¿Eres un escritor disposofóbico? Entonces tus ideas son basura (pero funcionan)

Una de las preguntas recurrentes en cualquier entrevista a un escritor es esta: «¿De dónde sacas tus ideas?».

Muchos novelistas acaban hasta las narices de que siempre les pregunten lo mismo y se empiezan a inventar todo tipo de idioteces. Terry Pratchett, por ejemplo, solía decir que se las compraba al peso a un hombrecillo que vivía cerca de Devon. Al fin y al cabo, una pregunta tonta parece pedir a gritos una respuesta tonta.

Lo cierto es que todo el mundo tiene buenas ideas.

Las ideas se fabrican solas en tu cabeza, siempre y cuando no esté vacía del todo. Evidentemente, para sacar algo de un sitio, necesitas que haya algo dentro. Por eso, para tener cualquier idea que merezca la pena es requisito indispensable llenar el cerebro de cosas, a ser posible de muy diversa índole: recuerdos, experiencias, lecturas (no solo de ficción), pinturas, fotografías, obras de teatro, noticias, fragmentos de conversaciones. En fin, cualquier cosa.

Creo que sobra decirlo, pero mientras sigas llenando tu cabeza con elementos dispares, las ideas surgen solas, brillan súbitamente en breves momentos de lucidez. A veces adoptan la forma de un «¿Qué pasaría si?». En otras ocasiones son una escena, una frase, una disposición específica de elementos sobre el lienzo de tu mente.

Se diría que cada uno de nosotros tiene en la cabeza un equipo completo de monos con máquinas de escribir, que trabajan solos mientras nos dedicamos a hacer cualquier otra cosa. De pronto llevan a cabo una asociación fortuita de conceptos que hace sonar una pequeña alarma y ¡eureka! Nace una nueva idea.

Fuente

¿Qué pasa? Yo también soy capaz de ofrecer respuestas tontas.

Habrás oído más de una vez que un escritor siempre está trabajando, y es verdad. El mundo que lo rodea es la mayor fuente de inspiración que puede encontrar. La vida produce de forma constante un millón de detalles que pueden utilizarse con mucha solvencia en la historia adecuada. Hay que tener ojo y habilidad, claro, pero es algo que se puede entrenar.

Las ideas pueden asaltarnos en cualquier parte, acudir de un millón de formas distintas. Pueden aparecer mientras paseamos, o mientras vemos una película, o en la ducha, o en la cola del supermercado. Lo primero que debemos aprender es a identificar una idea cuando aparece. Las buenas ideas son raras, pero aun así, hay periodos en los que pueden acudir por docenas, sobre todo si llevas tiempo llenando tu cabeza de cosas dispares con la disciplina necesaria.

El problema es que el día que vayas a buscarlas allí ya no estarán. ¡Puf! Se habrán esfumado.

Todo el mundo, insisto, tiene buenas ideas de vez en cuando, pero el mecanismo mediante el cual se producen no puede forzarse, y por eso es necesario que antes de sentarnos delante de la página en blanco tengamos nuestra idea en la cabeza.

Por eso, y esta es la clave de todo el asunto, las ideas hay que acumularlas.

Además, es preciso tener un lugar donde almacenar todos esos pensamientos que nos surgen en cualquier parte, y que pueden constituir la semilla de una historia, o un elemento de la misma. Un espacio (conceptual, a veces también físico) al que podrás acudir en busca de inspiración cuando empieces un nuevo proyecto, y también a lo largo del proceso de redacción.

Habrá quien te sugiera que te montes un banco de ideas, pero yo odio los bancos y no me gusta pedir ideas a crédito, y además creo que ya invierto bastante tiempo y dinero en sacar mis ideas adelante. Además, lo del banco sugiere una estructura aséptica y ordenada, un edificio con vigilancia, para que las ideas no se escapen ni se mezclen entre sí.

Yo te propongo, más bien, algo como esto:

Fuente

Exacto, es un maldito montón de basura.

Me gusta tener cualquier cosa que pueda tener el más mínimo interés revuelta con todo lo demás, para que las ideas se pringuen bien las unas con las otras. Un maremágnum de ideas, buenas, regulares y terribles; de todo. Puro síndrome de Diógenes.

Y además es basura, y tampoco está mal que un escritor lleve a cabo esta asociación en su cabeza. Las ideas son imprescindibles, pero de por sí no valen nada. NADA.

Quizá te haya pasado esto alguna vez: Un amigo o un familiar se enteran de que escribes y se acercan a ti. Te dicen que tienen una idea maravillosa para una novela, una idea que va a hacerlos millonarios.

El trato es que ellos te la cuentan, tú la escribes, y os repartís el dinero a medias.

Si no lo has hecho ya, la próxima vez que te vuelva a ocurrir, tienes mi permiso para decirle que no te hace falta escuchar su genial idea porque sabes que no es más que basura, como todas las demás.

