El escritor “cinematográfico”

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Hace poco hemos estado hablando de cine en el blog, y allí (y perdonad la autocita) defendía que «el cine y las series de TV —y en particular, las técnicas de construcción de guiones— son una herramienta fantástica para que el novelista aprenda los rudimentos del arte de contar historias»

Lo sigo pensando, pero después de leer el genial artículo de Sevilla Escribe en OcioZero sobre lo que llaman «escritor cinematográfico», me ha parecido interesante darle un par de vueltas al asunto.

Dicen:

“Recuerdo la primera vez que leí sobre los escritores cinematográficos (o algo parecido, no le hagas mucho caso a mi memoria), aquello se refería a todos los que, nacidos en fechas posteriores a los inicios del cine (o de la televisión, si me apuras) tenían una forma cinematográfica de plantear sus historias, algo así como que imaginaban una película en sus mentes y escribían lo que “veían”; una película, con todos sus elementos cinematográficos, no un relato escrito o hablado.”

Hoy vamos a hablar de la contaminación inconsciente que el cine ejerce sobre cualquier aspirante a escritor. ¿Por qué el cine? Porque en nuestra generación, el cine ha supuesto un punto de referencia más importante que la literatura, y los escritores somos especialmente permeables a las influencias culturales.
 
El cine ha sido importante para nosotros. Si alguien me pregunta al respecto, yo le diré que prefiero los libros. De hecho, cada día estoy más convencido de que la verdad que busco se encuentra ahí. 

Y pese a todo, siempre tengo que luchar contra la influencia del cine en mis primeros borradores.
 
Imaginar los capítulos de una novela como si fuesen escenas de una película es algo que quizá todos habremos hecho en alguna ocasión. Más de uno y de dos escritores consagrados dicen hacer lo mismo. A cada cual le funciona lo que le funciona. De hecho, los novelistas del siglo XX han ido cogiendo elementos del cine hasta el punto de que no podemos entender a Paul Auster sin tener en cuenta la influencia cinematográfica que se hace palpable en la inmediatez, en las descripciones, en el diálogo o en la estructura de su obra. Por ejemplo, Javier Marías dice que la primera novela que publicó tenía más influencias cinematográficas que literarias.[1]
 
Dentro del gremio también hay escritores que quieren hacer cine pero, como no pueden, escriben libros. A esa gente los libros le quedan así como muy ligeros y con muchas escenas de acción, bastante confusas porque están llenas de malabares y piruetas innecesarias. Los personajes les nacen ya planos y heridos de muerte. Se aprecia en su maltrato del lenguaje y su ignorancia de los recursos más básicos que ofrece la literatura. 
 
A veces, el escritor que quiere hacer cine y no puede. Considera la literatura un género menor o inferior al de la claqueta; en el fondo la desprecia. De ellos no vamos a hablar.
 
¿Quieres usar el cine como una referencia más? Vale. Pero cuidado, porque es obvio que cine y literatura son medios distintos. 
 
Como decía el semántico Kuroda «la palabra revólver no dispara» pero, por otro lado, el cine no puede traducir a su lenguaje un verso de Vallejo como es «el traje que vestí mañana».[2]  El tratamiento de la memoria es muy superior en las novelas que en las películas, por ejemplo[3], pero lo contrario también puede ocurrir en una persecución de coches. 
 
En definitiva, que los dos son medios para contar historias y existen varios puntos de contacto, pero no toda técnica es intercambiable o traducible entre ambos.

Cómo aprovechar las ventajas del lenguaje

Una de las características del lenguaje es su falta de especificidad, su ambigüedad. Cuando mencionamos una silla, el lector recibe la idea de «silla» y construye con ella una imagen mental. 

 
Todos coincidiremos en que hay muchos tipos diferentes de silla. El escritor cinematográfico puede querer acotar, describir la silla hasta la náusea, pero nunca llegará al nivel de información de la imagen de una silla, que es el elemento básico con el que se trabaja en el cine (la imagen y el movimiento). El escritor inteligente, sin embargo, puede usar la ambigüedad del lenguaje en su propio beneficio. 
 
Por ejemplo, en la frase:
“Era una silla y a la vez no lo era.”
 
Esto que acabo de hacer es coger un objeto cotidiano y añadir ambiguedad en su interpretación. Algo maravilloso que tiene la literatura y que en el cine no puede hacerse. 

Son solo diez palabras, pero mira: 

  • Podemos estar hablando de un trono, y refiriéndonos sutilmente a la idea de la responsabilidad que conlleva sentarse en él.
  • Podemos estar hablando de una máquina de tortura, y del horror que puede estar experimentando el protagonista ante la idea de tener que sentarse en ella.
  • Podemos estar hablando de una obra de arte de Jeff Koons en el MoMA o en una subasta de Christie’s, una pieza valorada en doscientos mil dólares.
  • Por lo que sé, hasta podríamos estar hablando de un wáter en unos urinarios públicos.
El potencial está ahí, listo para ser explotado. Es al escritor al que le corresponde reconducir la ambigüedad para crear el impacto buscado en el lector.

