La tiranía del conteo de palabras

Me gusta todo esto del conteo de palabras y al mismo tiempo lo detesto.

Me explico. Estas últimas semanas tanto Gabriella Campbell como Jaume de Excentrya han iniciado retos de escritura diarios para sus suscriptores.

Gabriella tiene un sistema incremental que no está basado en el conteo de palabras, sino en tiempo. Empieza con cinco minutos y va subiendo cinco minutos cada semana.

Jaume tiene un reto de 500 palabras para los juntaletras más duros.

Aprecio mucho este tipo de iniciativas porque están pensadas para romper una barrera psicológica, el respeto al teclado y la pantalla en blanco, y ayudar a desarrollar un hábito. Es algo fundamental y sin duda el primer paso y uno de los más difíciles.

Si uno se obliga a escribir un número fijo de palabras al día además tiene un dato mesurable con el que puede calcular su productividad. Si hoy has escrito dos mil cuando tu media es de mil entonces puedes reclinarte en la silla, suspirar y exclamar: «¡Hoy ha sido un gran día!».

Y si no has escrito ninguna puedes castigarte e irte a la cama sin postre.

Al fin y al cabo, las novelas se escriben poniendo una palabra detrás de otra hasta llegar al final. O no. Porque los conteos de palabras están muy bien al principio  pero, una vez se ha creado el hábito, empiezan las complicaciones.

El problema principal del conteo de palabras es que no tiene en cuenta que un porcentaje muy alto del tiempo de cualquier escritor se va en un montón de cosas que no son escribir. Y con esto no me refiero a la promoción, ni a contestar emails, ni a enviar manuscritos a las editoriales. Me refiero más bien a planificar, a documentarse, a estructurar, a escaletar, a releer, a revisar, a corregir, a reescribir… o sencillamente a pensar.

Por eso los conteos de palabras te obligan a llenar de días negros cualquier calendario.

Llevo obsesionado con mi último manuscrito desde el día uno de enero (bueno, desde el día dos; el día uno es para quedarse en la cama y escuchar canciones como esta). Le he dedicado todo mi tiempo libre y he dejado aparcado cualquier otro proyecto para poder centrarme en él.

A pesar de eso, ¿sabéis cuántas palabras he escrito durante estos últimos treinta días? Ninguna. Cero.

Los días que no escribo no hay quien me aguante. Me dejo crecer una barba de náufrago, no paro de dar vueltas por toda la casa, subo y bajo las escaleras docenas de veces, cambio de orden los libros, hablo en voz alta y lleno el suelo de bolas de papel (sí, soy muy malo encestando).

Aunque parezca una pérdida de tiempo, así es como he salvado el manuscrito.

He leído más de una vez lo de que «pensar en escribir» no es escribir. Es algo que tiene sentido recalcar para todos aquellos que no dejan de hablar de las grandes ideas que tienen y del día en el que por fin las van a plasmar, ese día que nunca llega.

Escribir posts en Facebook no es escribir.

Hablar de escritura en este blog no es escribir.

Sacar tu macbook pro en el Starbucks y mirar alelado la lluvia a través de la ventana no es escribir, y tampoco lo es subir fotos a Instagram con cuadernitos y tazas de café y mensajes inspiradores.

Lo único que es escribir es… bueno, escribir.

O no.

Porque pensar en escribir sí es escribir. Llenar de post-its las paredes de tu cuarto, clavar chinchetas y tirar hilos de lana de un lado a otro con la esperanza de formar pentáculos o eneagramas, como un detective a la caza de un maldito psicópata, lo es. O dar paseos durante toda la tarde, vagabundeando por barrios residenciales, atento tan solo al runrún de fondo de tu cerebro que en la sombra maquina cómo resolver el último lío en el que te has metido tú solito en ese momento en el que pensaste «¿Y si…?». O revisar el cuadernito que abres veinte veces al día para apuntar una frase, o la última idea, o un gesto, o una impresión. O ese manuscrito encuadernado en espiral, arrugado porque se ha pasado semanas en tu mochila y que está tan lleno de tinta roja que parece que va a empezar a sangrar de un momento a otro.

Cada vez que leía que algunos escritores se cepillaban un primer borrador en dos meses o incluso veinte días no me lo podía creer, pero cada vez me doy más cuenta de que, si uno ha hecho los deberes, a veces lo más sencillo de todo es escribir.

Me vais a matar, pero una vez creado el hábito y a partir de cierto punto yo utilizaría las palabras publicadas como baremo de productividad. O quizá «palabras publicadas» sea algo excesivo, ya que eso no depende de nosotros; bastaría con contar las palabras finales, las que no son basura, las que valen, las de los relatos terminados o manuscritos listos para enviar. Contar palabras sin más está muy bien cuando estamos elaborando el primer borrador, pero más allá de esto se puede convertir en algo contraproducente.

Permanece atento a los síntomas. Si escribes mucho todos los días pero nunca terminas nada, o si tus novelas se quedan en un primer borrador, tal vez es momento de cambiar de estrategia y empezar a concentrarte más en todos los aspectos que rodean el proceso de escritura y que son igual o más importantes.

