Las primeras novelas no son autobiográficas

Una de esas frases que escritores, lectores, críticos, juntaletras y espíritus afines lanzan al aire con desenfadada alegría es esa que dice que la primera novela siempre tiene mucho de autobiografía.

No sé de dónde viene semejante afirmación, quién lo dijo primero y, sobre todo, por qué se sigue repitiendo una y otra vez. Quizá es uno de esos pedazos de sabiduría de tiempos inmemoriales, de cuando la gente iba a la guerra o tenía duelos a punta de pistola o administraba haciendas o capitaneaba barcos o exploraba junglas y continentes perdidos.

En fin, de épocas pretéritas con mayores desgracias y aventuras que esta.

No sé si coincidiréis conmigo, pero me da la impresión de que en estos tiempos de postmodernismo lo que se lleva en una primera novela es más bien el pastiche. Muchas veces no como juego literario, sino como consecuencia inevitable de las carencias en la voz autoral del escritor principiante.

Uno empieza a escribir por imitación. Los primeros textos siempre son derivativos; la historia puede ser nuestra, pero se acaba escribiendo con la voz de otros. En algún momento, la experiencia hace que todas esas voces que nos han acompañado en nuestras lecturas se fundan en una, que los recursos que hemos ido adquiriendo se acaben sumando y formen algo que podemos llamar un estilo propio.

En general, cuando a un autor se le pregunta por los personajes de su novela y «cuánto tienen de él», el interfecto amaga una sonrisa apocada y se disculpa diciendo casi siempre lo mismo: «Bueno, todos los personajes tienen algo de mí, o de gente que conozco, pero ninguno soy yo».

Pero la voz del escritor no es lo mismo que el estilo; para mí es otra cosa, va mucho más allá. La voz es pura autobiografía. Es la forma en la que se aborda una historia, como una marca de agua que recorre todo el texto. La voz es el escritor.

Hay muchos escritores sin voz. Hay muchos libros en los que el escritor está detrás, pero es como si no estuviera. Podría ser cualquier otro. Esto pasa con libros de franquicia, con un buen montón de superventas, con todas las novelas escritas por negros literarios, con todas las copias baratas que van a rebufo de las últimas tendencias. A otros la voz se la ahogan los correctores de estilo y los editores. Hace un par de semanas hablaba de esos autores que encadenan frases en staccato una detrás de otra. Eso es en parte estilo, pero también es en parte voz.

Eso no los hace necesariamente libros malos, pero para mí los convierte (un poco) en libros sin alma. Es como una de esas orquestas de pueblo, o como una banda de versiones. Pueden ser muy virtuosos y ponerle mucha pasión a lo que hacen, pero siempre faltará el elemento verdaderamente personal; lo autoral, lo artístico.

Lo único que tenemos a nuestra disposición para hacer nuestras historias diferentes, para hacerlas nuestras de verdad, es nuestra experiencia. En parte, esto será nuestro bagaje lector (y lo bien o lo mal que lo hayamos sabido aprovechar), pero el resto solo puede venir de nuestras vivencias.

Y no, ya sé que probablemente no has ido a la guerra, ni has tenido duelos a punta de pistola ni has administrado haciendas o capitaneado barcos o explorado junglas y continentes perdidos… ni has visto atacar naves en llamas más allá de Orión ni rayos C brillando en la oscuridad junto a la puerta de Tannhäuser.

Yo tampoco. Pero igual que tú, he vivido.

No he estado en una guerra, pero he vivido la explosión de un coche bomba a menos de doscientos metros. No me he batido en un duelo de espada, pero he estado metido en peleas callejeras. No me he enamorado nunca de un hombre, pero me he enamorado muchas veces. No he explorado junglas desconocidas, pero he viajado mucho y sé cómo huelen otros continentes, a qué saben otros países y otras culturas. Y he pasado miedo y he sufrido la pérdida y me han acosado y me han insultado por la calle y he pasado vergüenza y miedo y me he cabreado y me he reído y he dormido al raso y he hecho un montón de cosas raras, cosas geniales y también un montón de estupideces.

No pretendo que estas experiencias trivialicen otras diferentes (cada uno tiene las suyas, todas valiosas), pues todas son necesarias para hacer bien nuestro trabajo. Es muy difícil coger todo eso y transmitirlo en palabras en el lugar indicado para conseguir la sensación adecuada en el lector, de forma que mi experiencia vital evoque la suya de algún modo y se vea reconocido en el reflejo.

Es mucho más fácil, cómo no, escribir por enésima vez: «un escalofrío le recorrió la nuca» y dejarlo ahí; nunca practicar la escritura peligrosa, no correr el riesgo de exponerse, quedarse siempre en la superficie, llenarlo todo de estereotipos, renunciar al mundo y cerrarse en banda y aquí paz y después gloria.

Por eso me hace mucha gracia cuando oigo eso de que las primeras novelas son siempre autobiográficas.

Joder, ojalá.

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3 comentarios

  1. Bastante de acuerdo con tu texto, al cual he llegado desde el blog de Ana: “Marketing para escritores”.
    Pues mi primera novela sí es autobiográfica. Se llama: “De ejecutivo a trotamundos”. Amores y tragedias de París al Himalaya. Incluyo algo de ficción pero la trama es sucesos importantes de mi vida, amores y fundamentalmente mi cambio, a los 40 años, de directivo de una multinacional a mi travesía de seis meses por el Himalaya y el consiguiente cambio de vida.
    Aunque es cierto que no son mis primeros escritos, pues llevo muchos años publicando reportajes de viajes en las principales revistas y en los suplementos de El Pais. Es decir: no soy un auténtico escritor novel.

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