Crees que estás leyendo a los maestros, pero no

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Párate un momento a reflexionar sobre tus escritores favoritos.Según la Federación de Gremios de Editores de España, alrededor de la cuarta parte de los libros publicados son traducciones[1] y, de entre ellos, más de la mitad estás traducidos del inglés.[2] Sin duda habrá unos cuantos novelistas españoles o latinoamericanos en tu lista, pero también un buen número de autores extranjeros: franceses, rusos, alemanes y, con toda seguridad, una mayoría de anglosajones.Leemos muchas obras traducidas, es evidente, y hoy me gustaría reflexionar sobre las consecuencias que puede tener —que está teniendo, de hecho—, en una generación de escritores que han crecido y evolucionado tomando como modelo de referencia de estilo estas traducciones.

Porque, a menos que hayas leído a Carver, a Tolstói o a Cèline en su versión original, no puedes saber cómo escriben realmente. A lo más que has tenido acceso es a una aproximación, que en el fondo es una obra distinta.

Y esta es la clave: una buena traducción no es otra cosa que una buena aproximación a la obra original, entre otras muchas traducciones posibles. Pongo el énfasis en la palabra «aproximación».
Como lectores puede ser un sacrificio que estemos dispuestos a hacer, a cambio de leer a los grandes autores con la comodidad e inmediatez que nos proporciona nuestra lengua vernácula.
Como escritores, en cambio, no estoy seguro de que podamos permitírnoslo.
Quizá algunos de vosotros estéis familiarizado con los conceptos de equivalencia formal y de equivalencia dinámica que se utilizan en traducción. Para los que no, el primero haría referencia a la técnica “acercándose más al texto de origen”, y el segundo “acercándose más al lector y a la cultura meta”. La equivalencia formal trata de reproducir el orden de las palabras, la sintaxis, la sonoridad y la fonología; la dinámica intenta crear un texto que no suene forzado en la lengua de destino.[3] 
La equivalencia formal apenas se emplea en traducción de novelas, como es lógico, y tampoco le resultaría demasiado útil como referencia al escritor novel. Cada lengua tiene sus idiosincrasias y sus patrones, y una traducción literal no solo provocaría extrañeza, sino que en muchos casos tampoco sería del todo correcta en castellano. El problema es que la equivalencia dinámica requiere cambios sustanciales en la obra original. ¿Cuántos? Depende de cada traductor y de cada texto. No hay una línea fija que separe ambas técnicas; es una toma de decisiones constante.
En definitiva, que en vez de contemplar un cuadro de El Greco, estás admirando una copia del mismo cuadro elaborada por un estudiante del taller de El Greco.
Creo que es una buena analogía. A través de la copia puedes saber muchas cosas sobre el Greco, sobre su temática, su gama cromática, la composición y el estilo. Pero si quieres analizar El Greco a bajo nivel, al nivel de la pincelada, el cuadro de la “escuela de El Greco” simplemente no sirve. Con la literatura pasa lo mismo.
La frase la has oído mil veces: Para ser un buen escritor, es necesario leer mucho y escribir mucho.  
¿Por qué «escribir mucho»? Porque la práctica hace al maestro. ¿Por qué «leer mucho»? Porque una lectura crítica es necesaria, porque no hay mayor testimonio de maestría literaria que la obra de uno de estos «grandes», y no hay mejor motor para el escritor diletante que ese momento en el que levantas la vista de la última página y piensas: «yo querría haber escrito esto». 
No se puede traducir una obra sin cambiarla, y el resultado puede ser magnífico… cuando se traduce bien. Pero incluso una traducción maravillosa puede resultarnos insuficiente y equívoca a la hora de analizar el estilo de un autor determinado.

Hace un tiempo, publiqué un artículo bajo el provocador título: «Cómo escribir como Poe»; ahora vuelvo a él para darle otra vuelta de tuerca. Yo, como tantos otros, me acerqué a Poe durante mi adolescencia a través de esa fabulosa traducción que llevó a cabo Julio Cortázar en la década de los cincuenta, y esa lectura causó en mí una honda impresión, hasta el punto de considerar a Poe como uno de mis principales referentes.

Y, sin embargo, no leería por primera vez a Poe —el original— hasta hace escasos tres años, en una edición de principios del siglo XX. Hasta entonces, en vez de analizar a Edgar Allan Poe, lo que estaba haciendo era analizar a Cortázar analizando a Edgar Allan Poe, lo cual puede estar muy bien, pero no es lo mismo.

 

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Edgar Allan Poe y Julio Cortázar (fuente/fuente)

¿Y qué ocurre cuando el traductor no es Cortázar, ni se le acerca? Es tan fácil escribir mal que, cuando una obra no se traduce con un cuidado exquisito, un buen escritor en su lengua vernácula se transforma en un escritor nefasto en español. Pero ¿y si todo el mundo insiste en que ese escritor es magnífico? Entonces puede darse el caso de que el escritor novel lo dé todo por bueno, piense: «si así es como escribe Baudelaire, es que está bien escrito», y de forma consciente o inconsciente empiece a incorporar los errores del traductor a sus propias técnicas de escritura.

Me encuentro muchas veces con este problema en los artículos de mi blog. Cada vez que traduzco uno de esos fragmentos que yo considero magníficos al español, me quedo mirándolo como si acabase de esculpir un Rodin con cuatro brazos. Aunque el mensaje y la intencionalidad del texto original se conserva, esa chispa de magia (sonoridad, composición y otras cuestiones de estilo) se han perdido de forma irremediable.

Lo que quiero decir es que cuando hablamos de que un escritor ha de «leer mucho», tenemos que detenernos y preguntarnos: ¿Mucho de qué? 

La respuesta es mucho de todo: mucho de buenas traducciones, pero también mucho producto escrito originalmente en español. Y no solo obras recientes, también clásicos. Hay que leer a Baroja, Calderón, Unamuno, Borges, Cortázar…

 

* * * *
¿Y vosotros qué pensáis? ¿Leéis habitualmente en otros idiomas? ¿Os produce sensaciones diferentes? ¿Os estimula del mismo modo para escribir en castellano? Y, sobre todo: ¿Creéis que las traducciones —especialmente las malas— están provocando un empobrecimiento en el estilo de los escritores de nuestra generación?

[1] http://www.federacioneditores.org/SectorEdit/DatosEstadisticos.asp 
[2] http://serescritor.com/tag/libros-traducidos/ 
[3] https://www.um.es/tonosdigital/znum15/secciones/estudios-26-Traduccion%20y%20equivalencia.htm 
Fuente de la primera imagen: Pixabay. 

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11 comentarios

  1. Fenomenal artículo, Víctor. Has conseguido poner por escrito lo que tantas veces me he preguntado mientras leía un libro traducido: "¿Cómo es posible que este autor haya escrito esto?".

    El problema es que, para los que no sabemos ningún otro idioma con la fluidez necesaria como para leer una novela más que el español, nos limitaríamos a los títulos escritos en este idioma. Por eso leo sobre todos autores que escriben en español y elijo sólo autores extranjeros de reconocida calidad en los que supongo, quizás equivocadamente, que contarán con los mejores traductores.

  2. Hola, Víctor. Supongo que, como en todos los órdenes de la vida, hay traductores buenos, malos y regulares. Incluso habrá traducciones que mejoren el original. ¿Por qué no? Los traductores muchas veces son escritores que, frustrados porque no han conseguido publicar nada de lo suyo, se contentan con hacer de traductores para otros metiendo parte de su "arte" entre las páginas de los escritores que traducen.
    Sin embargo, yo estoy con Javier Peñas Fernández (un saludo, por cierto); los que no tenemos la suerte de hablar otros idiomas además del español con un mínimo de fluidez, tenemos que contentarnos con fiarnos de las traducciones que caen en nuestras manos.

    Y llegado a este punto, me gustaría introducir un nuevo "concepto en esta coyuntura" (el amigo Allen, ya sabes ; )). El nuevo concepto es: ¿realmente cuando leemos a un autor, incluso en su lengua original, podemos estar completamente seguros de leer lo que él escribió? Porque, ¿cuántas veces no hemos leído entrevistas a reputados editores hablando de lo mucho que han tenido que corregir a tal o cual escritor dado lo desastroso de sus manuscritos? Y en ese sentido se me ocurre el famoso caso del escritor Raymond Carver y su editor, el cual llegó a afirmar que él es el verdadero autor de la mayor parte de la obra de Carver. Nada, ahí lo dejo. 😛

    Interesante artículo, por cierto. Un abrazo, Víctor y Javier. : )

  3. Excelente artículo. Estoy de acuerdo, y como tengo la fortuna de poder leer libros en inglés, puedo compararlos con sus traducciones. Pocas veces se asemejan al original, en el sentido profundo que comentas: sonoridad, composición, sentimientos, estilos. Cada lengua tiene su riqueza, eso lo sabemos. Y lo mejor, como tu dices, es leer de todo!
    Saludos creativos para todos!

  4. Hola Javier. Muchas gracias. No estoy seguro de que se busque a los mejores traductores para los grandes escritores, al menos no en todos los casos. Por otra parte, leer libros traducidos está muy bien, yo lo hago constantemente. Los traductores hacen una labor imprescindible, y la gran mayoría con mucha profesionalidad. Pero me temo que la única forma de valorar en su justa medida a un autor (en cuanto a los aspectos más técnicos de su escritura) es acudir a la versión original.
    ¡Un saludo y gracias por comentar!

  5. Buenas, Pedro. Tienes razón. Y por supuesto, este artículo no va en contra de los traductores. Todo lo contrario. Es jodidísimo traducir bien una obra, lleva mucho tiempo, requiere tener una cultura general muy grande (en muchos casos, necesitan adquirir conocimientos adicionales para cada encargo particular) y un excelente dominio del idioma del origen y del de destino. Y, por si fuera poco, cada vez está peor pagada.

    Así que para los traductores, solo amor.