El problema es cómo conseguir mantener el hábito de escribir todos los días y al mismo tiempo concentrar tus esfuerzos en tareas como la planificación de otra novela o la revisión de la última. ¿Merece la pena dejar de escribir para concentrar todos tus esfuerzos en una revisión o es preferible tratar de acomodar todas estas tareas a lo largo de una jornada? ¿Cómo te organizas tú? Puedes contármelo en los comentarios.

* * *

Una nota muy breve antes de irme: El día 17 de febrero se estrena Jarama en el auditorio Pilar Bardem de Rivas, el corto de Alberto Pla que guionicé y que trata sobre las experiencias de los brigadistas irlandeses durante la Guerra Civil Española. Si vivís cerca y os queréis apuntar, podéis pillar entradas aquí (solo cuestan dos pavos y hay muchas más actividades).

Si venís, no dudéis en saludarme.

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6 comentarios

  1. ¡Genial, Víctor! Me encanta este artículo y voy a usarlo como “extra” para mi reto con mis suscriptores.

    Esto que defines es algo que me pasó a mí. Tras más de tres años de escritura (directa, literal) diaria, dejé de preocuparme tanto por el recuento diario (por el efecto de cuello de botella que me estaba creando) y más por los resultados. Hasta ahí, perfecto.

    No obstante, solucionado ese cuello de botella, he vuelto al hábito de escritura diaria.

    No es por lo publicado o producido, es porque el hecho de escribir (poner físicamente palabras sobre papel) es una práctica. Y si la dejas de lado, aunque sea un mes, al mes siguiente… ¡has perdido práctica! Es como el que practica todos los días con su violín y un mes lo deja para dedicarse a otras facetas del violín (composición, estudio, solfeo… no sé qué hacen los estudiantes de violín). Eso es fundamental, pero cuando cogen el violín al mes siguiente han perdido soltura y habilidad en la reproducción física de la música. Mi progreso y aprendizaje como escritora fue muy superior en esos tres años de escritura diaria que cuando repartí en diferentes días o semanas tareas de corrección, planificación, escritura, etc.

    Esa es mi experiencia actual. Tal vez dentro de un año te diga otra cosa. Es lo chulo de esto, que vamos aprendiendo sobre la marcha. Por ahora, todas las mañanas pongo algo sobre el papel, sea lo que sea.

    1. ¡Muchas gracias! Sí, a mí me pasa igual. Tengo cuatro novelas terminadas en diferentes estadios de revisión. Después de unos tres años dedicado de forma más o menos íntegra a la escritura jamás he enviado una novela a una editorial o a un concurso. Por eso mi único “propósito” real de este 2017 es acabar tres de cuatro (me quedo con un comodín) y enviarlas de una maldita vez a las fauces de los editores y de los buzones de spam. Y creo que eso me obliga a escribir menos, porque no hay tiempo para todo.
      Lo cierto es que no sé cómo me voy a organizar. Después de este mes tirándome de los pelos estoy reescribiendo uno de los manuscritos y creo que para finales de marzo podré enviárselo a la correctora. Luego ya veremos si vuelvo a intentar meter la rutina de la escritura en alguna parte. Sé que sería lo ideal, pero me resulta difícil. Escribir veinte minutos y acto seguido editar otra cosa distinta durante cuarenta se me hace raro.
      No sé, igual pruebo, porque la verdad es que lo echo de menos.

  2. Vaya pasada de artículo. Me siento muy identificado con todo lo que dices. En mi caso, como por motivos laborales/familiares no puedo permitirme escribir 2 horas diarias, he descartado por completo la idea de marcarme retos mesurables (como palabras escritas diarias). Pero como bien dices, no me preocupa en exceso. Cuando no escribo en mi manuscrito, estoy pensando en las escenas que me quedan por escribir, o en las que ya están escritas y pueden mejorar, o en hipotéticas futuras historias, o, por qué no, navegar por Internet y descubrir artículos como este (vale, esto no es escribir, pero ayuda a preparar tu mente para ese momento). Ah, y se me olvidaba la más importante de todas, que creo que no has mencionado en tu texto: “leer también es escribir”.

    Un saludo, Victor. Lo compartiré en las redes sociales con mucho gusto.

    1. Muchas gracias, Luis. Tienes toda la razón: leer también es escribir. Mi impresión es que los escritores más productivos (que no necesariamente los que escriben mejores libros) son los que más planifican, los que descubren la historia que quieren contar antes de ponerse a teclear como locos. Por eso, si hay poco tiempo, yo creo que lo ideal es planificar y pensarlo todo mucho para luego poder aprovechar los espacios de escritura al máximo.
      Un abrazo.

  3. Creo que efectivamente, el conteo de palabras es una tiranía que a veces puede llegar a ser contraproducente, porque nos aparta de las fases iniciales de planificación y nos arroja al papel, y si encuentras nudos argumentales que no sabes cómo resolver, puede suponer un muro psicológico de mucho desgaste. Creo que si estás trabajando en un manuscrito de cierta envergadura, es mejor plantearse un modelo de “minutos” que te garantice que puedes cumplirlo, y entender que la escritura de palabras es una parte, no el todo. No hay que sentir que si no estás escribiendo palabras una detrás de otra, no estás avanzando.

