La escritura, ¿otium o negotium?

En la última entrada del blog hablábamos de si merece la pena intentar vivir de la escritura y de los esfuerzos que supone convertir nuestra manía de plasmar historias sobre el papel en una actividad rentable.

Yo creo que no —que no es necesario, que es un camino que conduce a la frustración y al desánimo— pero esto plantea otro debate interesante: si no pretendemos vivir de nuestros libros, cuando nos sentamos frente al ordenador, ¿estamos disfrutando de un momento de ocio o estamos trabajando?

Porque yo creo que sí, que estamos trabajando, pero me cuesta explicarlo.

Parece una tontería, pero no lo es. El concepto de «trabajo» lleva aparejado ciertas connotaciones. A menudo consideramos el trabajo una actividad desagradable, algo que «hay que hacer», algo importante. Por otra parte, el ocio debería ser placentero, algo que no supone una obligación y que puede postergarse cuando debemos dedicarnos a tareas más importantes (como trabajar).

De ahí que me parezcan tan apropiadas las dos palabrejas latinas con las que he titulado esta entrada del blog: «otium» y «negotium».

El ocio es el tiempo libre.

El negotium es, literalmente, el «no-ocio», la negación del primer concepto.

Sin embargo, la palabra «ocio» tiene un segundo significado: hace referencia a una «diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio, porque estas se toman regularmente por descanso de otras tareas».

La escritura podría entrar dentro de esta «ocupación reposada», de esta «obra de ingenio». De hecho, así se entendía en la Antigua Roma. El negotium consistía en dedicarse a la res publica, a los asuntos de la ciudad; el otium, a las disquisiciones intelectuales o artísticas.

De todas formas, a mí lo que me interesa de esta dicotomía no es la filología latina, sino el vértice en el que para muchos de nosotros converge lo que podría llamarse escritura creativa.

Eso nos conduce inevitablemente a la pregunta de por qué escribes, y a la típica respuesta —que yo siempre he odiado— y que podría resumirse en: «porque lo necesito. Porque para mí escribir es como respirar», o algo por el estilo.

Sin duda, la opción más sana sería responder que simplemente escribimos porque nos divierte, pero es un poco simplista.

¿Me divierte escribir? Supongo. A veces. Pero no definiría el proceso completo como algo divertido.

Me gusta fabular, como a todos, pero lo paso mal cuando descubro que lo que escribo es una triste imagen desvaída de lo que tenía en la cabeza.

Me gusta la sensación de iniciar un proyecto nuevo y ver cómo avanza (con esa métrica tan traicionera que consiste en ir contando las palabras) pero odio los estadios intermedios en los que todo parece estancarse, donde siento que el final se aleja y que nunca voy a llegar a buen puerto, y que la novela, con todo el esfuerzo que conlleva, va a acabar inconclusa y olvidada.

Me gusta investigar y documentarme, pero me abruma la sensación —por otra parte muy real— de que la bibliografía es infinita y acaba convirtiéndose en otra forma de procrastinar. Y además me molesta que toda esta bibliografía se inmiscuya en otro espacio de ocio como es la lectura (que tampoco es ocio del todo, pero eso es un tema para otra ocasión).

Me gusta sentarme a escribir cuando las palabras fluyen, pero la triste realidad es que las palabras casi nunca fluyen; más bien se arrastran lentamente y, por lo general, acaban eliminadas del manuscrito.

Me gusta el proceso de revisión, pero no me gusta terminar los libros porque siempre me quedo con la sensación de que aún quedan mil cosas que podría hacer para mejorarlos.

Me gusta ver mi libro publicado en papel, pero el momento de vanidad se esfuma rápido y para cuando llega a las librerías ya llevo tiempo enfrascado en un nuevo proyecto. No hay tiempo para «disfrutar de las mieles del éxito» o algo así. Solo el siguiente libro, y luego el siguiente.

Me gusta hablar con los lectores, pero detesto la tiranía de las redes sociales. Nunca las he entendido y nunca las entenderé, pero sigo perdiendo el tiempo en ellas (aunque cada vez menos, todo sea dicho).

Todo se embarulla más en la sociedad en la que vivimos, donde el trabajo puede ser vocacional y el ocio se convierte en una labor productiva, o de lo contrario se percibe como una pérdida de tiempo.

Desde luego hay ocios más cómodos, menos demandantes y que requieren mucho menos sacrificio que la escritura.

Y al final, si un trabajo es algo por lo que te pagan dinero, escribir es un trabajo. Poco rentable, desde luego, pero un trabajo.

¿Y entonces por qué escribimos?

En el fondo me siento muy identificado con Nabokov, que decía que escribía para sacarse las cosas de dentro, para que las cosas existan.

Que al final me temo que es otra forma de decir que lo hacemos porque lo necesitamos, porque para nosotros escribir es como respirar. O algo por el estilo.

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