
El otro día estaba releyendo artículos antiguos en la web y me encontré con el análisis que hice del guion de En las montañas de la locura de Lovecraft que nunca llegó a rodarse.
Entre las respuestas, un lector argumentaba que «HP abusa de los adjetivos y los adverbios de modo, porque no puede mostrar de otra manera lo que quiere decir».
El comentario era bienintencionado (me consta que el usuario tiene buena opinión del escritor de Providence), pero yo respondí que no creía que las críticas contra su escritura tuvieran fundamento, que estaba preparando un artículo sobre eso, y que «a ver si sacaba un rato para acabar de darle forma».
El caso es que me he liado la manta a la cabeza, me he sentado frente al ordenador y aquí está el resultado.
Por fin he cumplido lo que prometí… seis años después.
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La fama de mal escritor de Lovecraft
La fama que hoy precede a Lovecraft pudo tener su origen en la crítica de Edmund Wilson en el New Yorker poco después de su muerte, en los años cuarenta. Desde entonces, las valoraciones peyorativas hacia él son generalizadas.
Tomemos como ejemplo este artículo de The Guardian. En él, el escritor de ficción especulativa David Barnett comenta que, «a pesar de sus prejuicios y sus deficiencias estilísticas, la obra de H. P. Lovecraft sigue siendo absurdamente popular».
En otro punto del artículo, declara:
«Ian Culbard, que también adaptó En las Montañas de la Locura (premiado con un British Fantasy en 2011), transforma con maestría la prosa algo torpe y el infodump de Lovecraft en una lectura tensa y escalofriante, con buen ritmo e ilustrada con una sobria paleta de colores. Es un excelente ejemplo de cómo esos conceptos e ideas tan originales de Lovecraft resultan aún más fascinantes cuando caen en manos de escritores con un enfoque narrativo más contemporáneo».
No se me ocurre ningún otro autor con semejante impacto cultural que haya sido acusado con tanta inquina de «mal escritor» a causa de su particular estilo literario y, en concreto, por dos aspectos: su abuso de adjetivos y las pobres caracterizaciones de sus personajes.
También suele destacarse su xenofobia y su antisemitismo, un asunto bastante más espinoso que su afición por las descripciones floridas o los personajes planos, sobre todo porque es una cuestión extraliteraria. En el caso de Lovecraft, además, es difícil apelar a esa separación entre «obra» y «autor», pues el racismo está íntimamente vinculado a su concepción del mundo y sus universos fantásticos. Podría ser materia interesante para una futura reflexión, pero no afecta en absoluto al asunto que pretende tratarse hoy: su calidad literaria.
(Así que, si te interesa este otro tema, escríbeme un comentario; hablaremos de Victor LaValle, de Michel Houellebecq, de Lovecraft Country y de otras tantas cosas. Prometo no tardar seis años en publicarlo).
En este artículo nos centraremos en el primero de los dos aspectos que mencionaba al principio: las descripciones. Y es que muchos suelen excusar a Lovecraft apelando al impacto indeleble que ha tenido en la literatura y en la filosofía; como ocurre aquí, donde se le acusa de escribir «prosa florida» pero, acto seguido, se le perdona por su excelente worldbuilding.
No me parece nada justo.
Porque no hay nada que excusar. Lovecraft era un escritor excelente y sus descripciones se adecuaban perfectamente a las historias que quería contar.
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Una anomalía entre los escritores de terror
Las críticas que recibe Lovecraft obedecen a aspectos que forman parte de su identidad literaria. Es difícil tener una voz autoral tan fuerte como para conseguir que un fragmento de un texto tuyo sea inmediatamente identificable y atribuible. H. P. Lovecraft es de los pocos que lo han logrado, y en buena medida se debe a su forma tan particular de describir que, como veremos más adelante, está íntimamente vinculada a su forma de entender el mundo y la realidad.
De hecho, como los Mitos forman un corpus de naturaleza inherentemente colaborativa, este estilo ha sido muy imitado por otros autores; en general, rozando el ridículo.
