Los monstruos a los que se enfrenta todo escritor

Me gustan las entradas de Halloween, pero me cuesta mucho decidirme sobre qué hablar. Durante el 2014 hice la típica lista de lecturas de terror, en la que me marqué como objetivo no incluir ninguna obra de Stephen King, pero tampoco de Edgar Alan Poe, de Lovecraft, de Bram Stoker o de Mary Shelley. Y de hecho creo que me quedó muy maja.

Durante el 2015 publiqué una gamberrada: cómo escribir una novela utilizando una ouija. Bajo esa excusa, aproveché para hablar de unos cuantos escritores que utilizaron este sistema (u otros «mediúmnicos» parecidos) para dar forma a sus libros. Fue la parte trick del trick or treat, por así decirlo.

Durante el 2016 no publiqué nada.

Bueno, de hecho sí. Resulta que publiqué una entrada sobre los estúpidos editores y cómo los odio (guiño-guiño). Pero no tenía nada que ver con Halloween.

Este año quería hablar de máscaras y de cosas que me dan miedo, pero el problema es que me dan miedo de verdad —miedo de adulto, ese miedo que tiene más que ver con enfermedades e hipotecas— y Halloween es festivo y debe transmitir un miedo jovial, alegre y hasta cierto punto inofensivo.

Así que, después de mucho meditarlo, he preparado esta pequeña lista de monstruos clásicos de la literatura de terror y del cine y los he comparado con «miedos» (o más bien «problemas») con los que todos los escritores se encuentran antes o después a lo largo de su proceso de aprendizaje. (Si estáis interesados en algo más serio sobre los arquetipos de terror y su encarnación en forma de monstruos, podéis echarle un ojo a esta entrada que publiqué hace unos meses).

Por supuesto, no me limito a mostraros el rostro de los monstruos, como un vulgar P. T. Barnum del tres al cuarto, sino que también os propongo una forma de vencer a cada uno de ellos.

¡Feliz Halloween!

El vampiro

El vampiro es todo aquello que te roba la energía y te deja sin ganas de escribir. Como no quiero llamar «vampiros» a vuestros hijos, vuestras parejas, vuestros amigos y vuestras mascotas (porque estaría muy feo), voy a acotar el término para referirme tan solo a lo que podemos considerar «oficio de escritor».

En este sentido, para algunos el vampiro podrían ser las redes sociales y la promoción. El artículo sobre «por qué no deberías tener un blog de escritor» que publiqué hace un par de semanas obtuvo muchas respuestas, y he recibido un montón de mensajes en los cuales comentabais lo mucho que os costaba encontrar tiempo y entusiasmo para dedicarle al blog y a las redes sociales.

Quizá la mejor forma de vencer al vampiro sea seducirlo: conseguir convertir aquello que nos causa desazón en una forma de diversión.

Las redes sociales pueden ser divertidas. Yo uso mi Facebook para compartir mis artículos semanales y para hablar sobre el mundo editorial, la literatura y la escritura. Entre mis amigos virtuales se encuentran escritores consagrados, editores, correctores de texto, lectores, traductores, dibujantes… no os podéis imaginar lo mucho que disfruto y lo que aprendo día a día de todos ellos. Por otro lado, mi blog me apasiona; en él puedo verter mi opinión de forma más pausada que en las redes sociales, y además podemos echarnos una mano mutuamente o debatir sobre cualquier cuestión.

No te preocupes por hacer ventas, preocúpate por hacer amigos. Mis redes sociales y mi blog son de esta manera porque yo he querido que sean así. Ahora pregúntate, ¿qué es lo que quieres tú? ¿De qué te gusta hablar? Seguro que eres capaz de encontrar un nexo de unión entre tus novelas y los temas que quieres abordar a través de tu vida digital.

La momia

La momia es ese manuscrito que descansa desde hace meses o años en un cajón polvoriento o en un archivo del ordenador. De vez en cuando lo sacas, lo miras, lo relees, quizá haces una o dos anotaciones y lo vuelves a guardar. Cada vez que piensas en los cientos de horas que has invertido en él, sientes el impulso de darle otra nueva vuelta al texto y enviarlo a editoriales, pero cuando te pones a ello te puede el desánimo, empiezas a verle fallos insalvables y acaba volviendo al cajón. Si se quedase allí para siempre no sería demasiado grave, pero sabes que dentro de dos o tres meses volverás a plantearte lo mismo, y así una y otra vez.

Es como una maldición, porque el tiempo pasa y tú vas cambiando, pero el manuscrito sigue siendo el mismo. Se ha enquistado de mala manera.

