Cómo crear un buen antihéroe (2ª parte)

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En la entrada de la semana anterior estudiamos las historias que seguían una estructura clásica de héroe y villano, y hoy vamos a entrar directamente al análisis de la figura del antihéroe.

El viaje del antihéroe

Casi todas las historias que leemos día a día se basan en una premisa muy simple: un protagonista se ve enfrentado a una fuerza antagónica y consigue superarla experimentando una evolución y un proceso de cambio durante el camino. 

Fijaos en cómo se explora esta estructura narrativa en mis entradas sobre el viaje del héroe y el método BS1 de Snyder.

Cuando el escritor aborda una historia con un héroe como protagonista, las diferentes fases canónicas de la estructura narrativa están más o menos claras, pero ¿qué ocurre con el antihéroe?

Bilbo Bolsón y Walter White son dos ejemplos de antihéroe que no podrían ser más dispares entre sí, pero si analizamos sus historias, veremos que ambas tienen más cosas en común de lo que parece a simple vista. Al fin y al cabo, los dos parten de una vida rutinaria (Bolsón Cerrado, familia de clase media/baja), se ven sometidos a un desencadenante (la visita de un mago, el diagnóstico de un cáncer) que los obliga a abandonar su zona de confort (iniciando un viaje, sintetizando droga) y a experimentar un proceso de cambio (Bilbo hacia un héroe y un aventurero, Walter hacia un auténtico villano).

En resumidas cuentas, el camino del antihéroe no se distingue demasiado del viaje del héroe tradicional. Sin embargo, a lo largo de sus respectivas historias, ambos personajes caminan por la cuerda floja, y lo que al final los diferencia de verdad son sus decisiones: Bilbo se dirige hacia la luz, Walter hacia las sombras.

Esta posibilidad de recorrer el viaje en el sentido contrario es una de las prerrogativas del antihéroe. Al fin y al cabo, un antihéroe debe caminar en uno de estos dos sentidos, aunque este camino no siempre nos parezca tan obvio como en los ejemplos anteriores. 

Muchos antihéroes evolucionan y acaban convirtiéndose en héroes de pleno derecho, como Han Solo o el propio Bilbo Bolsón; otros se hunden cada vez más en un oscuro viaje de no-retorno, como Tony Montana. Y otros son impredecibles y sorprenden constantemente al espectador, porque se constituyen en meras fuerzas del caos, la figura de El Loco en el tarot, como Jack Sparrow.

Cada una de las decisiones que toma el antihéroe lo acerca un poco más a una de estas figuras arquetípicas, y es precisamente la ambigüedad del viaje la que nos resulta tan atractiva.

Caracterización

El antihéroe es una definición que recoge bajo su ala a personajes muy dispares: El delincuente que esconde un corazón de oro, el loco quijotesco, el cobarde, el pillo, el moralmente disoluto, el alcohólico, el tahúr, el pirata… incluso el vampiro.

Tendemos a pensar que los antihéroes (salvando quizá a los ya manidos detectives sarcásticos y alcohólicos de la novela negra) son personajes muy originales, pero nada más lejos de la verdad. Todos ellos tienen su reflejo en las historias tradicionales, en los mitos o en la literatura de décadas y siglos pasados.

Nada es tan original como parece. Un ejemplo: Sherlock Holmes, Gregory House y Rustin “Rust” Cohle son tres versiones ligeramente distintas del mismo modelo de antihéroe

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De izqda. a drcha.: Sherlock Holmes, Gregory House (House MD) y Rustin “Rust” Cohle (de True Detective)
 
Por extraño que resulte, a los humanos nos encanta volver a leer la misma historia una y otra vez, queremos algo que sea «igual pero distinto». Y si no os lo creéis, fijaos en todas las características que comparten estos tres personajes: 

¿Auténticos genios en su trabajo? Sí. ¿Adictos a las drogas? Correcto. ¿Limitadas o nulas habilidades sociales? Efectivamente. ¿Desprecio por las capacidades y habilidades humanas? También. Los tres son narcisistas, aman la lógica y desprecian la superchería y la religión. Y, por si fuera poco, los tres tienen un compañero que ejerce como contrapunto (respectivamente: John Watson, James Wilson y Martin Hart), que se emplea para generar un conflicto.

Es posible que los guionistas de House y de True Detective sean más que conscientes de estos paralelismos y hayan sabido sacarles provecho para enriquecer su trabajo. Y, por cierto, ¿habéis visto Mr. Robot? Yo solo llevo un par de capítulos, pero me atrevería a asegurar que bajo la figura de ese hacker adicto a la morfina se esconde otro exponente del antihéroe holmesiano.

Podemos repetir este análisis tantas veces como queramos. ¿No es Breaking Bad en cierto sentido un reflejo del Faustode Goethe, la química un trasunto de la alquimia? ¿No es Jack Sparrow un reflejo del dios nórdico Loki, una manifestación del trickster que tantas veces aparece representado en los mitos?

La mejor forma para aprender a hacer algo es estudiar cómo está hecho. Por tanto, el escritor que quiera comprender el concepto del antihéroe (y tantísimas otras cosas) haría bien en analizar a sus personajes favoritos y tratar de encontrar paralelismos del mismo modo que he hecho yo aquí. 

