Raymond Carver fue Gordon Lish y los Sex Pistols nunca estuvieron allí

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 “Decidimos que necesitábamos maniquíes para exhibir nuestra ropa, y entonces fue cuando nos inventamos a los Sex Pistols”.

Malcolm McLaren[1]

Los Sex Pistols no son los Sex Pistols. Los Sex Pistols son en realidad su mánager, Malcolm McLaren.  Algo que parecía auténtico, que sacudió a una generación con la potencia de un tsunami, fue en realidad un movimiento más falso que la sonrisa de un muerto. McLaren cogió a unos tipos para que cantaran sobre el caos total y la anarquía, con el objetivo de vender camisetas con esvásticas y collares de perro. “Anarchy for the UK is coming, sometime, maybe”, cantaba Johnny Rotten, y a finales de siglo McLaren se presentaba a la alcaldía de Londres.

Hay muchas cosas que damos por sentado, que no nos cuestionamos siquiera. Y es que, si quieres seguir teniendo héroes, es mejor que jamás te asomes al backstage

En el mundo de la literatura también tenemos nuestros ídolos caídos. Por ejemplo, Charles Bukowski no se parecía tanto a su alter ego Henry Chinaski como quiso dar a entender: Mantuvo el mismo puesto de trabajo en la oficina de correos durante una década, y cuando recibió la herencia de su padre la guardó con mucho celo durante años, en vez de desperdiciarla en alcohol, mujeres y carreras de caballos. No pasa nada –qué más dan los elementos extraliterarios, lo que importa es la obra-, pero a algunos se les cae el mito; el personaje pierde parte de su fuerza. Es como desenmascarar a un superhéroe: El equivalente literario es verle la cara a Thomas Pynchon o que J. D. Salinger te invite a su casa a tomar el té.

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Izquierda, Johnny Rotten (fuente). Derecha, Thomas Pynchon (fuente).

También hay casos más graves, genios literarios que han manchado su nombre con las acusaciones de plagio. Aquí podemos citar a personajes tan ilustres como Valle Inclán, Neruda y, por supuesto, Camilo José Cela. El Nobel de literatura fue acusado de copiar la obra de una autora novel, que presentó al mismo concurso que Cela ganó. Si un Nobel necesita copiar a un novel, entonces es que todavía hay esperanza para los noveles. Algo más tarde, a otros “genios” se les ha empezado a llenar la boca con la idea de la intertextualidad. “No es un plagio, es un homenaje” dijeron algunos cuyo nombre no voy a mentar.

Pero bueno, esta entrada no va de plagiar, sino de adulterar. De coger una cosa y convertirla en otra cosa distinta, y de este modo cambiar nuestra percepción de ella para siempre. Yo ya no puedo pensar igual de los Sex Pistols ni de Raymond Carver, que ya iba siendo hora de que apareciera en esta historia.

Raymond Carver es el mejor escritor de relatos cortos de la segunda mitad del siglo XX. No lo digo yo, lo dice gente que sabe más que yo. A mí me gusta mucho Carver, pero soy demasiado ignorante para permitirme ser tan taxativo. Baste decir que lo considero muy bueno, quizá uno de los mejores.

El editor de Carver era un tipo llamado Gordon Lish. En una de sus frases más memorables, Lish aconsejó a Carver que siempre usara cinco palabras para decir algo en vez de quince. Es un buen consejo. Pero después, Lish cortó otras dos palabras de cada cinco que Carver escribió. Bajo estas premisas resulta casi imposible no convertirse en un escritor minimalista, que es lo que caracteriza el estilo de Carver hoy día. La cosa es grave, porque lo más identificativo de Raymond Carver son, precisamente, las modificaciones que introdujo Lish.

 En Julio de 1980, Carver escribió una carta a Lish suplicándole que parara el proceso de publicación de De qué hablamos cuando hablamos de amor. El escritor se había pasado la noche leyendo las revisiones de su editor y se había dado cuenta de que la cantidad de cambios era excesiva: 

“Lish había reducido la extensión del libro en más de un 50%; tres de las historias eran, por lo menos, un 70% más cortas. También le había cambiado el título a diez de los relatos, y había reescrito el final de catorce de ellos”.[2]

Lish ignoró las súplicas de Carver y publicó el libro de todos modos. El resto es historia. 

Que el escritor aceptase estas correcciones en su momento es, a día de hoy, algo discutido y en realidad irrelevante. Lo que resulta cuestionable aquí es si De qué hablamos cuando hablamos de amor es una obra de Raymond Carver o una de Gordon Lish, o es quizá una obra conjunta, o tal vez sea mejor considerar que no es de nadie, que es de todos, que es parte de nuestro acervo cultural y no darle más vuelta.

