Cinco razones por las que los relatos te convierten en mejor escritor

Lectores Aéreos

Siempre me ha gustado escuchar a los escritores cuando hablan de sus libros y, en particular, del proceso de creación. Me encanta leer novelas que incluyen apuntes sobre por qué el autor decidió tratar ese tema en particular o cuáles fueron las circunstancias de su concepción.

Toda obra literaria es una lucha constante. El intento de transformar las ideas en palabras, de dominar conceptos tan abstractos como el estilo o la estructura, de intentar ser económico y a la vez resultar lírico y… bueno, supongo que lo que quiero decir es que todo escritor, después de terminar un libro, ha aprendido algo durante el proceso. Cada libro es al mismo tiempo un ejercicio de escritura. Uno de los gordos, vaya, de los que a menudo llevan un año entero de trabajo.

Con esa idea en mente, he decidido dedicar un espacio en la web para que otros autores hablen de sus obras y de lo que han aprendido a través de ellas. Son artículos sobre técnicas literarias, sí, pero con el añadido especial de que gracias a ellas aprendieron algo por el camino y llevaron su proyecto a buen término, y ahora las comparten con nosotros.

Esta nueva sección se llama Post Scríptum.

He querido empezar a lo grande, así que le propuse mi idea a Gabriella Campbell, y supongo que tuve la suerte de pillarla en una fase de locura transitoria, porque me dijo que sí. Al contrario que Gabriella, yo soy feliz leyéndome una docena de relatos de una tacada o de dos, sobre todo si son buenos. Eso fue lo que me pasó con su antología, Lectores Aéreos. Y, aunque hace ya tiempo que dejé de hacer reseñas, nunca dejaré de recomendar aquellos libros con los que he disfrutado. Este es, sin lugar a dudas, uno de ellos.

Os dejo con Gabriella.

Gabriella-Campbell

Gabriella Campbell es licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y durante siete años fue directora de la extinta editorial Parnaso. Es autora de dos libros de poesía (Happy Pills, junto con Víctor Miguel Gallardo [Ediciones Efímeras], y El árbol del dolor [Alea Blanca]), y ganadora del premio Ignotus de poesía de los años 2006 y 2008. Más recientemente ha publicado una novela juvenil (El fin de los sueños, con José Antonio Cotrina [Plataforma Neo]) y el libro de relatos del que hablará hoy. Gabriella Literaria, su blog de escritora, es uno de los más populares del sector.

 

Algunos lectores huyen del relato.

No hay que investigar mucho para ver que la novela es el género rey, por lo menos en ficción. El relato, por lo general, se contenta con ser su hermano menor, aquel renacuajo al que no se le hace demasiado caso pero que, por lo menos, no está tan dejado de lado como la oveja negra de la familia: la poesía.

Es algo que entiendo bien. Por lo general suelo preferir meterme de lleno en una buena novela que agarrar un libro de relatos, pero quiero insistir en el hecho de que un libro de relatos puede cumplir funciones muy distintas. El relato puede leerse rápido, del tirón, por lo que es ideal para ratos más cortos: transporte público, esperas en el médico, paradas para repostar combustible en transbordadores espaciales… lo normal del día a día.

Por su extensión, el relato suele tener una exigencia emocional y de concentración que el lector no siempre está dispuesto a realizar. Al terminar un relato, el lector cierra una historia, y tarda un tiempo en cambiar la perspectiva, en volver a meterse en una narración diferente. Por esto da pereza leer varios relatos seguidos. Me gusta leer relatos por separado, nunca de una sentada; encuentro que se me indigestan. Me gusta darles vueltas en mi cabeza, que tengan su tiempo de reposo.

Así que, como digo, no creo que haya preferencias lógicas por relato o novela. Creo que simplemente no sabemos utilizarlos, no sabemos cuáles son los momentos para cada cosa. Si vas a tirarte horas leyendo, una novela es ideal. Pero si vas a leer diez minutos antes de dormir o andas buscando una gasolinera entre Marte y Júpiter, está claro que el relato es para ti.

Pero no solo es para ti lector, en esos momentos específicos. También es para ti, escritor, o eso me ha parecido entender, después de la experiencia de escribir mi propio compendio, Lectores aéreos.

¿Qué podemos aprender los que escribimos de la experiencia de crear relatos?