    He pasado cerca de tres años y medio con un manuscrito de unas 450-500 páginas (135000 palabras, más o menos, ya escupido a un buen número de agencias y editoriales), y durante ese trayecto he atravesado temporadas en las que no he escrito una palabra y otras en las que escribía de 20 a 30 horas a la semana (con sus correspondientes discusiones de pareja), compaginadas con una jornada de 40 horas. He sacado varias conclusiones:

    – Acabar el borrador es la prioridad número 1. Y si eres como yo, que no planificas (cosa que tengo planeado cambiar, al menos en lo que es la estructura principal), es muy probable que llegues a nudos argumentales que te lleve un tiempo resolver o que requieran que des pasos atrás. Vas a tener que lidiar con eso: salir del texto y volver a entrar. Y aunque a algunas personas las soluciones les aparecen de repente, yo necesito pensar en ello.

    – El borrador no se acaba cuando llegas a X palabras, sino cuando la historia se termina. Contar palabras está bien, mientras utilices el dato como un medio o una herramienta, no como un fin. La obsesión por escribir 500 o 1000 palabras al día puede llevarte a descripciones innecesarias o divagaciones, que luego vas a tener que amputar del texto (que aunque puedes no obstante reutilizar en otros textos o en el blog, es tiempo y concentración que le estás robando al manuscrito). Hay que saber identificar cuándo estás “rellenando” por no tener sentimiento de culpa al acabar la sesión, y cuándo estás escribiendo.

    – Siempre según mi experiencia, escribir a diario mejora tu nivel de escritura, pero revisar lo multiplica. Es una tarea mucho más agotadora, pero te obliga a refinar (y odiar) lo que ya has escrito una y otra vez. Para mí, revisar es casi más escribir que la propia escritura.

    – Quizá durante la escritura del borrador tengas que escapar del texto un tiempo para encontrar un camino, pero se debe intentar “atomizar” los ciclos de revisión. Es decir: una vez que comiences, no pares hasta que revises todo el texto. El agotamiento que produce hace que te sientas tentado a abandonar, pero solo al llegar al final de cada ciclo puedes decidir si haces uno más o das el texto por cerrado. Esto es más importante si cabe si en mitad de un ciclo se te ocurre cambiar algún elemento como la forma verbal, ubicación física, edad de los personajes, narrador, etc. Acabar un ciclo de revisión debe garantizar que al acabar el resultado es coherente (que no significa óptimo, siempre según el punto de vista del autor).

    – El camino hacia la versión final de tu texto está plagado de trampas y tentaciones y excusas que hay que evitar. Y cuanto más te cueste avanzar, más esfuerzo requiere resistirse. Probar X herramientas para organizar tus notas o capítulos está bien, pero probarlas todas quizá lo hagas para no sentarte a escribir/revisar. Lo mismo con los blogs. Dedicar un pequeño tiempo a leer algún blog permite airearte, pero si le dedicas la mitad del tiempo que tienes para escribir, hay que estudiarlo. También la inmediatez y el alimento al ego que proporcionan los blogs y las redes sociales son trampas. Sentarse en la soledad de tu escritorio a escribir sin que nadie te vea ni tengas un resultado garantizado es duro, cuando sabes que puedes escribir un relato corto y que (al menos) tus amigos y familiares te digan lo que les ha gustado. Con leer (libros) pasa algo parecido a lo de los blogs. Es bueno dedicarle tiempo, pero sin perder de vista tu objetivo principal.

    Opino que todo se resume en la manida procrastinación. Si estás metido hasta el cuello en un manuscrito, escribe y revisa una y otra vez hasta que decidas que está acabado (o que no tienes fuerzas para otra revisión). La siguiente novela puede esperar, y la inmersión en tu texto te proporcionará más ventajas en tu nivel de escritura que dejar ese texto a medio revisar y ponerte con otro.

    Evidentemente, estas lecciones cambian si se trata de una novela de 500 páginas, una novela corta o un relato, pero en mi caso, he de admitir que después de unos 15 años escribiendo relatos cortos, de manera más o menos constante, las fases de revisión intensa e ininterrumpida que he atravesado son las que, con diferencia, más han mejorado mi estilo.

    1. Buenas, Manuel. Muchas gracias por tu extenso comentario. Coincido contigo básicamente en todo, y solo quiero enfatizar la importancia de la planificación. Sé que no es imprescindible, sé que no a todo el mundo le gusta. En mi experiencia, sin embargo, cada vez que planifico la productividad se multiplica por dos. Aparte de eso tienes razón en que no hay atajos. Dejar un texto preparado para publicación lleva mucho tiempo y mucho esfuerzo, y no es un proceso lineal: se dan pasos en falso, se vuelve atrás, se revisa, se reescribe…

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