Solo Lovecraft puede escribir como Lovecraft.
Por otra parte, Lovecraft es un escritor mucho más preciso y autoconsciente de lo que se suele pensar. Alan Moore, en su curso Storytelling de BBC Maestro —tan lúcido como siempre— considera sus descripciones una técnica literaria destinada a sobrecargar sensorialmente al lector. Por ejemplo, Lovecraft describe a Cthulhu comparándolo con tres cosas que resultan muy difíciles de conciliar entre sí: «Si digo que mi imaginación, algo extravagante, se representó a la vez un pulpo, un dragón y la caricatura de un ser humano, no traicionaré el espíritu del dibujo» (La llamada de Cthulhu).
Más interesante aún es una de las descripciones en El horror de Dunwich:
«Por encima de la cintura era semiantropomorfo; aunque su pecho (…) exhibía el cuero grueso y reticulado de un cocodrilo o un caimán. La espalda estaba sembrada de motas amarillas y negras, y sugería vagamente la piel escamosa de ciertas serpientes. Por debajo de la cintura, no obstante, era aún peor; porque allí se esfumaba coda semejanza humana y empezaba la pura fantasía. La piel estaba cubierta con un áspero y denso pelo negro, y del abdomen brotaba un rimero fláccido de largos tentáculos color gris verdoso, con ventosas rojas. La disposición era singular y parecía seguir la simetría de alguna geometría cósmica desconocida en la Tierra o el sistema solar. En cada una de las caderas, bien hundido en una especie de órbita rosácea, ciliada, había lo que parecía un ojo rudimentario; mientras que, a modo de cola, tenía una especie de trompa o palpo con marcas anulares color púrpura con todo el aspecto de ser una boca o garganta poco desarrollada. Salvo por el espeso pelaje negro, los miembros se parecían bastante a las patas traseras de los saurios gigantes de la Tierra prehistórica, y terminaban en patas surcadas de venas que no eran pezuñas ni garras».
Moore destaca cómo Lovecraft describe diferentes partes de la criatura de forma independiente. «Básicamente» dice Moore, «te está ofreciendo tantas texturas en conflicto que es imposible componer un todo coherente. Es una forma de alienar al lector, de distanciarlo y hacerle sentir que algo no está bien».

Las descripciones de Lovecraft lo diferencian de muchos de los escritores que le precedieron y le sucedieron. H. P. contradice ese consejo tan manido de la escritura de terror —popularizado como es habitual por el ubicuo Stephen King— que conmina a «no enseñar la cremallera del monstruo» o, en otras palabras, a evitar descripciones sobre lo irracional y lo sobrenatural para que sea el lector el que se forme su propia imagen mental.
Por el contrario, las descripciones de Lovecraft son excesivas, heteróclitas. Era consciente de que el mundo natural, por su carácter extraño y alienígena, puede resultar profundamente repugnante. Y toda esa acumulación de detalles anatómicos, descritos con desapasionamiento clínico, someten al lector a una enfermiza inversión del síndrome de Stendhal.
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Una aproximación clínica
Porque al final esto es lo más interesante: las descripciones de los monstruos de Lovecraft obedecen a su forma híper-racionalista de entender el mundo. El autor a menudo filtra sus criaturas a través de un lenguaje científico, analítico y materialista. El propio párrafo extraído de El horror de Dunwich es un buen ejemplo, pero los hay incluso mejores. En Las montañas de la locura, el escritor de Providence aprovecha el contexto de una expedición científica para describir a los Antiguos como si estuviera redactando un tratado de zoología:
«Orrendorf y Watkins, cuando trabajaban con luz bajo tierra a las 9:45, encontraron un monstruoso fósil en forma de barril de naturaleza completamente desconocida; probablemente vegetal, a no ser que se trate de un ejemplar hiperdesarrollado de radiado marino desconocido. Los tejidos se han conservado evidentemente por la acción de sales minerales. Duro como el cuero, pero con asombrosa flexibilidad en algunas zonas. Huellas de partes rotas en los extremos y en torno a los costados. Mide seis pies de longitud y tres pies y cinco décimas de diámetro central que disminuye hasta un pie de diámetro en cada punta. Semejante a un barril con cinco protuberancias abultadas en lugar de duelas. Rupturas laterales como tallos más bien finos a la mitad de estas protuberancias. En los surcos entre los abultamientos hay curiosas excrecencias —grandes crestas o alas que se pliegan y despliegan como abanicos. Todas están muy deterioradas, menos una, que alcanza casi siete pies una vez extendida. (…) Las alas parecen ser membranosas, extendidas sobre una armadura de tubos glandulares. Se perciben diminutos orificios en la armadura de las puntas de las alas. Extremos del cuerpo resecos; no dan indicios acerca del interior o de qué es lo que se ha roto allí. Tengo que diseccionar cuando regrese al campamento».