 

1. El relato fomenta la disciplina

 

Escribí hace poco en mi blog un artículo sobre los 1095 días que he estado escribiendo a diario, a raíz de un reto que me propuse hace tres años. Empecé desafiándome a escribir 30 días seguidos y esos 30 se convirtieron en 60, y así hasta hoy. Una de las cosas que más me ha ayudado a alcanzar esta meta ha sido escribir relato.

Viajo mucho por trabajo y por amor. Por trabajo, porque siempre hay que estar en algún lado para conocer a compañeros del sector, para enterarse de las últimas novedades, para presentar libros y todo lo demás. Por amor, porque mi pareja vive lejos. Así que estoy muy acostumbrada a viajes en tren (¡bien!), viajes en avión (algún día hablaré de mi relación, muy poco tierna, con los vuelos low cost) y en autobús (nunca olvidaré los viajes de 14 horas, ni a aquella señora que vomitó delante de mí justo al inicio del trayecto Fuengirola-Vitoria).

Cuando te pasas el día corriendo, volando y deambulando de aquí para allá, no hay tiempo para sentarse a escribir con tu tacita de té, tu ordenador de siempre y tu gato hecho un ovillo junto al radiador. Escribes donde sea y como sea. Y es difícil escribir a mano, en un autobús renqueante, con toda la documentación desordenada en tu regazo mientras intentas acordarte de qué iba tu novela. No hablemos ya de la concentración necesaria para una sesión de escritura en narrativa larga.

Así que el relato se convirtió en mi compañero de viaje. También me ha servido para escribir en las casas de los amigos con los que me alojaba, en hoteles bonitos y hostales de mala muerte.

Con el relato no hay excusa. Escribes, donde sea y como sea, y poco a poco las palabras van sumando.

 

2. El relato acaba con la indecisión

 

Tengo demasiadas ideas. ¿Os pasa a vosotros también? Las voy apuntando en una libreta. Hay rachas en las que no se me ocurre nada y puedo recurrir a esa libreta. Y cuando empiezo un relato siempre me digo: ¿con qué idea empiezo?

Pero eso es lo bueno del relato. Lo peor que te puede pasar es que escribas 3000 palabras de una idea que no vaya a ninguna parte. Puedes coger cualquiera de tus ideas sabiendo que no vas a dedicar años de tu vida a documentarte, anotar cronologías, crear fichas de personajes y todo lo demás. Porque es un relato, un cuento, un texto reducido. No existe la resistencia a sentarse y pelear con la página en blanco, porque sabes que puedes poner cualquier cosa y como mucho habrás perdido unos días antes de darte cuenta de que tu idea no sirve o que no sabes manejarla. Y lo gracioso es que eso rara vez ocurre. El relato te da tal libertad que la creatividad se dispara. No estás limitado por tantísimos puntos de coherencia como la novela (en la que tienes que recordar tantos datos de lo que has creado, para no meter la pata), y eso hace que tu escritura te lleve a sitios que desconocías. Porque…

 

3. El relato te permite experimentar

 

Así es. ¿Quieres escribir sobre monstruos tentaculares venidos de la Atlántida para seducir y robar a nuestra población femenina? Puedes. ¡Qué más da! Igual nunca lo lee nadie. Fue una semana que escribiste como loco/a, te divertiste y a otra cosa, mariposa.

Yo quería escribir sobre una nave espacial que iba de planeta en planeta enseñando animales mitológicos como si fuera un circo; quería escribir sobre una historia de amor horrible basada en el plagio de un libro; quería escribir sobre una casa con sentimientos; quería escribir sobre un mundo donde todo empezase a cambiar de manera tan imperceptible que, para cuando alguien empezase a darse cuenta, ya sería demasiado tarde. Quería escribir sobre dos mujeres que se conocían de una vida anterior y que estaban condenadas a repetir la misma historia de abuso y maltrato. A la vez, quería que la prosa significara algo: que sirviera al texto en vez de distraer al lector, pero que a la vez reprodujera la música que sonaba en mi cabeza (es por esto, tal vez, por lo que escribo sin música, para escuchar mejor la que tengo marcando ritmos en mi cerebro).

Los relatos son perfectos para encontrar tu voz. En mi caso, Lectores aéreos fue una búsqueda de esencia, un baile entre relatos más antiguos y más recientes, remodelando y reescribiendo siempre, intentando adaptarme a todo lo que descubría sobre mí misma y sobre diferentes formas de escribir.

Algunos lectores me han dicho que muchos de los relatos de Lectores aéreos podrían convertirse en novelas. Todas eran ideas que yo quería explorar, pero no me imagino haber escrito más de diez novelas completas, ¡no me daría tiempo! Los relatos han sido un modo perfecto de ver qué ideas me transformaban, qué estilos me gustaban. Mucho de ello lo he aplicado luego a mi trabajo en novela, pero necesitaba esos relatos para entenderme mejor como escritora.

