La inseguridad del escritor novato: Aprender a eliminar el ruido

 

Quizá uno de los principales problemas de los escritores noveles es que intentan controlar por completo la experiencia de lectura. 

Todos nos hemos encontrado alguna vez con la típica novela llena de engorrosas descripciones de personajes y de páginas y páginas en las que se detalla cada uno de los elementos del escenario y las acciones que el protagonista lleva a cabo. Muchas veces este error se debe, simplemente, a la inseguridad. El escritor no sabe en qué dirección dirigir su historia, y por eso no deja de detenerse una y otra vez. 

Las pausas del escritor que no tiene claro cómo seguir escribiendo son las mismas pausas que se encuentra el lector a través de los fragmentos irrelevantes de un texto. Cada una de estas pausas, cada uno de estos momentos en los que no ocurre nada, es un fallo en el ritmo. Por eso, el primer paso es averiguar qué historia quieres contar. El segundo, buscar la forma más efectiva de contarla.

Otro de los problemas que suelen tener muchos autores noveles es el del abuso de los adjetivos. Cuando empecé a escribir, siempre acompañaba cada uno de mis sustantivos con uno o dos adjetivos. Ya sabes, “Era una noche oscura y tormentosa”, y otras frases similares. A medida que uno va evolucionando, se da cuenta de que muchos de ellos ni siquiera aportan información nueva; son frases hechas, automatismos mentales. No todos los sustantivos necesitan un adjetivo y, de hecho, creo que si un escritor duda sobre la relevancia de un adjetivo es porque sobra.

También creo sinceramente que un escritor novel comete estos errores por miedo a no ser comprendido, a fracasar en su intento de plasmar su visión en la hoja en blanco. Pero una novela no es un cómic ni una película. Como narración no visual, es quizá el arte en el que el lector necesita poner más de su parte, participar activamente en su construcción. El lector, con su imaginación, hace suya la historia. La convierte en su versión. 

Por eso, el escritor puede encauzar la imaginación del lector, pero jamás podrá dominarla. Una misma novela adopta tantas formas distintas como lectores la leen. Los buenos escritores saben cuándo parar. Cuándo deben dejar que el lector rellene los huecos con sus propias experiencias, con los rostros de personas que ha visto por la calle, de sus amigos, o de cualquier otra imagen que acuda a su mente. El escritor moldea la imaginación del lector lo mínimo imprescindible para buscar el punto de encuentro con su propia visión, pero nada más.

Los buenos escritores saben cuándo parar, como digo. Los grandes escritores, además, parecen trasladar su visión casi intacta —la parte que importa— hasta la mente del lector. Hay escritores que se recrean más (Anne Rice, Lovecraft, Angela Carter) que otros (Hemingway, Raymond Carver, Bukowski), y aquí ya entra en juego el estilo de cada uno. Lo único que tienen en común es que todos ellos saben qué es lo que quieren contar y cuál es la forma más efectiva de hacerlo. Las atmósferas oníricas de Angela Carter, plagadas de detalles y de símbolos jungianos, excitan la imaginación del lector del mismo modo que lo hace el laconismo de Raymond Carver, que produce una reacción distinta pero igualmente buscada. Por eso hay que intentar ser preciso y eliminar el ruido, pero también hay que tener cuidado: Todas las historias son distintas. A veces ser preciso implica describir algunas cosas con doloroso detalle.

Lo único que puede extraerse de esto es que el buen escritor debe cuestionarse siempre la elección de cada palabra, desprenderse del relleno y quedarse con lo importante. Y, por supuesto, confiar en sus lectores. 

Si el escritor ha hecho un buen trabajo, ellos sabrán encontrar el camino.

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4 comentarios

  1. Hola, Víctor. ¡Qué difícil es esto de escribir, demonios! Y, al mismo tiempo, ¡qué fascinante!
    Yo, que soy un gran fan de Bukowski -esas frases cortas milimétricamente recortadas con cuchilla de afeitar oxidada y detalles mínimos, lugares comunes, situaciones idénticas entre sí aunque con diferente desarrollo, etc-, admito que en el estilo en el que me muevo -el humor- puede resultar contraproducente, ya que precisamente es en los detalles donde suelo encontrar la esencia del humor, algo más próximo al estilo de Tom Sharpe y sus largas parrafadas y disquisiciones varias.
    Al final es lo que tú dices, según la historia que quieras contar deberás decantarte por uno u otro estilo de narración; e, incluso, y yendo más allá, hasta de crear uno nuevo, si es que a estas alturas no está todo ya más que inventado.
    En cualquier caso, interesante artículo el tuyo, como siempre.
    Un abrazo.

  2. Hola Pedro. Sí, escribir es muy difícil, y cuanto más escribo, más difícil me parece. Al igual que tú, yo también soy seguidor del viejo indecente. En sus buenas rachas literarias —hay que reconocer que no siempre— Bukowski consigue expresar mucho más con cuatro palabras que otros escritores con cuarenta mil. No sé cómo funciona el tema en el humor. Es verdad que Terry Pratchett, que es el ejemplo que mejor conozco, suele divagar bastante, pero su estilo me parece relativamente espartano: muy inglés y con uso del lenguaje magistral para los juegos del lenguaje, pero sin florituras excesivas.

    Me alegro de que te haya gustado esta pequeña reflexión.

    ¡Un abrazo!

  3. A veces es difícil saber si nuestro problema es saber cómo describir, qué tan detallistas ser y cuando estamos excediendo nuestras capacidad y saturando o matando la oración con adjetivos.

    Siempre digo; todo mundo sabe qué es una laptop y cómo es. No se necesita profundizar en ella a menos que sea relevante. Son detalles que impregnan de realismo y cuando entendamos que existen ciertos acuerdos entre lector y escritor, quizá sabremos cuando es importante que el lector sepa, cuánto sepa y porqué.

    1. “Acuerdos entre escritor y lector”. Me gusta cómo suena, porque de eso va el asunto. En el fondo se llega a un pacto entre ambos, y cada uno debe de confiar en el otro para que la relación funcione. El escritor confía en que el lector va a ser capaz de completar la escena en su cabeza y, a su vez, el lector confía en que el escritor sepa a dónde dirige su historia. Así que, si el escritor fija la atención sobre un elemento irrelevante para la trama, dando a entender que tendrá un uso que luego no se le da, en el fondo está traicionando la confianza del lector.
      Muchas gracias por tu comentario. ¡Un saludo!

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