
El veintinueve de octubre, dos días antes de Halloween, salió a la venta Danza macabra, la tercera parte de La Sociedad de Lundenwich.
La última.
Se publican tantos libros en España (unos 90.000 al año, y eso solo tomando en consideración los que tienen ISBN, y por tanto dejando fuera a buena parte de los autopublicados), que la aparición de otro más no es, de por sí, un gran acontecimiento.
Si ponemos las cosas en perspectiva, el desenlace de las aventuras de Thomas Blackpole, Neil, Ligeia y el resto de huérfanos de la funeraria Wickfield ha salido a la venta el mismo día que otras 250 obras.
Una gota en un océano de tinta.
Por no decir que es la última novela de una trilogía, así que es muy posible que solo interese a aquellos lectores que ya se hayan adentrado en la saga y estén esperando su conclusión.
Sea como sea, está claro que la publicación de Danza macabra no es un acontecimiento de enorme relevancia para la humanidad. Para mí, sin embargo, es un momento importante, porque han pasado ocho años desde que empecé a escribir la saga de Lundenwich: en otro país, en otro idioma, incluso en otro formato.
Detrás de las historias de los libros están las de sus autores. Estas son mucho más aburridas que las que se cuentan en sus novelas: van de sacrificar horas y horas, momentos de ocio, planes con los amigos. Van de escribir cuando te apetece y cuando no te apetece, de dudar de cada palabra, de cada diálogo. De si un dato es correcto, de si una metáfora es estúpida, de si este giro argumental funciona, de dónde desemboca tal calle o dónde dije que murieron los padres de este o de aquel.
Cientos de horas. Quizá miles.
Y esto es así —y seguirá siendo así— tanto si Danza macabra es un buen libro como si no lo es, tanto si a los lectores les gusta como si les parece basura, tanto si lo leen como si no lo leen.
¿Merece la pena todo esto? Espero que sí. Hoy he sacado los tres libros de la estantería para hacer las primeras fotos de grupo que acompañan la publicación de este artículo y, no te lo voy a negar, me he emocionado un poco. Con Danza macabra se cierra una etapa de mi vida… y se abre otra. Con nuevos proyectos que me ilusionan, nuevos planes, nuevas ideas, nuevas formas de abordar la literatura.
Me ha costado mucho escribir estos libros y me alegro de haberlos terminado, pero al mismo tiempo también me entristece despedirme de los huérfanos de la funeraria W. T. Wickfield y del mundo de Lundenwich, donde todavía hay espacio para contar una constelación de historias y aventuras que, por fuerza, se han quedado en el tintero.
Todo llega a su fin y, con su conclusión, deja espacio para que empiece algo nuevo.
Espero que, si ya has leído Fantasmas de verde jade y La casa mecánica, también disfrutes con Danza macabra. Y que, si aún no te has animado con esta saga, le des una oportunidad. Bajo la etiqueta de «literatura juvenil» —que en realidad solo sirve para identificar la juventud de los protagonistas— hay una historia y un subtexto que va más allá de la calificación por edades.
Puedes adquirir tu ejemplar de Danza macabra en Amazon, en la web de Obscura Editorial, o encargarla en tu librería de confianza.


Escritor de ficción especulativa, slipstream y novela negra. Le gusta desmontar historias para ver cómo funcionan por dentro, aunque luego no sepa armarlas de nuevo. Autor de Lengua de pájaros, Duramadre y la trilogía de La Sociedad de Lundenwich (todas con Obscura Editorial).

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