Escribir tu novela en presente o en pasado

escribir tu novela en presente o en pasado

Es curioso, pero algunos lectores detestan las novelas escritas en tiempo presente.

Incluso hay quien me ha llegado a decir que el presente le saca de la historia; que, por principio, si encuentran una novela narrada en presente, no la leen.

Ciertos escritores de renombre comparten el mismo desprecio. Philip Pullman, famoso sobre todo por sus novelas juveniles (La brújula dorada, entre otras), criticó la «moda» de escribir en presente en un artículo de The Guardian como respuesta a las nominaciones del prestigioso Booker Prize.

Lo cierto es que, si bien se ha utilizado de forma esporádica a lo largo del siglo XX, la narración en tiempo presente se ha ido volviendo más y más común. Con la explosión del Young-Adult y, en particular, con Los juegos del hambre de Suzanne Collins, el presente (junto con la narración en primera persona) se ha convertido en una suerte de estándar de facto para la literatura juvenil. Por eso hay a quien le suena «inmaduro» o poco literario.

Por otra parte, no hay que olvidar que el cine, que por fuerza ha influido mucho en la forma de narrar de las últimas generaciones de escritores, tiene parte de culpa en la popularización del tiempo presente. Los guiones cinematográficos también se escriben en presente.

A mí me encantan las novelas narradas en presente. Algunos de mis autores favoritos (Caitlín Kiernan, Chuck Palahniuk, Bret Easton Ellis, Esther García Llovet, Marcelo Luján y otros tantos) lo han usado para sus mejores obras. Yo mismo tengo muchos relatos y una novela (Duramadre) escritos así.

Sin embargo, también creo que hay que tener mucho cuidado, porque el tiempo presente es arriesgado, muy traicionero, y —a poco que te descuides— puede destrozar tu historia.

Si estás pensando en escribir una novela y dudas entre si narrarla en presente o en pasado, este artículo es para ti.

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Escribir en presente: la magia de la inmediatez

¿Por qué escribir en presente? Es una pregunta lógica. Si la convención en literatura es narrar siempre en pasado, ¿por qué cambiar?

Pues, por ejemplo, para buscar un efecto distinto. En este caso, para transmitir la sensación de inmediatez, de urgencia. El presente tiene la capacidad de atrapar al lector desde la primera línea con una fuerza increíble: te obliga a prestar atención. Uno pensaría, por tanto, que el presente es muy adecuado para escribir thrillers o novelas de aeropuerto, y no lo discuto.

Es una elección no exenta de riesgos. Para empezar, si hemos optado por el presente solo por ese motivo, corremos el riesgo de agotar al lector. Es muy difícil sostener esa urgencia a lo largo de toda una novela. Philip Pullman lo expresa muy bien en su artículo de The Guardian:

«Si todos los sonidos que emites son gritos, el grito pierde su valor expresivo. Lo que me disgusta de la narrativa en presente es su limitado rango de expresividad. Me parece claustrofóbica, siempre constreñida por lo inmediato».

Por eso, el presente puede resultar más apropiado para relatos o novelas breves. Por ejemplo, las novelas de Palahniuk en muchos casos son meros fix-ups, compilaciones de relatos cortos con un hilo conductor. Palahniuk siempre ha sido un autor de ficción breve que se ha visto obligado a luchar contra sus instintos debido a la mayor viabilidad comercial de las novelas, y el tiempo presente encaja muy bien con su forma de expresarse.

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Todo tiempo pasado fue mejor: las limitaciones del presente

Por otra parte, el tiempo presente nos limita más. Para empezar, el pasado nos permite realizar saltos temporales (explorar recuerdos, revivir acontecimientos anteriores) de un modo más orgánico. Desde una narración en presente esto se puede conseguir cambiando el tiempo verbal pero, en mi experiencia, la mayor parte de las veces hay algo que no termina de funcionar.

En una novela con muchos saltos temporales o personajes que rememoran acontecimientos anteriores, sobre todo si estos se extienden a lo largo de varios párrafos, la narración en presente es un engorro. Si pretendemos relatar un acontecimiento del pasado dentro de otro acontecimiento del pasado, utilizaremos el pluscuamperfecto. Esto, ya de por sí, genera un efecto cacofónico por la proliferación del verbo auxiliar «había».

Quizá recuerdes la polémica del premio Alfaguara de 2019 que concedieron al escritor argentino Patricio Pron. Cuando se anunció el fallo del concurso, varios lectores en redes sociales destacaron el abuso del pluscuamperfecto en las primeras páginas de la novela premiada, Mañana tendremos otros nombres. Otras voces salieron a defenderlo, como fue el caso de Juan Manuel Robles:

«En esa primera página no hace otra cosa que instalarnos en un pasado que se puebla de saltos al pasado (un pretérito de acciones que ocurrieron un poco antes)».