 

4. El relato mejora tu estilo

 

Como he dicho, los relatos te permiten experimentar con diferentes estilos sin desconcertar demasiado al lector. Pero la relación del relato con el estilo va más allá: estás limitado y las limitaciones pueden ser buenas para el escritor, obligan a afinar el ingenio.

Cuando tienes que contar una historia en un número específico de palabras, cada palabra cuenta muchísimo. No puedes presumir con florituras en un par de párrafos y que el lector lo olvide y te perdone, porque en un espacio reducido ese par de párrafos cuentan mucho. Del mismo modo, tienes menos espacio para demostrarle al lector que también, de vez en cuando, puedes crear ese efecto niebla del que hablaba Umberto Eco, ese aturdimiento hipnótico producido por la forma y por la confusión de fondo, de tiempos y realidades. Eso se obtiene, creo yo, sobre todo en el relato, porque el lector no tiene tiempo de salir a coger aire.

Precisamente porque no quieres que el lector salga a coger aire, porque entonces abandonará el relato, está en tu mano enganchar, tirar de él o ella hacia el fondo, meterlo/a en tu abismo particular. Más que en la novela, tienes que crear un sueño de ficción perfecto, continuo. Si el lector sale de ese sueño en algún momento, si dejas de enganchar, de engatusar, no pensará: «bueno, vale, voy a parar y luego sigo, que aún me quedan 300 páginas», sino que pasará al siguiente cuento o, peor, te dejará tirado junto a las revistas Pronto de su abuela y las guías telefónicas de hace años.

Creo que las dos maneras más eficientes que existen de aprender a enganchar a un lector son escribir entradas de blog y escribir relato. O en ese primer (y segundo y tercer) párrafo lo tienes, o pincha en otro lado y regresa a Facebook.

Y si no lo consigues, si no enganchas, siempre te queda el punto 5, a mi juicio uno de los más importantes.

 

5. El relato te permite reciclar

 

Todos sabemos lo que es tener una novela parada: a la espera del fallo de un concurso, de una respuesta editorial, en manos de lectores cero… Y una novela no se escribe en tres días (ni en un mes, por mucho que te lo juren los más optimistas). Tener novelas inactivas es dinero, posibilidades de publicación y mucho más que no estás recibiendo.

Por suerte, los relatos son mucho más versátiles. Puedes tener un buen manojo de relatos en espera. Si tienes un relato presentado a un concurso y no gana, puedes presentarlo a otro, en un tiempo relativamente corto. Lo mismo ocurre con las antologías (muchas no piden textos inéditos), las publicaciones online, etc.

Puedes avanzar con una novela y seguir cometiendo, capítulo tras capítulo, los mismos errores. Pero, como dijo Bradbury, es imposible escribir 52 relatos malos seguidos. El relato es una práctica fantástica, es un ejercicio de estilo y de fondo, es siempre una experiencia intensiva de aprendizaje.

Y si no me creéis, leed los míos. Pueden gustaros o no gustaros, pero estoy segura de que podréis ver ahí un progreso consciente, un hilo de ideas, una búsqueda constante de juego con el lector.

Hasta tenéis aquí un avance gratuito.

Creedme, son ideales para leer en el eReader, en la tablet o en el móvil.

Pero recordad no usar el móvil en el repostaje de transbordador espacial. He leído por ahí que lo de que los móviles pueden ser peligrosos en las gasolineras no es más que una leyenda urbana, pero si veis carteles, no os arriesguéis. No querréis que os vuelvan a quitar puntos de vuestro carné de piloto.

¿Y no es eso lo que somos todos los que disfrutamos, de una manera u otra, con la literatura?

Pilotos, viajeros.

Lectores aéreos.

Navegantes interestelares.

 

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12 comentarios

  1. El blog de Gabriella es uno de mis imprescindibles y hace ya tiempo que leí su antología de relatos, entre mis favoritos cuento: Y diente por diente, Black Magic Woman, Musa y Lectores aéreos.