Es evidente que Lovecraft no es un autor parco en palabras, pero sus descripciones —como, en general, su literatura— son frías y objetivas, lo que encaja muy bien con su concepción del horror cósmico, poblado por entidades preternaturales que desprecian los asuntos humanos. Un universo vasto y frío, carente de emotividad, anclado profundamente en una visión científica y racional del mundo.
No hay moralismo. No hay moralejas.
Otro aspecto interesante que siempre parece pasarse por alto: a menudo, Lovecraft dibujaba a sus criaturas, lo que implica que las concebía como algo concreto, material, con formas definidas. Por eso, y porque las historias de las revistas Pulp donde publicaba sus relatos iban acompañadas de ilustraciones, podemos reconocer sin mucha dificultad cualquier representación de Cthulhu, de los Antiguos o de los shoggot. Pero lo más fascinante de todo es que esta parafernalia gráfica no consigue quitarle ni un ápice de impacto a sus historias.
Los monstruos de los relatos de Lovecraft se revelan tal y como son. Funcionan porque no tienen cremalleras.

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Lovecraft no es un mal escritor, solo un escritor difícil
Como bien dice el novelista Nick Mamatas en este artículo, Lovecraft no es un mal escritor, sino un escritor difícil. Su ficción es experimental, extraña y provocadora a pesar de que ha transcurrido casi un siglo desde que publicó sus obras. Sin embargo, al mismo tiempo, Lovecraft es un escritor popular, y eso enmascara su dificultad.
Mamatas deja en evidencia a otros autores de género y sus críticas pueriles:
«Hace poco, Daniel José Older se quejó en un ensayo para Buzzfeed Books de que una de las palabras favoritas de Lovecraft, «ciclópeo», era absurda. «¿Qué imagen pretende invocar? ¿Edificios con una sola ventana en lo alto? ¿Edificios construidos por gigantes tuertos? Visualmente no me dice nada, pero sin duda es uno de los adjetivos favoritos de Lovecraft». Older solo tenía que buscar la palabra en un diccionario. Ciclópeo significa gigantesco, desigual y tosco; es a la vez alusivo y descriptivo. “Mampostería ciclópea” es un término técnico que se utiliza en arqueología».
Bajo esa fachada de escritor Pulp que intenta imbuir sus historias de un lenguaje académico ridículo, de creador de monstruos tentaculares que hoy día pueblan la cultura popular en forma de peluches y villanos de videojuego, H. P. Lovecraft es, sin asomo de duda, uno de los escritores más relevantes y notorios del siglo XX, influyendo conceptualmente en pensadores y filósofos del calibre de Donna Haraway o Nick Land y la CCRU.
Autor proto-posmoderno, hay quien argumenta que el siglo XXI no puede entenderse sin Lovecraft.
Y eso es decir mucho.

Escritor de ficción especulativa, slipstream y novela negra. Le gusta desmontar historias para ver cómo funcionan por dentro, aunque luego no sepa armarlas de nuevo. Autor de Lengua de pájaros, Duramadre y la trilogía de La Sociedad de Lundenwich (todas con Obscura Editorial).







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