
Estoy preparando una mudanza y eso me ha obligado a enfrentarme una vez más al contenido de mis estanterías; a los libros que ya he leído y a los que aún me quedan por leer.
Libros que me han gustado y libros que no, clásicos y modernos, libros que compré en un arrebato o por compromiso, libros buenos y malos, con las sobrecubiertas rajadas o con arrugas en el lomo.
Y sí, sé que una biblioteca personal en los tiempos que vivimos es algo banal y materialista, que no existe una verdadera necesidad de conservar fosilizado nuestro pasado lector ni de comprar libros que podemos conseguir fácilmente en una biblioteca pública o adquirir de forma digital. Tener una buena biblioteca es un sueño de otra época, justificable solo en raras circunstancias (la inmediatez del acceso a un libro de referencia o la preservación de otro que puede resultar imposible de conseguir en un futuro).
Mantener una biblioteca propia es, sin duda, un capricho.
Hace años superé la aversión que me producía desprenderme de un libro. Al fin y al cabo, todas las bibliotecas de cierta entidad se deshacen de libros de forma periódica en un proceso que se conoce como «expurgo» y las colecciones privadas no tienen por qué ser una excepción. Por eso es importante depurarlas cada cierto tiempo y quedarse solo con lo importante.
Hay que dejar las estanterías limpias de excesos, de banalidad y, de paso, darle una segunda vida a los libros que ya no necesitamos. Y, sobre todo, hay que ser consciente de que el espacio que tenemos para nuestros libros es finito y debemos aprovecharlo al máximo, desprendiéndonos de lo que sobra.
Pero, ¿cómo saber qué llevarnos y qué dejar atrás? ¿Cómo estar seguros de que no vamos a equivocarnos?
♦ ♦ ♦
Libros de consulta y documentación
Por ejemplo, tengo una colección amplísima de libros de historia de los primeros setenta años del siglo XX. Libros de emigrados a Rusia, de políticas estalinistas, del KGB, de los servicios secretos españoles, de la CIA, de la Guerra Fría y de la energía nuclear. Forman parte del material para la novela que estoy escribiendo ahora y todos han de venirse conmigo. Hay algunos más interesantes que otros, pero no me atrevo a prescindir de ninguno hasta terminar el manuscrito.
¿Y si necesito un dato que me parecía irrelevante y se encuentra justo en uno de los libros de los que me he deshecho? Imposible concebirlo, así que se vienen todos.
Por otra parte, también tengo medio centenar de libros de historia y cultura de época victoriana que adquirí para la saga de Lundenwich.
Si me sigues a través de esta web, sabrás que la novela que cierra la trilogía apareció publicada el pasado octubre, así que… ¿Realmente necesito todos esos libros?
Ahora mismo no tengo ninguna intención de volver a explorar la Inglaterra decimonónica. Aun así, hay muchos que querría conservar: libros sobre penny dreadfuls, sobre ladrones de tumbas, sobre la historia del Támesis, sobre espiritismo, obras de análisis de Sherlock Holmes, métodos policiales de Bow Street y Scotland Yard, y un largo etcétera.
Por otra parte, quizá pueda desprenderme de algunos libros sobre la Revolución Industrial que no me resultaron excesivamente útiles mientras trabajaba en el borrador de La casa mecánica. Y puede que tampoco tenga mucho sentido quedarme con ese libro sobre mobiliario victoriano que empleé para dar color a las descripciones de la casa Ashton y de la mansión de los Langridge.
♦ ♦ ♦
Novelas
¿Y qué hacer con las novelas? Porque una cosa son los libros de referencia, donde siempre puedes ir a consultar un dato, pero la literatura de ficción es un asunto bien distinto.
Algo que tengo que admitir, y que supongo que nos pasará a muchos, es que apenas releo novelas. Hay excepciones, por supuesto, pero en general hay tanto por leer que releer parece una pérdida de tiempo.
Evidentemente, no lo es. El libro que leíste con veinte años no es el mismo libro que leerás con treinta o con cuarenta.