    El problema que resalto aquí no es de los traductores, porque es algo que ningún traductor puede conseguir: una réplica exacta en castellano de algo escrito en otro idioma. Es imposible. A partir de ahí saldrán aproximaciones buenas y malas. ¿Hay traducciones que pueden mejorar el original? ¡Pues claro! Pero eso también supone una alteración del texto, aunque sea para bien. Si Neil Gaiman (por dar un nombre) escribe peor que su traductor, puede ser más agradable leer a Gaiman traducido, pero no deja de ser una interpretación de Gaiman, un “si Gaiman escribiese en español, quizá escribiría algo así”.

    Lo de la autoría es otro concepto espinoso. Sobre Carver y Gordon Lish ya hablé en otro artículo del blog (http://moraldefrontera.blogspot.co.uk/2014/12/raymond-carver-fue-gordon-lish-y-los.html). Si te fijas, podemos llevar tu argumento al extremo. ¿No modifican los lectores cero el trabajo original del escritor? Una obra tiene que recibir valoraciones externas, y yo considero la labor de un editor como algo imprescindible. El problema sería que el autor no estuviera del todo de acuerdo con las revisiones, que es lo que le pasó a Carver.

    Este tipo de reflexiones darían para mucho más. En cualquier caso, gracias por tu comentario y por el debate interesantísimo que planteas.

  6. Gracias, Polita. Exacto. Hasta que no empecé a leer a ciertos escritores en su lengua original, yo tampoco me percataba de que la diferencia fuera tan grande. Lo bueno es, efectivamente, poder leerlo todo, versiones originales y traducciones, y así poder comparar. No todo el mundo puede, y desde luego no en todos los idiomas. Yo adoro “Las flores del mal”, por ejemplo, pero mis conocimientos de francés son insuficientes para leerla tal cual la escribió Baudelaire.
    ¡Un saludo y muchas gracias por pasarte por aquí!

  7. Leer en una lengua que no es la tuya no es tarea fácil. Yo leo mucho en inglés y, de vez en cuando, he intentado hacerlo en francés (aunque este segundo idioma sí que supone una enorme dificultad para mí).

    Lo más curioso de leer en otro idioma es lo rápido que cazas las malas traducciones que hacen al tuyo.

    Y la curiosidad personal con respecto a tu artículo de hoy es que la primera vez que leí a Poe fue precisamente en inglés. En el colegio y sin versión adaptada. Confieso que lo odié, como me pasó con Virginia Wolf, ya en la facultad. La tediosa tarea de entender un idioma que todavía no dominas es capaz de hacerte odiar a los autores que lees.

    Con Poe me he reconciliado; con Virginia Wolf, no.

    Fabuloso artículo, Víctor 🙂

  8. Lo que me pasa a mí cuando leo en inglés es que casi puedo percibir cómo estoy usando áreas diferentes del cerebro para procesar la información. Leer en una lengua que no es la tuya, o que no es tu idioma de trabajo tiene muchas ventajas (la primera y principal es que leer en inglés también es una actividad que disfruto, igual que leer en español). De cara a mi desarrollo como escritor, en cambio, leer en inglés me aporta menos para aprender técnicas, depurar mi estilo, etcétera. Como ahora también escribo en inglés, pues le acabo sacando partido a todo…

    Y sí, cuando tienes cierta pericia en la lectura del inglés y pasas al español, enseguida te das cuenta de cuándo han traducido una frase de forma literal sin cambiar la estructura o han cogido una frase hecha y la han “trasladado” palabra por palabra. Si te interesa el tema, en un par de semanas voy a publicar otro artículo en el que le voy a dar bastante caña a esas cuestiones.

    Muchas gracias por comentar, Ana. Me alegro de que hayas disfrutado con mi post. Ah, y reconcíliate con Virginia Woolf, por favor, que es una escritora de primera categoría. ¡La vida es muy corta como para no hacer las paces! 🙂

  9. No leo mucho en otros idiomas. Algún best seller en inglés, eso sí, y también recopilatorios de cuentos en francés. Nada muy elaborado por supuesto, ya que me pierdo con el lenguaje poético y de todos modos no capto el sentido estético de la mitad de palabras. Pero entiendo lo que este artículo intenta transmitir. El traductor es como un coautor de la obra que traduce, porque a fin de cuentas lo que lees es una interpretación que se hace de la pieza original.

    Me he dado cuenta de la importancia de conocer otros idiomas cuando me he topado con conceptos intraducibles. Cada idioma analiza y cataloga el mundo de manera distinta, por lo que un libro en determinada lengua puede evocar cosas completamente diferentes después de una traducción.

    1. Hola Oliver. Sí, esa es la idea del artículo. El problema es que, salvo que seamos bilingües (yo no lo soy, lo dejo claro), siempre vamos a perdernos algo. Quizá, si estuviera en nuestra mano, lo mejor sería leer la versión original y también la traducción. Así disfrutaríamos de dos libros en lugar de uno.
      Por cierto, me he pasado por tu blog y me han gustado mucho tus artículos. Me lo apunto ;-).

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