
Estos días ando leyendo una obrita de Theodor Kallifatides que me tiene fascinado. En ella se cuenta cómo, a los 77 años, y después de una larga y exitosa carrera literaria, este escritor sueco de origen griego decide vender su estudio en Estocolmo, colgar el sombrero y dejar la escritura.
La verdad es que el libro —Otra vida por vivir, publicado por Galaxia Gutenberg— me ha hecho recordar a todos los compañeros de letras que se han ido quedando por el camino.
Muchos solo fueron presencias fantasmales con las que interactuaba a través de una pantalla, un conjunto de tweets o de posts de Facebook donde hablaban de sus publicaciones y sus proyectos, entre fotos de vacaciones y esporádicos contratos editoriales, o discutían sobre un premio, o promocionaban sus obras. Algunos hacían esto último con humildad y cierta timidez, sabiendo lo que eran en el fondo (lo que somos todos): spam, vendedores de historias a puerta fría, mercachifles, mendigos de visualizaciones, esclavos del algoritmo. Otros lo hacían sin la menor vergüenza, gustándose a sí mismos, con un arrojo misterioso y sonrojante.
Hoy dejan, unos y otros, cuentas de redes sociales abandonadas, dominios web en los que ahora aparecen enlaces en chino, alguna obrita publicada en Amazon, un relato en una antología de una microeditorial, una mención en el concurso de un ayuntamiento, quizá incluso alguna novela.
También recuerdo el otro perfil, el del escritor de «éxito»: autores con obras revelación que parecían la nueva promesa española de las letras y que cayeron en el olvido y nunca publicaron la segunda. Tipos que en su día fueron aupados a hombros de editoriales de cierto empaque pero que se estrellaron, como se estrellan casi todos los libros, y que, en lugar de sacudirse el polvo de la camisa y volver a intentarlo, se dieron por vencidos.
Y, claro está, recuerdo por encima de todo a los amigos, los escritores de mi grupo con los que compartía sesiones digitales. Planificábamos proyectos juntos, nos enviábamos mails y nos revisábamos mutuamente los manuscritos. Esos escritores a los que acababas «desvirtualizando» (así lo llamábamos hace una década, ahora no sé si se seguirá utilizando el término) y con los que te tomabas unos vinos en un festival o quedabas a cenar con ellos cuando pasaban por Madrid.
De esos, de los que hablaban tan apasionadamente de la escritura y de todo lo que conllevaba, la mayoría desaparecieron. Quedaremos tres o cuatro.
A veces me pregunto qué estará haciendo toda esa gente después de abandonar. Habrá alguno que quizá siga escribiendo —uno volvió varios años más tarde con una nueva novela bajo el brazo—, pero sospecho que la mayoría lo ha dejado de verdad.
De hecho, no paran de surgirme preguntas.
¿Tomaron la decisión de un día para otro? Quizá acabaron hartos, o leyeron una reseña negativa, o se les cayó un contrato con una editorial, o simplemente decidieron que no les merecía la pena el esfuerzo y la frustración. En su libro, Kallifatides menciona una anécdota sobre Georges Simenon (probablemente apócrifa, probablemente falsa, pero qué importa): después de escribir doscientos libros, una mañana Simenon se sentó frente al escritorio y no le salían las palabras y dijo «hasta aquí hemos llegado» y no volvió a escribir una sola línea.
¿Les habrá ocurrido eso? De ser así yo lo habría dejado hace mucho. Hay días en los que parece que, en vez de escribir, «desescribo». Hoy mismo empecé con un documento de Word en el que había 2.084 palabras y, cuando terminé la sesión de escritura, el contador marcaba 1.827.
Mucho peor que Simenon, dónde va a parar.
Si ocurrió así, me pregunto también qué sintieron en ese momento. Alivio, quizá, por haberse librado del castigo autoimpuesto de tener que sacrificar una, dos, tres horas todos los días a las musas y al tecnocapitalismo. Tiempo que ahora podrán dedicar a la familia, los amigos, el gimnasio, las series, los videojuegos, el pintado de miniaturas, o simplemente a esas siestas largas de las que te despiertas con todos los huesos molidos.
Alivio, sí, pero también tristeza por todo el tiempo que invirtieron sin llegar donde querían llegar (quién sabe dónde está eso), por haber jugado tanto tiempo a las reglas del juego sin entender lo que es la falacia del coste hundido y por haber dejado las cosas a la mitad.
Yo lo sé, o lo sospecho, porque si hoy dejara definitivamente de escribir con la intención de no volver jamás, olvidando para siempre esas 1.827 palabras de ese capítulo de mi próxima novela que tanto me está costando escribir, también sentiría alivio y tristeza.
Alivio, tristeza y un poco de culpa. Como cuando dejé la Historia o la Paleontología después de años estudiando. Todo sirve, me decía mi madre, y tenía razón. Al escritor todo le sirve. Lo bueno y lo malo, los triunfos y los fracasos, las habilidades que nunca podrá ejercer y los conocimientos sobre cualquier disciplina: todo se transforma en mortero para sus historias, todo nos convierte en el escritor que seremos, para bien o para mal. Escribe de lo que sabes, y todo eso.
Sin embargo, no creo que estos escritores desertores soltaran la pluma de un día para otro. Parece mucho más probable que lo fueran dejando poco a poco, a medida que la vida les iba poniendo zancadillas: muertes, enfermedades, nacimientos, trabajos, reformas, mudanzas. Llega un punto en el que llevas un año sin sentarte al teclado, supongo, y te das cuenta de que tampoco pasa nada, de que la pulsión se ha aplacado, de que ya no tienes ganas o no te quedan historias o ya has jugado bastante a ordenar palabras en ese juego misterioso que es la literatura.
Alguien, una escritora a quien respeto mucho, me dijo una vez que eso es porque no eran escritores de verdad, lo cual plantea más preguntas que respuestas. ¿Qué es un escritor de verdad? ¿Los que escriben porque lo necesitan, porque para ellos escribir es como respirar? No es mi caso, desde luego, pero no me imagino dejando de escribir. Me pregunto qué haría con todas esas ideas que me aturden en los paseos por el parque, si sería capaz de olvidarlas con un ademán, descartarlas con alegría y centrarme en todo lo demás, que debería ser suficiente, que debería bastar.
Supongo que es más fácil dejar de escribir cuando ya no queda nada por decir. Kallifatides escribió un libro sobre cómo decidió dejar de escribir libros y, en teoría, con eso ya lo había dicho todo.
Aun así, después de publicarlo, siguió escribiendo.
Quizá esta amiga escritora tiene parte de razón y, al menos para alguno de estos excompañeros de letras, la escritura en el fondo era como el gimnasio, las series, los videojuegos, el pintado de miniaturas, o simplemente como una de esas siestas largas de las que te despiertas con todos los huesos molidos. Ocio, algo que te hace feliz, que entretiene. Lo coges un día y lo dejas al otro, simplemente porque ya no te conviene o porque tus prioridades han cambiado.
Para mí la escritura no es eso, pero tampoco sé exactamente lo que es.
Lo que sí sé es que me da pena que la gente que conozco, con la que he compartido planes e ilusiones, deje de escribir.
Me obliga a enfrentarme a la paradoja de que cada vez más gente escribe, pero a mí cada vez me quedan menos amigos escritores y la verdad es que los echo de menos.

Escritor de ficción especulativa, slipstream y novela negra. Le gusta desmontar historias para ver cómo funcionan por dentro, aunque luego no sepa armarlas de nuevo. Autor de Lengua de pájaros, Duramadre y la trilogía de La Sociedad de Lundenwich (todas con Obscura Editorial).







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