Otro factor que tienen en común todos estos personajes es que los guionistas han sabido esconder muy bien sus costuras. Cada uno de ellos parece nuevo, totalmente original. Y de hecho, lo es, pues el público lo percibe así. ¿Quién sabe si los propios creadores son conscientes de estar participando de forma tan evidente en la repetición de patrones de nuestro acervo cultural? ¿Quién sabe si, en cambio, todo es una reiteración inconsciente consecuencia de haber crecido escuchando las mismas historias?

En la literatura, que es lo que más nos interesa a nosotros, también tenemos multitud de antihéroes de referencia. Holden Caulfield, el adolescente de El guardián entre el centeno e Ignatius J. Reilly, el protagonista de La conjura de los necios son, quizá, dos de los más famosos.

Por otro lado, el escritor de fantasía Terry Pratchett era un auténtico experto en la creación de antihéroes con los que el lector no tiene ningún complejo en identificarse. Al analizar su obra, uno puede apreciar enseguida que la mayor parte de sus novelas tienen antihéroes como protagonistas. Mort, Teppic, las brujas… todos antihéroes. 

Pero sin duda sus dos mejores exponentes son Rincewind y el Capitán Vimes. Vimes es el Capitán de la Guardia Nocturna de Ankh-Morpork, una parodia del investigador policial, del policía corrupto y del detective alcohólico. Rincewind es un auténtico cobarde y el eterno estudiante universitario. 

El hecho de que estos personajes formen parte de obras humorísticas no es óbice para que el escritor novel no pueda aprender mucho de las asombrosas habilidades de caracterización de Pratchett.

Cómo provocar empatía por un antihéroe

Quizá la característica determinante en cualquier antihéroe es la ambigüedad, y el primero que tiene que entender los límites de la misma es el propio escritor. Así, debe preguntarse: ¿cuál va a ser el viaje que experimentará el antihéroe en mi historia? Y también: ¿cuál es el código moral de mi personaje? 

Porque un antihéroe no es un personaje amoral. De hecho, tiene una moral mucho más compleja que la de un héroe o la de un villano. Como ellos, no está exento de ciertos límites que no está dispuesto a cruzar. La única diferencia es que estos límites no coinciden con los límites aceptados en nuestra sociedad. 

Es precisamente este código moral lo que ofrece al lector un punto de anclaje para identificarse con el antihéroe. 

No hay que perder de vista que el personaje que los cómodos lectores urbanitas de clase media consideran un antihéroe puede ser un héroe de pleno derecho entre la población carcelaria, entre grupos revolucionarios anarquistas o entre sectarios satánicos. Por eso me gusta tanto la definición del héroe de la Wikipedia que ofrecía la semana pasada, porque establece un énfasis en la “cultura de origen”.

¿Te sientes afortunado?
El antihéroe vive al margen de las convenciones sociales mayoritarias pero, como le pasa a cualquiera, cree estar haciendo lo correcto con cada decisión que toma. Vive perpetuamente en el gris. 

¿Es correcto mentir? ¿Y robar? ¿Y matar? Un antihéroe puede contestar “depende” o “sí” a algunas de estas preguntas, o puede reinterpretar las leyes para adaptarlas en su propio beneficio o en el de otros.

El código moral del antihéroe lo lleva con frecuencia a incurrir en contradiccionescuando el escritor lo enfrenta a determinadas situaciones, provocando una lucha interna y, como consecuencia, generando el tan necesario conflicto

Y supongo que la pregunta definitiva que debe hacerse el escritor es «por qué»

¿Por qué el antihéroe hace lo que hace? El escritor debe saber la respuesta. Puede que el lector no esté de acuerdo con las decisiones del antihéroe (y puede haber un largo camino entre lo que hace un antihéroe y lo que haría el propio lector en la misma situación), pero si queremos favorecer la identificación entre lector y personaje, el primero debe, si no justificar, al menos comprender las decisiones de este último.

¿Qué podemos aprender de los antihéroes incluso si no queremos crear uno?

Complejidad. Decía Hemingway que cuando uno escribe debe crear personas, no personajes. Yo no estoy de acuerdo.

Los personajes son abstracciones, representaciones reducidas de rasgos de personas. Son como títeres de madera. Es responsabilidad del escritor utilizar sus habilidades para provocar ante su público la ilusión de que están vivos, pero en realidad todo es consecuencia de una serie de trucos bien ejecutados y juegos de luces para que no se vean los hilos.

La complejidad en la caracterización de un personaje es uno de estos juegos de luces que ocultan los hilos.

Porque las personas somos seres complejos, con ideas ambiguas y a veces contradictorias. Un personaje no puede representar esto fielmente, ya que es una mera simplificación de un ser humano real. Pero por otro lado, una simplificación excesiva convierte al personaje en un estereotipo, o mucho peor, en una caricatura. Y entonces los hilos se descubren y la ilusión  de vida se desvanece.

Mi consejo final es crear personajes complejos cuyas motivaciones resulten comprensibles para el lector. Porque, como adelanté al principio de este artículo, creo que la literatura debe imitar a la vida, y en la vida todos somos antihéroes: Parte héroes. Parte villanos.

* * * * 
 
¿Y vosotros? ¿Habéis creado antihéroes para algunas de vuestras historias? ¿Cuáles son vuestros antihéroes favoritos?

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