Al final, llega un punto en el que tienes que decidir. La única forma de romper la maldición es tirar para adelante o dar marcha atrás, y hacerlo de forma definitiva.

Yo tengo dos manuscritos así, novelas terminadas que creo que están razonablemente bien escritas pero que, tras tanto tiempo, ya no representan al tipo de escritor que soy hoy. No hace ni un mes decidí que estaba harto de darle vueltas al asunto y enterré a una de mis momias definitivamente. La otra todavía está dando vueltas por un par de editoriales pero, si no responden, sospecho que también la enviaré a dormir el sueño de los justos.

La criatura de Frankenstein

O cuando la estructura de la historia no encaja. Sé que no todos tenemos este problema, pero a mí me ha llevado muchas veces al borde de la locura. Suele ocurrir cuando uno se aparta de la senda que él mismo se ha marcado para explorar una idea que acaba de tener, y de pronto la coherencia salta por los aires y tiene que rehacer el manuscrito por completo. La segunda versión implica una reescritura masiva y una suerte de reorganización de los pocos pedazos que han sobrevivido, como el doctor tratando de recomponer al monstruo en su laboratorio.

A estas alturas, creo que sabéis tan bien como yo qué solución propongo para este problema: planifica, planifica y planifica. Cuando la historia está ya en tu cabeza, las posibilidades de descender al caos, aunque no desaparezcan por completo, se reducen. Quizá odies la planificación, y estás en tu derecho. Pero si sientes que tienes un bloqueo de escritor importante o nunca logras terminar lo que empiezas, al menos plantéate probar; planificar la historia de tu novela de antemano, aunque solo sean los hitos principales.

Verás como así el monstruo te queda precioso y sin demasiadas cabezas de más.

Jekyll y Hyde

Jekyll y Hyde son las dos caras de la escritura. Por un lado está el momento de la creación, el entusiasmo, los primeros pasos y los capítulos de una nueva novela. Es ese instante en el que todas las opciones están abiertas y la ilusión aún indemne. Por otro lado, está todo lo demás: acabar la novela, empujar los últimos miles de palabras cuando nos embarga la desilusión y el desánimo y nos preguntamos qué carajo estamos haciendo, y también revisar y pulir el manuscrito. Y es que todo parece mucho más bonito cuando no existe, cuando solo está en nuestra cabeza, ¿a que sí?

Los lectores casuales, los periodistas y los curiosos en general, solo ven al Doctor Jekyll, la cara amable, esa musa que se posa sobre nuestro hombro y que nos susurra palabras maravillosas que nosotros nos apresuramos a plasmar en la página en blanco. Ellos no ven a Hyde, el tipo en calzoncillos con cara de loco y barbas de náufrago reordenando los post-its para que la historia tenga sentido o cambiando tres veces de sitio la misma coma.

En este caso, lamento decirte que no se puede vencer a Mr. Hyde, porque forma parte de nosotros y del oficio. Si quieres ser escritor, tienes que terminar lo que escribes. Si quieres tener lectores, tienes que publicar libros que sean legibles y que no estén plagados de errores.

Hay que aceptar a Mr. Hyde y aprender a quererlo. Es parte del trabajo.

¿Y tú? ¿Te has enfrentado a estos monstruos antes? ¿Se te ocurren otros? Puedes dejarme tu opinión en los comentarios. Y, si me permites añadir un monstruo más a tu colección, ¿por qué no te haces con un ejemplar de La nueva madre y otros cuentos, de la escritora Lucy Clifford? No se me ocurre un mejor momento que Halloween para hincarle el diente a esta antología de fábulas victorianas crueles.

Copyright de todas las imágenes (excepto la última), Hammer Films. Ilustración de La nueva madre cortesía de Jav! Doodles. Todos los derechos reservados.

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10 comentarios

  1. A mí se me ocurren las meigas: no podemos verlas, pero haberlas, hailas. Eso mismo nos pasa cuando tenemos el síndrome del impostor, pensamos que no tenemos nada bueno que ofrecer, pero está ahí, al fondo de nosotros. Me ha encantado este post, me voy corriendo a compartir. Biquiños!

  2. Original post. Creo que faltó agregar al Fantasma, esa sábana son pies y con dos hoyos en vez de ojos. Creo que para los novatos y para todos quienes dejamos todo por la escritura representa a ese fantasma muerto del pasado que, en realidad, jamás muere. Siempre existe algo que te lo recuerda: tus padres, tus amigos, el salario que ganabas antes. A veces te persigue y te mete miedo, te mete presión por terminar la historia, por tener éxito (refiérase a “éxito” como cumplir el objetivo de publicar), por demostrar que vale la pena el camino que elegiste.

