La cinética del terror: Siete consejos para que el miedo fluya hasta el lector

La cinética del terror

 

jalagunaedrosoInauguramos la nueva página con un invitado excepcional: Juan Ángel Laguna Edroso, escritor, editor de Saco de Huesos, y presidente de Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror. En este artículo, Juan nos ofrece siete consejos para lograr mantener el ritmo en un relato o novela de terror.

 

Por sus particularidades, el género de terror es especialmente exigente con el ritmo. Si la narración avanza demasiado deprisa, corremos el riesgo de que el lector no conecte con lo que está sucediendo; si por el contrario se vuelve en exceso morosa, perderemos la tensión construida. Esto resulta de crucial importancia cuando hemos llegado a la escena clave, a la catarsis, a ese momento en el que las fuerzas sobrenaturales actúan, el psicópata baja el hacha o la puerta del fondo del pasillo se abre por fin.

Si bien el género de terror no reposa propiamente sobre la acción, a diferencia de otros como el de aventuras, el bélico o incluso la espada y brujería, y quizás precisamente por ello, muchos autores se atragantan en esas escenas claves que, en sí mismas, sí dependen en buena medida de la acción: aunque se haya conseguido crear la atmósfera adecuada, perfilar los personajes necesarios y haber llevado al lector al punto de tensión ideal, nos podemos cargar de un plumazo todo lo conseguido si dicha escena no fluye. Si no conseguimos lo que yo llamo una buena cinética del terror.

Aquí van siete consejos o reflexiones que quizás sean de ayuda para los escritores noveles. Como todos los consejos en literatura, hay que cogerlos con pinzas.

1. Mantén el foco. Durante el momento espeluznante el lector tiene que tener la atención centrada justo en lo que desees. Esto no tiene por qué ser el punto sangriento; quizás convenga más que solo vea, por ejemplo, la cortina de la ducha mientras apuñalan a la víctima, o los ojos del niño mientras este hunde las tijeras en su estómago. Lo único que no puedes permitirte es que el lector se fije en algo irrelevante. Si en ese momento das importancia a los visillos de la ventana (si tan siquiera los mentas) tiene que haber un motivo: emocional, narrativo, lo que sea.

2. Atento al ritmo. Por regla general, conviene una aceleración en el momento clave porque, por instinto, lo relacionamos con más tensión. No obstante, puedes jugar precisamente a lo contrario. Ten en cuenta que si, por ejemplo, optas por mantener un ritmo uniforme para dejar perplejo al lector, tendrás que sujetarlo con otros elementos: las descripciones, el comportamiento de los personajes, el propio vocabulario. No olvides que el ritmo de lectura lo determinan principalmente los signos de puntuación (comas, puntos, puntos suspensivos), la estructura (longitud de las frases, posición del verbo, subordinadas) y la propia elección de las palabras (cuán comunes son, su fonética).

3. Encaja las piezas. La intensidad emocional de una escena de terror depende también de la información que se revela al lector. Es un buen momento para que descubra quién es el fantasma, por qué van a asesinarlo, cómo se mantenía viva la ancianita o cualquier otro aspecto clave de la historia. Al mismo tiempo, hay que andarse con ojo con las acrobacias: si el lector tiene que detenerse a digerir la información, el efecto escalofriante perderá fuerza. Es más conveniente encajar solo algunas piezas sin perder pie que intentar montar un puzle completo y que el lector salga de la escena. El propio encaje de piezas se puede desplazar al preludio de la escena espeluznante, lo que puede ayudar a crear un crescendo; moverlo al epílogo es más propio de las historias policiacas, en las que supone una bajada de tensión que se identifica con la satisfacción de haber resuelto el caso, pero no hay por qué descartarlo: un cierre en falso puede ser una buena oportunidad de conseguir un golpe de efecto.

4. Dinámica ping – pong. En una escena clave no nos interesa saber todo lo que ocurre. Imaginemos un apuñalamiento. Hay una tendencia generalizada a contar todo lo que ocurre, a dar turnos de acción a los personajes: el asesino hace esto, la víctima responde, el asesino contraataca, la víctima devuelve, etc. Es un acercamiento visual y cartesiano que se suele cargar la tensión. En narrativa escrita, el autor debe tener en cuenta que lo importante no es lo que ocurre, sino lo que suscita lo que está ocurriendo. No necesitamos saber si el cuchillo se clava en la mesita de al lado de la cama de IKEA a dos centímetros de los ojos de la víctima que se acaba de despertar porque tenía mucho trabajo. NO. Necesitamos sentir el espanto de ver un cuchillo clavarse frente a ti cuando todavía estás medio dormido. No estamos reconstruyendo la escena del crimen: estamos transportando al lector en primera persona a dicha escena, estamos intentando que protagonice él ese momento horrible.

5. Detalles vs emociones. Como punto de partida, el género de terror es visceral (no necesariamente gore, pero sí visceral). Por lo tanto, los detalles técnicos suelen lastrar la narración: de qué aleación es el cuchillo del asesino, cuánto mide (él o el cuchillo), los pasos que corren antes de caer, si el callejón gira a la izquierda o a la derecha, etc. Lo importante es la emoción. Sin embargo, no caigamos en el simplismo: llegar a la emoción no implica decir que la víctima tiene miedo, o que suda, o que tiembla. Hay que hacerlo palpable. Y, paradójicamente, esto se puede conseguir incluso poniéndose muy técnico. Un disección fría puede resultar más eficaz que treinta exclamaciones. Todo depende del tono que se quiera conseguir.

6. La prosa. Aunque este es un aspecto fundamental en cualquier momento de una narración, deviene crítico en las escenas clave. Las repeticiones de palabras o el abuso de sinónimos para evitar repeticiones, el vocabulario rebuscado, las cacofonías (ojo a los -mente), el abuso de tópicos o de emociones explicadas pero no sentidas (tembló, escalofrío, gritó, exclamaciones, etc.), pueden cargarse toda la magia. Si no quieres que el terror se tropiece en el peor momento, quítale obstáculos: mantén la prosa sencilla, precisa, eficaz. Ve incorporando las acrobacias a medida que ganes experiencia. Pregunta a lectores sinceros cómo ven ese conejo con motosierra sacado de una chistera.

7. La duración sí que cuenta. Aunque suene muy prosaico y nos haga pensar en literatura al kilo, el volumen de palabras es relevante por el simple motivo de que marcan el tiempo que le cuesta al lector incorporar esa información: es el rato que va a permanecer en la escena. Por eso, vigila las proporciones con el resto del texto. ¿Cuánto has dedicado a preparar la escena? ¿Cuánto a desarrollarla? ¿Cuánto a rematarla? No hay unas proporciones mágicas, pero sí cosas a tener en cuenta. Si rematas tu escena espeluznante en dos líneas después de cien páginas de desarrollo más te vale que cada letra esté en su sitio para que el lector capte todo a la primera. Si por el contrario tu escena clave es más larga que la preparación, plantéate qué carne estás poniendo en el asador para que la cosa funcione. ¿Estás manteniendo una tensión constante o subiendo el volumen con cada línea? ¿Hasta dónde aguantará el lector?

Como ya decía al principio del artículo, todos estos consejos y reflexiones hay que tomarlos con pinzas. Al final, lo que cuenta es que el narrador sea fiel a sí mismo y al estilo que quiera abordar, pero sobre todo consciente de sí mismo y de su estilo, porque esa fidelidad tiene que extenderse a la narración en concreto que tiene entre las manos.

Juan Ángel Laguna Edroso
Editor de Saco de huesos

 

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2 comentarios

  1. Hola, Víctor!
    En primer lugar te tengo que decir que me encanta el nuevo aspecto del blog, un acierto!
    Sobre el artículo muy buenos consejos. El terror es uno de los géneros más difíciles de llevar y hay que tener una mano muy firme para mantener la tensión en todo momento, mucho más durante esas escenas clave.
    Hay algo muy importante y que ya dice el señor King, amo y señor del terror, los adverbios (esos “-mente”) son las baldosas que conducen al infierno. Hay que luchar contra el mal del adverbio, por desgracia los que venimos de la escritura académica tenemos adverbitis y eso hay que hacérselo mirar.
    Yo soy de emociones, me gustan las descripciones y es algo que se me da bien, para el terror una descripción correcta (sin pasarnos con los detalles) puede ser mejor que un buen susto, la atmósfera en el terror es muy poderosa, así se demuestra en Phantasmas de Peter Straub o en House on Haunted Hill de Shirley Jackson, el ambiente nos puede producir tanto terror como la garra desgarrando las entrañas. Me gusta crear estados de ánimo y me encanta reflejar esos estados de ánimo en las descripciones y en los paisajes.
    Un gran artículo, monstruos!
    Un saludo!

    1. ¡Hola Jaume! Muchas gracias. Ya tocaba un cambio, y estoy satisfecho con el resultado. La página está operativa, que ya es bastante. Poco a poco la iré personalizando algo más. En cuanto al artículo, una de las cosas más interesantes que dice Juan, y que tú también comentas, es precisamente la importancia de las palabras para marcar el ritmo. Al fin y al cabo es lo único que tenemos los escritores. La atmósfera, como bien dices, es crucial en el terror, y una elección desacertada en un momento crítico puede dar al traste con todo el trabajo previo.

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