Tiene razón, pero es verdad que el resultado no es demasiado agradable.

Si ocurre esto con una narración en «canónico» tiempo pasado, en el caso de que estemos utilizando presente, transportar al lector hacia atrás con dos saltos en vez de uno se vuelve mucho más difícil.

Quizá no por casualidad, Duramadre está narrada a través de capítulos muy cortos, de no más de tres o cuatro páginas. Si en algún momento quería relatar un evento anterior, simplemente empezaba otro capítulo en presente con algún indicador temporal para situar al lector.

Esos saltos temporales no tendrían por qué suponer un cambio de capítulo, por supuesto. En muchas ocasiones pueden venir precedidos simplemente por espacios en blanco (tres enter en el teclado, la palanca de retorno de carro de las viejas máquinas de escribir). Con eso forzamos la analepsis sin necesidad de florituras verbales, pero no siempre podemos hacerlo así.

Hace unos años escribí un artículo sobre el cerrado donde trato tangencialmente esta cuestión, y también menciono el «mode jerk» que Stanley Kubrick utilizaba en alguna de sus películas.

Hay escenas que funcionan mejor en presente. Otras funcionan mejor en pasado. No existe una opción perfecta y siempre vas a tener que sacrificar algo.

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El tiempo verbal y la voz autoral

Hemos empezado resaltando que el presente se presta muy bien a novelas donde prima la tensión o la acción. No lo niego, pero a mí nunca me ha interesado por este motivo. La verdad es que, cuando la narración en presente se utiliza en combinación con un tipo de estilo más literario o introspectivo, también se genera un efecto, digamos… interesante.

Cabe destacar que el tiempo verbal que elegimos para contar nuestra historia se convierte, a menudo, en una marca autoral. La elección del presente deja una señal tan identificativa en el texto que se vuelve una parte indisociable de la voz del autor. No ocurre lo mismo con el pasado, ya que se considera la forma por defecto para la escritura de ficción.

Lo comenta el mismo Juan Manuel Robles en su artículo:

«El estilo, por supuesto, es la insistencia con la que uno juega con los tiempos verbales para saltar al pasado, y al pasado del pasado, o persistir en el presente eterno, como hablándote al oído».

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El problema de la indecisión

A la hora de empezar una novela, debemos tenerlo claro: la elección del tiempo verbal define toda la arquitectura narrativa, la forma en que acontece todo. Si has probado a cambiar de tiempo verbal algo que hayas escrito (y yo lo he hecho en múltiples ocasiones) comprobarás que, una vez has cambiado los verbos, a menudo el resto de los elementos de la frase no funcionan.

Lo suyo es hacer pruebas con algún fragmento para descubrir cuál es la voz de la historia y qué nos encaja más.

Es lo suyo, como digo, pero a veces no terminamos de tenerlo claro. Y si estoy escribiendo este artículo ahora mismo, es precisamente porque no sé qué tiempo verbal usar para la novela en la que estoy trabajando. Llevo unas 30.000 palabras, con algunas escenas en presente y otras en pasado.

Para la historia que quiero contar estoy lidiando con múltiples escenas con saltos temporales (al bombardeo de Durango en el 37, al estallido de la Gran Guerra Patria en Rusia en el 41, al retorno de los niños españoles exiliados desde el puerto de Odesa en el 56, a la crisis de los misiles de Cuba en el 62) combinados a su vez con una historia que comienza en enero de 1966, con el incidente de Palomares.

Sé que me estoy buscando un problema a futuro. Sé que cambiar de tiempo verbal una escena no es una cuestión baladí y me obligará a tomar decisiones difíciles, porque alterará la sonoridad, la estructura y el sentimiento. Pero ya he escrito varios fragmentos que solo funcionan en presente, y otros tantos que solo funcionan en pasado, y no consigo llegar a ninguna conclusión.

Si alguien estuviera en mi situación y me preguntara qué hacer, la respuesta sería clara: escribe tu historia en pasado. Es la forma canónica, la más sencilla, la menos arriesgada, la que menos fricción produce entre los lectores.

Y, sin embargo, hay algo en mí que se resiste a tomar la decisión, porque hay partes que me encantan y que, en presente, funcionan maravillosamente bien. Así que sigo empujando la historia hacia delante sin saber qué forma adoptará al final, pero convencido de que la revisión del manuscrito se convertirá en una auténtica pesadilla.

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En conclusión

No hay una respuesta clara al dilema. Al final, es el autor el que debe elegir el tiempo verbal que mejor acompaña su historia. El presente es más limitado, pero las limitaciones favorecen la creatividad, así que se trata de un problema al que cada escritor debe dar su propia solución, en cada momento y para cada historia.

Sea como sea, escribir una novela en presente es meterse en un buen jardín.

Pero, no sé, quizá sea un jardín en el que merece la pena meterse.

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