Supongo que empecé a escribir mis primeras historias cuando tenía seis o siete años. Al principio eran cosas más simples, pero con el tiempo se transformaron en miles y miles de palabras, mundos imaginarios que requerían de mapas y de listas de reyes y de teologías y sistemas de magia complejísimos, y docenas de personajes y sagas familiares y batallas […]
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