Pero la cosa empeora. Años después, Carver publicaría una nueva edición de De qué hablamos cuando hablamos de amor bajo el título de Los principiantes, donde recopilaba las versiones originales de sus relatos. El resultado, en palabras de Giles Harvey, es “el doble de largo que el original (202 páginas en vez de 103) y la mitad de interesante. (…) El texto de Carver es denso y melodramático, y está cargado de sentimentalismos”.[3]

Sin embargo, no todo el mundo opina de este modo. Uno de ellos es el escritor de terror Stephen King. En un artículo del New York Times, King arremete contra Lish. Por ejemplo, del relato “Algo pequeño y bueno” dice que “tiene una satisfactoria simetría de la cual la versión recortada de Lish carece, pero tiene algo más importante: tiene corazón”. King considera que el trabajo de Lish fue pernicioso, y que el editor se aprovechó del autor en un momento en el que éste se encontraba en pleno proceso de rehabilitación por su alcoholismo.[4]

Stephen King puede tener razón, pero hay algo indudable: Raymond Carver no fue quien fue por Los principiantes, sino por De qué hablamos cuando hablamos de amor. Y ese libro en particular se lo debemos a Lish tanto o más que a Carver.

Hoy tenemos los dos libros a nuestro alcance, así que quizá los lectores hemos ganado, porque no hemos perdido nada. Bueno, salvo a los ídolos. Los Sex Pistols no son el punk, y las historias son historias las firme quien las firme. Pero yo cada día lo tengo más claro:

Si quieres seguir teniendo héroes, jamás te asomes al backstage.

 

[1] http://www.telegraph.co.uk/culture/3668263/Malcolm-McLaren-Punk-it-made-my-day.html

[2] http://www.nybooks.com/articles/archives/2010/may/27/two-raymond-carvers/

[3] http://www.nybooks.com/articles/archives/2010/may/27/two-raymond-carvers/

[4] http://threeguysonebook.com/stephen-king-apes-raymond-carver-like-we-need-that/

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5 comentarios

  1. Interesantísimo artículo. El propio Stephen King, en su On writing, dice que, después de acabar el primer borrador hay que eliminar un 10% de lo que se ha escritor. Pero, ¡caray!, las cifras que das sobre De qué hablamos cuando hablamos de amor son mucho más que llamativas.

    Visto el asunto, tal y como lo planteas, verdaderamente es para preguntarse de quién son las obras, si de Carver o de su editor. Creo que la tarea del editor es fundamental y en la mayoría de las ocasiones mejora la obra del autor. Aunque una cosa es mejorarla y otra totalmente distinta, cambiarla hasta ese extremo.

    En cualquier caso, como muy bien dices, lo mejor es que ahora tenemos dos obras a nuestra disposición y la posibilidad de comparar.

    Eso sí, como medida preventiva, está bien el consejo que das: Si quieres seguir teniendo héroes, jamás te asomes al "backstage". A veces una simple mirada detrás del escenario te rompe todos los esquemas y lo que era maravilloso acaba por convertirse en simple vulgaridad.

    Felicidades por el artículo. Me ha gustado mucho.

    Ana.

  2. Hola Ana, muchas gracias. La labor de los editores es importantísima y, desde luego, muchas veces va más allá de decidir si la obra se publica en su colección o de encargar una simple corrección ortotipográfica: Un editor puede sugerir cambios en el argumento, el título o el final de un libro. Pero ¿Qué pasa si un editor cambia tantas cosas que la obra original se vuelve irreconocible y la voz del autor se pierde por completo? En este sentido, es muy interesante la paradoja de Teseo: Un barco en el que han ido reemplazando poco a poco todas las piezas hasta que ya no queda ninguna del barco original ¿es el mismo barco o es otro distinto? Y lo que me planteaba yo en el artículo ¿tiene esto la menor importancia?
    En fin, al final los mitos se nos acaban cayendo, ya sean estrellas de rock o sean escritores. Todo esto no quita que Carver fuera un escritor magnífico. Simplemente, no era el escritor que yo pensaba que era.
    Me alegro de que te haya gustado el artículo. Un abrazo.

  3. Estoy con Ana en que tu artículo es muy interesante, y que, además, plantea una difícil disyuntiva: ¿Es mejor saber o no saber algo/todo/nada de nuestros héroes? Quizás, y hablo por mí, en el fondo uno desea ser engañado. Aún no lo tengo del todo claro. Y mientras lo averiguo -o no- continúo disfrutando de su arte. Un saludo, Víctor.

  4. Hola Pedro, gracias por comentar.

    Me pasa como a ti. A mí también me gusta el misticismo que desprenden algunos escritores, aunque sea un engaño. Me gustan como personajes públicos, sus excentricidades, sus métodos de trabajo, sus rutinas… Es una manía como otra cualquiera.

    Pero al fin y al cabo lo realmente importante es lo que dices tú, poder disfrutar de sus historias.
    Un abrazo.

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