    Yo llevo algunos meses escribiendo solo relatos, antes me obligaba a terminar una novela al año que compaginaba con relatos, microrrelatos y poesía. He descubierto que lo que más me conviene ahora para mejorar es centrarme en los relatos precisamente porque con ellos es más sencillo abandonar la zona de confort. Por ejemplo, estas semanas he escrito un relato sobre la mafia en los años 20, un weird, otro basado en leyendas de mi entorno y me dispongo a probar con algo de steampunk. Creo que está siendo una experiencia genial, todo lo que aprenda durante este tiempo podré aplicarlo a proyectos más grandes. Como dice Gabriella es más fácil manejar una idea en un relato que en novela.
    En mi opinión escribir cuentos se parece mucho al trabajo de un arquitecto, si falla una pequeña parte de las estructura se desmorona… También me ha ayudado mucho a controlar mejor el ritmo, aunque sigo pensando que hay algo alquímico en esto.

    En “Zen el arte de escribir” Bradbury ya habla de los beneficios de este tipo de ficción que la mayoría de los lectores consideran menores. Personalmente cada vez soy más aficionada a ellos, yo los devoro en el autobús, en casa, en la piscina… siempre viene bien uno entre novela y novela.
    Me ha encantado la colaboración 🙂

    ¡Abrazos!

    1. Hola Ana. “Musa” me pareció genial y, aunque ahora no recuerdo los nombres, el del karma y el del delfín también me gustaron mucho. Creo que la antología entera está muy equilibrada, sin altibajos de calidad, y además abarca un espectro amplio de temas, pero manteniendo la cohesión. Se nota que Gabriella ha escrito poesía (lo de escribir/leer poesía como “práctica” para la narrativa era otro tema que trataba Bradbury en Zen), porque organizar cuarenta poemas de forma coherente en un poemario es una pesadilla.

      En cuanto a los relatos, a mí me encanta escribirlos. Si fuera por mí, sería lo único que haría. Y también los disfruto como lector, muchas veces más que una novela. Ahora mismo estoy terminando el primer borrador de una novela (solo me quedan unas 10.000 palabras, ¡yey!), y no veo el momento de poner a dormir el manuscrito y centrarme en sacar de mi cabeza media docena de relatos que me atormentan desde que empecé el proyecto.

      Como bien dices, los relatos sirven para experimentar y salir de la zona de confort, y además son un ejercicio de precisión. Me alegro de que te estés aficionando a los cuentos. Dentro de poco seremos legión, ya verás 😉

      Un abrazo.

  2. Buenos días, Víctor y Gabriella. No puedo sino estar de acuerdo con vosotros en casi todo lo que mencionáis en este fantástico artículo. Desde hace algo más de un mes, escribo un relato diario de 700 a 1700 palabras (de momento), y tras más de 40 relatos publicados puedo asegurar que se gana soltura.

    Mi único problema es qué hacer con todas esas ideas que se amontonan en hojas de papel virtuales. Con cada relato, se escinde la idea original en un enorme racimo de, en ocasiones, más de 10 ideas (de las cuales suelo escribir un párrafo corto). Tengo cientos de ellas apuntadas, esperando ser escritas jeje

    Un abrazo a ambos.

    1. Hola Marcos, encantado de verte por aquí. Me temo que no te puedo ayudar con ese problema, porque yo lo sufro igual. Supongo que es mucho mejor tener miles de ideas que no tener ninguna, así que eso de «problema» es un poco relativo :-). Haces bien en apartar todas (o casi todas) esas ideas que se van escindiendo de la principal. Una de las grandes dificultades que yo he tenido durante mucho tiempo es que intentaba encajar toda nueva idea en la historia principal. Eso me acababa sumiendo en la desesperación, en el caos y la entropía.

      Un abrazo.

    2. ¡Hola, Marcos! Yo lo que hago es darle un tiempo de respiro a las ideas, y cuando vuelvo a ellas unos meses más tarde veo enseguida cuáles tienen potencial para desarrollo y cuáles son inútiles o malas. En mi caso el tiempo siempre me da una buena perspectiva de qué sirve y qué no, no sé si te ayudará este apunte.

  3. Hola,
    Gabriella no puede ser más convincente, como siempre. Confieso que (todavía) no leí sus relatos, pero lo haré.
    Me estaba planteando escribir relatos antes de mi tercera novela por eso de mejorar el estilo, experimentar, reciclar, disciplinarme y acabar con las indecisiones, aunque todas estas razones eran nebulosas y ahora, gracias a vuestro fantástico artículo, me quedan claras.
    Creo que apreciamos leer relato cuando tenemos varias lecturas entre manos y reservamos los relatos para momentos de paréntesis. Quizás por eso en los países muy lectores, como Argentina, sí gozan de prestigio.
    Un saludo.

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