Hay un montón de libros considerados clásicos o de autores consagrados que nunca abandonarán mis estanterías. Son fáciles de reponer si uno se lo propone, y es muy posible que nunca los relea (o incluso que los lea), pero se quedan donde están. Son libros que «hay que tener» en cualquier biblioteca que pretenda ser «completa» (hay muchas comillas en esta frase, lo sé, pero son necesarias).
Sin embargo, con obras más recientes no tengo tantos remilgos. Por supuesto, hay libros modernos que considero fundamentales, simplemente porque me han gustado mucho, que es el motivo más importante de todos. Libros leídos que es muy posible que nunca relea, pero que marcan mi identidad como lector; lo que me gusta, lo que me ha hecho disfrutar.
En una segunda categoría están los libros que he leído, que me han entretenido y poco más. Con estos últimos no tengo miramientos. He pasado un buen rato, pero han sido lecturas superficiales, libros de temporada, quizá leídos con curiosidad para hacerme una idea de las corrientes editoriales del año, o libros mediocres pero inflados de ego con fajas kilométricas. Sé que languidecerán en la estantería sin ningún propósito.
También hay libros malos de autores que considero buenos, y que conservo con afán de completar trayectorias literarias o quizá con la esperanza de que una nueva lectura saque a relucir aspectos que se me habían pasado por alto. Esos, generalmente, se quedan (aunque no deberían).
La última categoría es la que me da más rabia: los libros que no he leído y de los que me quiero deshacer. Libros que compré por impulso, a veces de segunda mano, a veces ojeando las novedades en una librería, seducido por sus solapas o las promesas de su contraportada. Libros que empecé y que no me gustan, o que directamente aborrezco. Las compras por impulso o por error.
A veces intento resistirme a lo evidente. Sé que hay libros que pueden no gustarte, pero que tienen su momento. Si son clásicos, suelo conservarlos. Por ejemplo, ya he intentado leerme dos veces Pedro páramo de Juan Rulfo, sin conseguirlo (y mira que es corto). Ese va a quedarse conmigo, porque sé que es cuestión de tiempo.
Sin embargo, también hay libros que, sencillamente no son para mí, y cuanto antes salgan de mi biblioteca, mejor. Da algo de pena, porque han costado dinero, pero no tiene sentido seguir acarreándolos toda la vida.
♦ ♦ ♦
En conclusión
Si alguien se pregunta a qué he estado dedicando estas últimas semanas, aquí tiene la respuesta. Como un anciano rebuscando en una caja de fotografías en blanco y negro, he pasado el tiempo hurgando en mis estanterías, haciendo pilas de libros, rememorando los buenos ratos que algunos me han hecho pasar en las últimas tres décadas, descartando algunos, conservando otros, haciéndome una idea de lo que tengo y de lo que no, con la intención de rellenar vacíos y ampliar la biblioteca cuando la mudanza haya terminado.
La feliz noticia, además, es que mi biblioteca va a mezclarse con la biblioteca de otra persona. Pensar que ella también podrá disfrutar de mis libros, y yo de los suyos, me gusta mucho.
Al final, las bibliotecas son la manifestación física de nuestro bagaje lector y nos acompañan toda la vida. Pero de vez en cuando es necesario podarlas para que sigan creciendo, fuertes y espléndidas en los años venideros.

Escritor de ficción especulativa, slipstream y novela negra. Le gusta desmontar historias para ver cómo funcionan por dentro, aunque luego no sepa armarlas de nuevo. Autor de Lengua de pájaros, Duramadre y la trilogía de La Sociedad de Lundenwich (todas con Obscura Editorial).

Responsable: Víctor Sellés Finalidad: gestionar los comentarios Legitimación: tu consentimiento Destinatarios: los datos que me facilitas estarán ubicados en los servidores de HostGator (proveedor de hosting de victorselles.com). Ver política de privacidad de Hostgator Derechos: podrás ejercer tus derechos, entre otros, a acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos.