palabrotas alguna vez. Pero se debe a que he medido muy bien cómo debía desarrollar los diálogos. Y para eso, se tienen que hacer fichas de personaje muy completas, porque para poder medir la forma en que se expresaría alguien, hay que tener en cuenta que se trata de una consecuencia de las vivencias e influencias previas que pudiera tener dicho personaje. El cómo hable uno depende desde la el país en el que ha crecido y la clase social como el carácter del tipo que se expresa.

    Ayuda mucho porque incluso personajes totalmente planos, pueden desarrollar cierto tipo de redondez. Pero hay que tener cuidado: la línea que separa la particularidad del estereotipo está siempre muy difuminada. Es muy cierto además eso que dices. No estamos proyectando una realidad, sino que simulamos una supuesta realidad. Tiene que parecer realista, no imitarla porque de antemano, lo que hacemos es una invención. Todo lo que pueda entorpecer la lectura —o hacerla parecer más tonta e infantil— debe ser erradicado.

    1. Gracias, Axel, me alegro de que te haya gustado el artículo. Las palabrotas son un elemento más de la comunicación, y en ese sentido es en el que se convierten en un recurso más a disposición del escritor. Por supuesto, también forman parte de la caracterización de los personajes. Las palabrotas se usan continuamente en un buen número de conversaciones, pero tienes razón en eso de que no estamos proyectando una realidad, sino simulando una supuesta realidad. Por eso hay que tener muchísimo cuidado a la hora de elegir qué metemos en un diálogo y qué dejamos fuera.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo.

  8. En nuestra humilde opinión,

    Uno de los aspectos que da más fuerza a una historia es la de dar voz a los personajes. Los tacos…bueno, todos los decimos, y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Pueden ayudar mucho a crear diálogos creíbles y con gancho.

    Hemos intentado dar difusión a tan estupendo artículo a través de nuestra página y twitter. Enhorabuena por un contenido magnífico.

    1. ¡Buenas! Sí, yo también creo que la voz de los personajes es fundamental para construir una buena historia. Las palabras malsonantes son, en efecto, una parte más de nuestro lenguaje que puede enriquecer los diálogos.
      ¡Muchas gracias por la difusión y por el comentario!

  9. Hola, Víctor,
    Un artículo muy necesario este de si valen o no las expresiones malsonantes.
    A mí, como lectora, no me chocan, si vienen al caso. Me chirrían tanto los eufemismos como los joderes, obscenos (fuera de escena).
    Curiosamente interiorizo mejor los tacos en traducciones anglosajonas, y los jóvenes de aquí andan con el “puto” a cuestas. ¿Influencia del cine? Tal vez, aunque también me pasa con escritores mexicanos (que andan chingando y me suena bien). Será que nuestros tacos castellanos, tan sonoros, todavía resuenan a guardia civil…

    Al escribir, los suelto para los muy cabreados. De momento no escribo desde la furia, así que blasfemias las justas. Ante la necesidad, no me lavaría la boca con jabón; tampoco despotricar a lo fatuo, hay otras palabras para el desamparo.

    1. Hola, Laura. A mí me pasa lo mismo: los eufemismos, fuera del periodismo, me chirrían. Es verdad que hay formas de evitar el uso de tacos y lograr que aun así el resultado quede natural. Yo me molestaría en intentarlo si escribiera para chavales, pero no es el caso. Además no creo en esa falsa sensación de limpieza de los textos literarios.
      Abusar, como siempre, es malo. De hecho, diría que para este caso particular es mucho peor el exceso que el defecto.
      Un saludo y muchas gracias por tu comentario.

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *