Cómo escribir descripciones para una novela

Escribir descripciones

Resulta sorprendente lo mucho que los libros sobre escritura se centran en la estructura y lo poco que dedican a la descripción literaria. Quizá porque la estructura se parece a las matemáticas y se puede aprender, mientras que la descripción —donde se entremezcla el estilo— parece algo intuitivo, difícilmente sistematizable.

Algo de esto hay, por supuesto. Muchas de las mejores descripciones combinan datos y emoción, cada elemento en su justa medida. Depende del contexto, del escritor y de la historia que se quiera contar y, sobre todo, de cómo quiera contarla cada uno. Tiene bastante que ver con el buen gusto, pero ya sabemos que el gusto es subjetivo.

Sin embargo, sí creo que hay bases y técnicas útiles para escribir descripciones que pueden ayudar a un escritor a plantearse ciertas cuestiones a la hora de presentar una escena de su novela.

Así pues, en este artículo hablaremos sobre todo de la descripción de lugares y escenarios, y daremos unas cuantas pinceladas y tal vez algún consejo bienintencionado. Si quieres leer algo más centrado en la descripción para la caracterización de personajes también puedes consultar esta otra entrada de la web donde utilizo las obras de Charles Dickens como ejemplo.

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Cómo preparar una descripción

Cubriremos esto en primer lugar y así nos lo quitamos de en medio. No tiene mucho sentido detenerse, pues  dependerá de cada escritor. Habrá a quien le guste imaginar la escena de forma visual para luego describirla y quien prefiera armarla poco a poco, frase a frase.

Ojalá pudiera decir que mantengo un ritmo ágil durante el primer borrador, sin preocuparme demasiado por las descripciones. Es lo que debería hacer, aunque rara vez lo consigo. Lo cierto es que no puedo parar hasta que el resultado me satisface, aunque aún esté lejos de la versión definitiva. A partir de este primer borrador elaboro o modifico lo que haga falta a lo largo de las sucesivas reescrituras.

A veces pierdo mucho tiempo buscando las palabras exactas (si hay mobiliario de otra época, por ejemplo, o si estoy intentando crear una imagen particularmente potente) y otras veces llegan sin más. Es más fácil escribir descripciones de un sitio en el que has estado y del que te acuerdas. A veces eso no es posible, pero siempre ayuda asociarlo a otro lugar que conoces.

En ciertas ocasiones me imagino el lugar y, si no funciona, busco imágenes en internet. Aunque no lo hago por costumbre. Si este es tu sistema favorito, hay escritores que dicen que Pinterest ayuda bastante.

Si tengo que buscar material gráfico, prefiero los cuadros a las fotografías. Un cuadro es como una descripción: una simplificación de la realidad que transmite una emoción o un mensaje.

John Atkinson Grimshaw – “Reflejos de luz en el Támesis en Westminster”

 

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Figuras literarias

Las figuras literarias (también llamadas retóricas) pueden utilizarse para embellecer las descripciones y crear emociones más potentes en el lector.

No es lo mismo una metáfora que un símil. Ambas sirven para establecer una relación entre dos conceptos, pero no de la misma forma. Las metáforas se apoyan en analogías para describir algo: «cabellos de oro» o «nervios de acero». En cambio, la clave del símil es la palabra «como». Por ejemplo, «frío como un témpano» o «dientes blancos como perlas». Podría decirse que, mientras que la metáfora asemeja dos elementos de forma implícita, el símil hace lo mismo, pero explicitando la relación.

Hay que tener cuidado con las metáforas y los símiles porque, como puedes ver gracias a los ejemplos anteriores, son un excelente abono para los clichés. El escritor debería inventar los suyos en vez de usar los del habla popular, pues estos últimos no añaden nada a una descripción. El objetivo es crear una asociación entre dos conceptos no relacionados entre sí para producir una imagen y, para esto, los clichés no sirven; solo estorban.

En Mientras escribo, Stephen King menciona una metáfora de Raymond Chandler que se le quedó grabada para siempre (y a mí también, desde que leí su libro hace un montón de años): «Encendí un cigarrillo que sabía a pañuelo de fontanero». Coincido con King en que las buenas novelas negras están llenas de símiles y metáforas potentes.

Raymond Chandler

Por otra parte, el autor también destaca lo que sería un mal símil: «Se quedó sentado al lado del cadáver, impasible y aguardando al forense con la misma paciencia que si esperara un sándwich de pavo». Aunque yo no lo utilizaría como ejemplo en un manual de escritura, tengo que reconocer que tampoco me parece tan malo como para dejar de leer el libro. Supongo que esto también es muy subjetivo.

Para concluir esta parte, añadiré un último ejemplo con un símil sacado de Fantasmas de verde jade: «Se respiraba una calma antinatural, una quietud extraña, como si el pasillo fuera una escena pintada en un lienzo antiguo».

A mí me gusta, pero quizá a ti te parezca horrible. Me temo que no hay normas que podamos seguir al pie de la letra para diferenciar lo que es bueno de lo que no. Al final primará nuestro sentido estético, que puede coincidir con el del lector o no. Hay que intentar que los símiles y metáforas que utilizamos sean lo más expresivos posibles y es importante no abusar para que no pierdan fuerza ni lastren el texto. Más allá de eso, uno solo puede cruzar los dedos.

Y ya que estamos mencionando figuras literarias, merece la pena detenerse en la sinestesia. Como la metáfora y el símil, la sinestesia también es una asociación de conceptos, pero un poco especial: relaciona elementos de diferentes dominios sensoriales.

Por ejemplo, «palabras amargas» relaciona el oído y el gusto mientras que «amarillo chillón» relaciona la vista con el oído. Te habrás dado cuenta de que estos ejemplos también son clichés, aunque parecen algo más excusables que los anteriores.

La idea al escribir descripciones es apelar a las sensaciones del lector y estimular sus sentidos. Y esto nos lleva al siguiente «consejo»…

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Emplear los cinco sentidos al escribir descripciones

En las descripciones solemos centrarnos en un único sentido: la vista. Es lógico, porque el lenguaje escrito se presta a ello, porque es el sentido más objetivo que tenemos y porque también es del que más dependemos.

Sin embargo, ¿alguna vez has captado un olor repentino que te ha hecho recordar algo muy vivamente? Dicen que el olfato es capaz de conjurar un recuerdo con mucha más facilidad que cualquiera de los otros sentidos. Así pues, ¿por qué no incorporarlo a las descripciones? Si buscas un libro que exprime al máximo las descripciones basadas en el olfato, puedes echarle un vistazo a El perfume, de Patrick Süskind.

No hay que olvidar que la descripción es lo opuesto a la acción. Cuando el escritor describe algo, podría decirse que la acción se detiene. Por eso a veces pensamos que las novelas con descripciones largas son más pesadas y aburridas que las que se centran en la acción. No tiene por qué ser cierto, pero es una creencia fundada.

Para paliar este efecto, hay que intentar hacer partícipe al lector de la descripción, y esto se consigue a través de las sensaciones de los personajes. Las sensaciones son percepciones, algo subjetivo, y precisamente por eso obligan al lector a poner algo de su parte y a implicarse. Toma un papel activo y pasa a formar parte de la acción.

Olor, sabor y tacto también pueden emplearse para enriquecer las descripciones. Al fin y al cabo, percibimos el mundo con los cinco sentidos.

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La descripción como caracterización

De ciertas novelas se dice que el «entorno» parece otro personaje más. Esto es algo que ocurre con algunas ciudades o parajes que tienen un peso central en la historia. Sin embargo, aunque no sea nuestro caso, la mayor parte de las cosas que describimos deberían tener un cierto carácter, una personalidad. Dos tiendas de ropa pueden ser muy diferentes entre sí en función de la clientela a la que se dirijan, al igual que ocurre con dos bares o dos modelos de coche, que pueden tener dueños muy distintos o haber sido cuidados de forma muy diferente.

En este sentido, cabe destacar que los lugares y los objetos de las personas a menudo nos ayudan a descubrir cosas sobre ellos. No es lo mismo un Seat que un Audi, un coche tuneado, un seiscientos de época bien restaurado o un vehículo lleno de cagadas de pájaro o con bollos en la carrocería o envoltorios de comida rápida en el asiento trasero.

Los escenarios —habitaciones, despachos, sótanos— son excelentes para describir de forma indirecta a los personajes a través de los objetos que atesoran y de cómo los organizan. Son ventanas al interior de su mente. También sirven para ofrecer detalles sobre el mundo que habitan, volviéndolo más rico e interesante de forma natural, sin recurrir a circunloquios.

 

 

Edward Hopper, “Retrato de Orleans”

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La descripción para reforzar el tema literario o el simbolismo

Pasamos a una cuestión más personal, pero relacionada con la anterior. Una de las cosas que más me gusta de escribir es reforzar el tema o los temas principales de la historia a través de microelementos que van acumulándose, y una de las mejores formas de hacerlo es a través de las descripciones.

Otro de esos ejemplos cliché son los pájaros como símbolo de libertad, o los colores para expresar emociones: ya sabes, el rojo como símbolo de pasión o de furia, el azul para representar la tristeza, etcétera.

En Lengua de pájaros, a pesar de que las ventanas están cegadas con tablones, la luz se cuela entre ellos para iluminar el ático donde el padre de Abel conserva sus libros. Con esto buscaba sugerir la idea de la transmisión del conocimiento; no un conocimiento cualquiera, sino un conocimiento sagrado, puro pero difícil de descifrar (de ahí los tablones).

En cambio, en el ático donde mora la dama triste de la funeraria Wickfield en La casa mecánica: «los cristales de las ventanas estaban llenos de mugre y telarañas que oscurecían la luz, aunque el cielo estaba tan cubierto de nubes que apenas había diferencia». Este otro ático es un espacio de transición, un lugar intermedio donde los vivos se encuentran con los muertos. Por eso la sala está en penumbra; en cualquier momento puede iluminarse o ceder a la oscuridad.

Asumo que para el lector estas cosas no son evidentes, pero me gustaría pensar que al menos algunas se reciben de forma subliminal. Tal vez funcionen por acumulación o no funcionen en absoluto. Y, en realidad, a mí me ocurre lo mismo: a veces descubro estos detalles por casualidad durante una relectura del manuscrito y en otros casos los planifico con mucha antelación. Sea como sea, creo que añaden matices interesantes a la lectura.

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Ni pasarse, ni quedarse corto al escribir descripciones

Esto es lo más complicado de todo, pues hay que decidir qué se describe y qué no. No es tanto hablar de lo «importante» como poner el foco en lo que aporte más información con menos palabras para construir una imagen o una sensación particular. Al escribir descripciones podemos concentrar la mirada en uno o dos detalles de una escena mayor y a través de ellos extrapolar el resto, por ejemplo. O, si la descripción no tiene demasiada importancia, se puede pasar de puntillas siendo pragmáticos y ofreciendo una información más genérica que no comprometa otros aspectos más interesantes de la escena.

Cada caso es distinto. Si se reduce la densidad de las descripciones, la lectura se aligera. Por eso la mayor parte de las novelas más vendidas, las «que enganchan», contienen mucho diálogo y poca descripción. El estilo se resiente, se vuelve más genérico y práctico, pero a costa de la estética. Que esto sea positivo o negativo depende de lo que opinen el escritor y sus lectores.

Por otra parte, el peso que se concede a la descripción en cada escena se puede utilizar como recurso. Al aligerar las descripciones, el tiempo de la narración parece avanzar más rápido, lo que resulta apropiado para momentos frenéticos o de acción. El efecto contrario (centrar la atención del lector en un objeto que se describe con extremo detalle o reducir el ritmo de la narración intercalando descripciones algo más prolijas) puede servir para incrementar la tensión.

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En conclusión

Las descripciones son un aspecto clave de la narrativa, una de las piezas fundamentales que componen el estilo de un autor. En este artículo hemos visto cinco cuestiones relacionadas con escribir descripciones literarias. Son cinco, y he preferido no plantearlas en forma de lista porque hace mucho que las listas de consejos de escritura pasaron de moda.

Creo que todos podemos aprender a describir de forma solvente —como mínimo— y quizá incluso a mejorar un poco a partir de ahí. Hay quien tiene un cierto «oído» para este tema y también los hay que se pasan o se quedan cortos. Pero al final todos los escritores son distintos y cada uno va desarrollando su estilo como puede y como le place, constreñido a veces por el género en el que trabaja o sus manías personales.

Del estilo, por supuesto, ya hablaremos en alguna otra ocasión.

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