En una ocasión leí que Kafka había dispuesto dos clavos atravesando la madera de su escritorio. Si el checo se emocionaba en exceso durante el proceso de escritura diario y empezaba a mover las piernas, las puntas se le clavaban en las rodillas. También se cuenta una historia sobre John Cheever (hablé un poco de él aquí), una anécdota que […]
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