    A veces este fantasma me persigue más que Freddy Krueger en una pesadilla. Es horrendo. Espero tener la fuerza para derrotarlo. Mientras tanto, escribo.

    ¡Saludos!

  3. Hola, Víctor. De los personajes que has mencionado, hay uno en especial al que conozco muy bien. Se trata del Sr. Hyde. Es odioso pero, como bien señalas, es un maestro despiadado. Cuando repaso un escrito, le oigo hablándome desde detrás de mis ojos: “¿Es este el párrafo que describe aquel momento crítico sobre el que pivota tu relato? Y dime, junta letras… ¿no debería reflejar ese hecho? Porque lo que leo es anodino.” Y yo respondo aquello de “¡Calla, maldito!” y me enfado, porque el condenado tiene razón.
    Por cierto, un post con comparaciones muy bien atadas. Divertido de leer.
    Y ahora, aprovechándome con descaro de tu blog, quería pedirte si tienes pensado, en alguno de tus futuros posts, hablar sobre el tema de editoriales/agentes literarios, un tema que me tiene bastante despistado. He escuchado a algunos escritores profesionales diciendo que presentar tus escritos a una editorial sin la mediación de un agente es, casi, un suicidio. ¿Es una exageración? ¿Qué cosas deberíamos tener en cuenta los “aspirantes” a escritor cuando nos encaminemos al mundo editorial? Me gustaría mucho leer tus reflexiones sobre ello. De todos modos, como imagino que no te sobra el tiempo, si sabes de algún artículo o página a la que pueda acudir, así lo haré. Muchas gracias y un saludo.

    1. Buenas, Jordi. Hay bastante información en Internet, pero está muy desperdigada. Te resumo mi postura (teniendo en cuenta que en un simple comentario de blog pueden perderse muchos matices).
      Hay tres tipos de editoriales: las grandes (Anagrama, Tusquets, etc etc), las medianas y con un cierto prestigio, y las microeditoriales. Para publicar en una small press no necesitas agentes, solo hace falta enviar el manuscrito y cruzar los dedos, porque si la editorial es seria, tampoco es fácil. Las medianas suelen tener el envío de manuscritos cerrado, o esa es mi experiencia, y resulta muy difícil acceder a ellas. Las grandes directamente no suelen aceptar manuscritos no solicitados. El único momento en el que abren recepción es con sus concursos (ya sabes, esos dotados con 10.000 euros o más).
      No tengo ninguna experiencia con agentes literarios y, de hecho, he preguntado varias veces al respecto sin aclararme del todo. Los agentes son más frecuentes en el mundo anglosajón, pero aquí también existen. Llegar a un buen agente es tan difícil como colocar tu manuscrito en una gran editorial, y un mal agente no sirve para nada, porque lo que quieres es precisamente que tenga esos contactos que le permitan colocarte bien en una editorial media y grande. Un agente que solo pueda colocar tu texto en una microeditorial me parece que no cumple ninguna función, porque lo puedes hacer tú mismo.
      Dicho esto, hoy día veo dos (tres) caminos para poder publicar:
      1) Publicar en microeditoriales y, con mucha suerte, ir construyendo una carrera desde abajo.
      2) Enviar manuscritos a concursos de editoriales grandes (por ejemplo, al Nadal). Jamás ganarás el premio, pero hay una mínima posibilidad de que consideren seleccionarte y publicarte con un contrato ordinario.
      (Opción oculta 3) Autopublicar y lograr vender un número suficiente de ejemplares como para que una editorial se interese por ti y quiera comprarte los derechos de publicación. Aunque si llega el caso, probablemente te salga más a cuenta decirles que no, porque autopublicando vas a cobrar más dinero del que ellos van a poderte ofrecer.
      Mi recomendación —vamos, lo que yo hago— es intentarlo al mismo tiempo por las tres vías, pero evidentemente no con la misma obra, porque cada una de estas opciones requiere un tipo de novela distinto.
      Espero haberte ayudado y no haberte liado más. Conste que lo de arriba es una opinión y, como tal, muy personal y subjetiva. Otra persona puede tener percepciones muy distintas sobre el mercado editorial ahora mismo.

  4. Sé que te lo han dicho todos, pero es que hay que decirlo: Muy, muy original. Yo mismo esta semana me he inflado a escribir artículos de Halloween, pero nunca se me habría ocurrido esto.

    Quizá habría que hablar del zombi, que es cuando solo te dedicas a escribir o hacer cosas relacionadas con la escritura como si no hubiera nada más, y dejas de lado la vida XD

    Comparto en redes.
    ¡Saludos!

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