Huyendo de los tópicos

El escritor cinematográfico del que estamos hablando hoy tiene otro problema fundamental. No es que use el cine como fuente de inspiración, es que es la única fuente que usa. 

Acaba por llegar a un reduccionismo que es muy perjudicial:  No aprovecha los recursos adecuados para una novela y el producto final sigue careciendo de las ventajas sensoriales del cine.
En el artículo de OcioZero lo describen muy bien:

“La atmósfera del film te llegó, pero no te diste cuenta de que fue por el sonido que se repetía a intervalos y que inquietaba, el juego de luces que ensombrecía los rostros, esa mezcla de melodía e imágenes tan particular. No, tú creíste que con que fuera Manhattan y de noche iba a resultar… y no era eso…”

Hay muchas cosas que pueden funcionar en las películas y en los libros no. Por ejemplo los tópicos, los diálogos ramplones y los estereotipos en los personajes. Algunas películas tienen un desarrollo tan rápido que los estímulos auditivos y visuales que acompañan a la historia son suficientes para motivar al espectador a disfrutar la experiencia. O eso es lo que creen en Hollywood.

Por el contrario, el sufrido escritor no tiene fuegos artificiales para acompañar a sus palabras. El escritor cinematográfico tiende a usar tópicos, estereotipos y diálogos, pensando tal vez que: «¡En tal película funcionan!». Las películas suelen tener un público objetivo más amplio que las novelas, y además muchos otros elementos para establecer un juicio de valor. No se da cuenta de que quizá lo que tanto le fascinó fueron otras cosas: el trabajo de los actores, la capacidad de los diseñadores para fabricar los decorados o la labor de fotografía.

Esos elementos son difícilmente traducibles en una obra escrita. Por eso los guionistas escriben guiones y no dan indicaciones a la gente de efectos visuales ni a los directores de cásting.

 ¿Cuál es la cura?

Si consideras que padeces el mal del escritor cinematográfico, si no estás satisfecho con el estilo y la forma en la que has narrado la historia y quieres cambiarlos, la solución es bastante sencilla: 

Cuenta lo mismo pero en esta ocasión usa como referencia experiencias personales

Dicen que antes de escribir hay que vivir. También está la máxima de «escribe de lo que sepas». ¿Has estado alguna vez en una pelea? ¿Has tenido un accidente de coche? Te aseguro que son experiencias que no tienen nada que ver con las películas. 

En el cine, la mayor parte de las cosas funcionan porque las ves. El triple salto mortal y el choque múltiple funcionan. La imagen impacta. En literatura puede conseguirse también, qué duda cabe, pero para lograr ese impacto necesitas recurrir a un montón de elementos narrativos que jamás aprenderás con el visionado de una película.

Eso no quiere decir que haya que experimentarlo todo por nosotros mismos (aunque tendremos que admitir que ayuda bastante). Hay muchas formas de basar nuestra obra en la experiencia. Buena parte consiste en lo que llamamos labor de documentación.

La documentación no es solo buscar un libro sobre cómo se arregla un carburador. Es hablar con un mecánico. No es leerse un libro sobre la batalla de Normandía. Es leerse testimonios de primera mano de soldados (de esa batalla y de otras) para saber qué piensa un hombre cuando está en primera línea del frente.

¿Os gusta la serie The Pacific? Leeros Diario de un marine, de Eugenie B. Sledge. Con ese libro aprendí lo que alguien siente cuando un hombre oye a lo largo de varias semanas la explosión de los morteros. Eso no lo aprendes viendo The Pacific. Y desde luego, tampoco lo aprendes aquí.

Eugene Sledge en Okinawa. Fuente.

La documentación no es solo buscar un año o un dato técnico. También es leer entrevistas, crónicas, autobiografías, reportajes, hacer llamadas telefónicas y escribir correos electrónicos a gente a la que no conoces de nada. Es viajar a otros lugares, cuando las circunstancias te lo permiten. Es escuchar a todo el mundo y tomar nota de todo lo que te parezca un detalle interesante.

Somos una generación sedentaria, y como escritores hemos adquirido una forma de investigar acomodada. Lo veo cuando cojo algunos libros. Hay quien recomienda no pasarse con la documentación, porque las cosas han cambiado y hoy en día todo está en Internet. No es verdad (y menos en las dos primeras páginas de los resultados de una búsqueda), pero además lo dicen como si los lectores no estuvieran interesados en nada más que en el desarrollo de la historia, en la consecución de hechos. Como si para esta gente lo de la documentación solo sirviera para dar un trasfondo creíble a la trama. Eso no es cierto. La documentación es la historia: Los datos correctos en el momento adecuado.

El lector percibe esas cosas.

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8 comentarios

  1. Opino que la literatura, de alguna forma, tiene muchas más dimensiones que una película o serie, estoy de acuerdo contigo. La literatura te detiene y te hace pensar a tu ritmo, te hace reflexionar y sentir mucha más profundidad. No sólo eso, también podemos trasladarnos a los pensamientos de un personaje en específico.

    La verdad es que temo que algún día caiga en el error y no sea consciente. Al menos con esta entrada has hecho que me plantee el problema.

    ¡Saludos!

  2. ¡Hola Euterpe! Pues sí, yo opino lo mismo. Siempre me ha gustado mucho el cine —aunque he de admitir que cada vez me motivan menos películas de la cartelera y hay muchas que me decepcionan—, pero para mí la literatura siempre será lo más importante. Me parece la forma más completa y pura, y también la más versátil. Seguida, a cierta distancia, del cómic.

    ¡Muchas gracias por pasarte y comentar!

  3. Hola.

    Es un tema interesante (del que no había escuchado hablar hasta ahora, la verdad). Quizá sí que nos hemos vuelto muy visuales en cuanto a literatura se refiere, en realidad pienso que nos hemos vuelto muy dependientes de lo visual en muchas otras cosas también (o puede que siempre lo hayamos sido pero la Era tecnológica solo lo ponga más a la “vista”). Aunque haciendo memoria creo que no he leído ningún escritor cinematográfico tal y como lo describes, sin embargo me parece que este mal también se manifiesta de otra forma, de la cual si he visto una cuantas muestras: la sobre descripción, esos textos en los que el autor insiste de forma concienzuda en describirnos hasta la última grieta y astilla de la silla, entre otros miles de detalles de cariz visual, como comentarnos hasta el más fino hilo de todos los modelitos de sus personajes. Es posible que me equivoque pero siento que en muchas ocasiones este afán por mostrarnos de una forma tan extremadamente detallada lo que aparece, ocurre, etc. sin dejar nada a la imaginación y de manera tan repetitiva, tiene su origen precisamente en el cine, las series de tv, etc.

  4. ¡Hola Pem! Bienvenido al blog. Puede ser que el abuso de las descripciones tenga que ver también con nuestra dependencia de “lo visual” como dices. No lo había pensado, pero tiene sentido.

    El cine tiene menos recursos para dirigirnos hacia los elementos importantes de una escena (aunque hay juegos de luces, psicología del color y mil cosas más, ahora, con el auge de lo digital, las películas están cada vez más sobrecargadas de elementos de diseño). Cuando tu obsesión al escribir es replicar con todo detalle la imagen que tienes en tu cerebro y te niegas a jugar con los elementos específicos de la escritura, se puede producir esa sobrecarga de información inútil. Aunque como con todo, siempre hay excepciones: por ejemplo, la sobre-descripción de marcas y modelos de ropa en “American Psycho”, de Bret Easton Ellis, es una técnica que funciona muy bien en ese libro, y que se pierde casi del todo en su adaptación cinematográfica.

    ¡Un saludo y gracias por tu visita!

  5. Hola, me encanta tu blog, aunque nunca comento 🙁
    He leído en varios lugares que la mayoría de los libros bestseller son creados en base a una "narrativa visual". Al ser esta una generación que se inclina más por lo cinematográfico, que por lo literario, la escritura ha tenido que mutar para adaptarse a los nuevos tiempos. Quizás sea por eso que las nuevas generaciones de escritores se están volviendo más cinematográficos que literarios. Yo me hice lectora de la mano de muchos clásicos, pero los nuevos lectores se están haciendo con los bestseller. Allí podemos ver lo que será el futuro de la literatura. ¿No te parece?
    Genial el artículo, gracias por los aportes.

  6. Hola Jonaira. Pues muchísimas gracias, y anímate a comentar más a menudo, que a mí lo de la participación es una de las cosas que más me gusta de los blogs 🙂

    En cuanto a tu comentario, la verdad es que nunca he leído nada parecido, pero tiene sentido: intentar atraer a personas que ya tienen una cultura audiovisual creada ofreciéndoles contenidos parecidos en otro formato, en este caso el best seller (si consideramos el best seller un “género”, claro, que habrá quien discrepe). De hecho, la evolución de esa idea podría quizá observarse en la proliferación de contratos que las editoriales están firmando últimamente con blogueros, vloggers y demás “influencers” varios.

    Igual es un cambio inevitable, pero sigo pensando que cada medio de expresión es diferente —ni superior ni inferior a los demás, aunque cada cual puede tener su favorito—, y aunque el contagio siempre es interesante e incluso deseable, me parece que en este caso muchas veces es la literatura la que acaba empobreciéndose con este intercambio.

    Un saludo, y muchas gracias por pasarte por aquí.

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