Una idea para un negocio no vale nada, una idea para un cuadro no vale nada y una idea para una novela tampoco vale nada, porque lo único que importa es la ejecución de esa idea. Una idea solo es relevante en el sentido de que te importa a ti, como su creador, y te motiva a seguir adelante con un proyecto.

Por lo demás, no me hace falta escuchar tu idea para saber que en sí misma no es original; que ya existe, que ya se ha hecho. En alguna parte. En algún momento.

Una pregunta algo más interesante que casi nunca aparece en las entrevistas de escritores es: «¿Qué haces cuando tienes una idea?» A esto, los susodichos suelen responder sin proponérselo cuando les preguntan por su proceso creativo. En mi experiencia, solo hay dos tipos de escritores:

Por un lado, los que cuando tienen una idea no escriben absolutamente nada y dicen que eso les ayuda a discriminar entre ideas buenas y malas. Se supone que si más adelante le siguen dando vueltas al asunto durante un tiempo, esa idea les importa lo suficiente como para empezar a trabajarla.

Por otro, los escritores disposofóbicos, los acumuladores compulsivos que toman nota de cualquier asociación de palabras mínimamente sugerente, que apuntan todo lo pueden y siempre que pueden (yo soy de estos últimos, por si todavía no ha quedado claro).

Tengo que admitir que no entiendo cómo los escritores del primer grupo son capaces de funcionar cuando se ponen a trabajar. El hecho es que lo hacen, pero no acabo de comprender el mecanismo. Porque una buena idea no es suficiente para escribir una novela. Se necesitan muchas.

Esto quiere decir que incluso lo que hoy te parece una idea muy mala  —y que quizá no merece la pena poner por escrito—, el día de mañana podría resultarte muy útil como un detalle para componer otra historia distinta. Una idea puede ser una escena, o un personaje, o quizá un escenario o un fragmento de un diálogo. Puede ser cualquier cosa, incluso una frase que nos resulte estéticamente agradable.

La desconocida del Sena

Un ejemplo personal: En una ocasión, mientras navegaba por Internet, me encontré con un artículo fascinante. Contaba la historia de una mujer que se ahogó en el Sena a finales del siglo XIX. Alguien —no está claro quién— quedó fascinado por su belleza, y decidió fabricar una máscara mortuoria de la joven. A la gente le gustó, y empezaron a realizarse copias. El  rostro de la joven ahogada acabó por volverse un objeto muy popular entre la alta sociedad parisina de la época. A finales de los años cincuenta, fue utilizado como modelo en los típicos muñecos de plástico para las prácticas de reanimación cardiopulmonar. Eso implica miles, millones de copias de esa mujer anónima, réplicas de plástico repartidas por todo el mundo. Hoy se la conoce como «el rostro más besado de la historia».

L’Inconnue de la Seine. Puedes buscarlo si quieres.

Leí el artículo y, de inmediato, lo añadí con gran entusiasmo a mi montaña de ideas-basura, aunque todavía no sabía cómo iba a utilizarlo. Si no lo hubiera hecho así, lo habría olvidado por completo.

Tiempo después, leí sobre la joven del Sena en uno de los relatos incluidos en la novela Fantasmas, de Chuck Palahniuk.

Unos meses más tarde me lo volví a encontrar en la novela La joven ahogada, de Caitlín R. Kiernan.

En ninguna de las dos novelas, la historia de la chica ahogada en el Sena tiene demasiada relevancia. Lo más probable es que ni para Palahniuk ni para Tiernan fuera la idea que disparó la concepción de la novela, ya que ambas podrían haberse escrito sin mencionarla en absoluto. El relato de Palahniuk habla del desagradable uso que hacen los hombres de un muñeco de reanimación cardiopulmonar, y menciona el asunto de pasada. En la novela de Kiernan, esta historia es una de tantas otras que la autora emplea para crear la atmósfera indicada para la narración de una novela gótica contemporánea. Sin embargo, aunque podrían haber existido sin ella, ambas novelas son mejores por incluir esta historia entre sus páginas.

Me apuesto  cualquier cosa a que tanto Palahniuk como Kiernan se toparon con esta historia un buen día y la apuntaron en una libreta, o en un archivo de su ordenador. Quizá yo mismo encuentre la forma de transformarla en una idea nueva en un futuro, o quizá no. En cierto sentido ya lo he hecho: ha cumplido su función en esta entrada del blog, algo que jamás podría haberme imaginado hasta que llegó el día de recuperarla, varios años después. Quizá tú, ahora que la has descubierto, quieras utilizarla en un futuro. Si es así, tienes mi bendición.

En conclusión: en el momento en el que te sientes a escribir el primer borrador, es mejor no confiar en que las buenas ideas aparezcan a vuelapluma. Aparecerán, por supuesto, pero no siempre, y a veces no cuando más las necesites.

Así que empieza ya mismo a fabricar tu propia montaña de basura.

Facebooktwitter

10 comentarios

  1. La historia de la “Desconocida del Sena” es de las que tengo también anotada, desde que la vi. Es una historia de esas que, por sí sola, ya supera cualquier ficción.
    Yo también soy disposofóbico. Tengo tropecientos cuadernos llenos de notas —algunas notas son solo nombres de personas o de lugares—. Algunas veces anoto historias completas, incluso mis investigaciones van a parar a esos cuadernos. Tengo un cuadernos siempre en mi mesita de noche por si me despierto de un buen sueño y, además por si no tuviera suficiente con los cuadernos, tengo Evernote petado de ideas.
    Las ideas hay que atraparlas al vuelo. Aunque luego las dejes cubrirse de polvo y macerar lentamente en esos cuadernos, algún día regresas a esas páginas buscando algo y de repente te topas con una de esas ideas —una que habías olvidado— y ¡zas! se enciende la bombilla. O puede que una idea que habías anotado para una historia se convierta en una anécdota de otra o en una escena…
    Y ya que estamos con cosas curiosas, me encanta que se llame Síndrome de Diógenes al hecho de acumular compulsivamente, pues Diógenes de Sinope no tenía nada: vivía dentro de una tinaja y solo tenía un bastón, el manto y una escudilla con la que bebía y comía. Un día vio a un niño beber con las manos y tiró la escudilla maldiciéndose por estar tan apegado a las cosas materiales… Ironías de la vida, ¿no?
    Gran artículo, Vic, como siempre 😉

    1. ¡Gracias, Jaume! Cuadernos y más cuadernos, y papeles, y archivos grabados con el móvil, y ficheros en el ordenador (cuando me da por pasar las ideas un poco más elaboradas a limpio) y post-its, y hasta fotografías de lugares, sobre todo de cartelas de piezas de museos de arqueología y de pintura. Es una locura. Seguramente la mayor parte de esas ideas languidecerán para siempre, pero me gusta la sensación de tener siempre donde elegir en función de lo que me apetezca en cada momento.
      Y justo es eso que dices: Una idea no tiene por qué ser una historia en sí, puede ser mil cosas más. Una anécdota, un rasgo, un elemento de trasfondo para un personaje… Vamos, que en esta vida todo se puede aprovechar.

  2. Escribo desde los quince y la montaña de cosas por escribir va a la par de los sonidos y notas musicales por grabar. Es algo que haces en automático, viene a ti y de un momento a otro, ya tiene respaldo: escrito, grabado, fotografiado, etc. Después… hurgar en esa entropía de información es grato, es como buscar una aguja en un pajar sin incendiarlo. Un cordial saludo desde México.

    1. Sí, es verdad que al final se convierte en un proceso automático. A mí también me gusta de vez en cuando perderme en mi montaña de notas, rescatar una idea, descartar otras… Siempre es más fácil fabular sobre el material que ya has recopilado. ¡Un saludo!

  3. Yo también apilo cuadernos de notas desde hace muchos años, me ha una cierta esperanza de que esas ideas o datos interesantes encontrados vayan a tener cabida en un nuevo proyecto.
    Aunque la verdad es que a la hora de escribir tiro menos de esos apuntes de lo que podría, las ideas que más me atraen me suelen perseguir y atormentar hasta que las plasmo bien plasmadas en una historia (y a veces aún después), por muchos meses que pasen. Así que no sé si soy un término medio entre los dos tipos de escritores que comentas.

    1. A mí a veces también me pasa, hay conceptos o ideas que se quedan contigo, por la razón que sea y piden a gritos ser escritos. Por el contrario, sé que tengo cuadernos que llevo años sin abrir, notas que quizá nunca relea… pero bueno, eso es buena señal. Significa que ideas no te faltan 😉

  4. Dios bendiga a evernote, ahí guardo todas las ideas para relatos, novelas, artículos y todo lo que se me ocurra a lo largo del día. En cierta forma, es mi basurero personal.

    PD. Otra fuente de inspiración es la música, tengo lista de reproducción con nombre de novelas 😉

    1. Pues fíjate, sé que mucha gente lo hace, pero por alguna razón yo no soy demasiado de música. Me gusta mucho pero no me inspira como lo hacen otras cosas, como la pintura, por poner un ejemplo. Cada cual tiene sus métodos y sus fuentes. ¡Un saludo!

  5. Yo soy de los autores del primer grupo, de los que se les ocurren ideas pero no las anotan y solo se quedan con aquellas que se niegan a abandonar su cabeza. Siempre me digo mentalmente que tengo que llevar un cuaderno o una app para anotar ideas, pero la verdad es que por ahora me ha ido bien. De hecho muchas ideas surgen solas mientras voy escribiendo. De cualquier manera muy buen artículo que me ha hecho pensar bastante. ¡Un saludo!

    1. Hola, Mark. Al final es cada uno el que debe decidir lo que le funciona. Para mí el cuaderno es un engorro (y además suelo llevar dos a la vez, uno tamaño cuartilla en la mochila y otro más pequeño en el bolsillo de la cazadora, con un boli también pequeño) pero no sé vivir sin él. Supongo que podría seguir escribiendo, pero habría perdido muchas de las que considero mis mejores ideas. ¡Un saludo y muchas gracias por tu comentario!

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *