
A todos nos obsesionan las estructuras narrativas. De hecho, los artículos más leídos de esta web son los que tratan precisamente sobre eso: el viaje del héroe, el método de Save the Cat!, el círculo de Dan Harmon, cómo crear una escaleta…
Supongo que nos interesan porque escribir una novela es una labor titánica y a los que somos de mapa (o arquitectos, como nos describió George R. R. Martin) nos gusta tener las cosas algo más claras antes de ponernos manos a la obra.
Además, frente a otros aspectos más etéreos de la escritura, las estructuras tienen algo de matemático. Se pueden estudiar, se pueden aprender y se pueden replicar.
El problema de las estructuras es precisamente ese carácter de «plantilla» que tanto nos seduce y que, al mismo tiempo, nos limita. Porque al final, da igual cómo lo llames: siempre será una variación del viaje del héroe, esa subestructura que yace bajo los mitos que han dado forma a múltiples sociedades a lo largo de la historia.
Existen otras posibilidades, por supuesto, y en algún momento he tratado el tema de la arquitrama, la minitrama y la antitrama. También hablé del kishotenketsu. Sin embargo, tendemos a tomarlas como poco más que curiosidades.
El viaje del héroe impregna muchas de las historias que consumimos. Aunque nunca hayamos oído hablar de ello, lo replicamos casi sin darnos cuenta.
Y luego está la novela literaria.
La novela literaria
¿Qué es una novela literaria, te preguntarás? Me siento obligado a dar una definición, una que no ofenda a los lectores de género. Porque muchos piensan (críticos profesionales incluidos) que una novela literaria, o de «alta literatura», es solo una etiqueta para contraponer un producto de calidad a algo que no lo es. Y si la novela literaria es prestigiosa, la novela de género es popular. Y lo popular es simple, un producto de consumo barato. Una obra literaria pretende ser arte mientras que el género solo busca entretener.
El género es peor que lo literario, porque los escritores de género no ganan el Nobel ni aparecen en Granta.
No es así.
Voy a proponer otra definición, personal y probablemente errada; sin duda, matizable.
Para mí, la novela literaria habla de la «realidad». Dentro de lo literario, estaría la autoficción, la literatura realista, el bildungsroman. Cuanto más nos alejamos de lo real, más nos acercamos al género. El género añade sucesivas capas de fantasía a lo real. Y, por lo tanto, hay géneros fronterizos con lo literario, como son la novela negra, el western, la policíaca, la novela histórica, el thriller o la romántica. Un poco más lejos estaría el realismo mágico, la literatura experimental, la metaliteratura de género (una obra de género posmodernista, plenamente consciente de sí misma). Más allá nos encontramos con la ciencia ficción dura, la que intenta proyectar sobre el futuro escenarios plausibles.
Y, por último, tenemos el terror, la fantasía, la ópera espacial.
No quiere decir que estos géneros no hablen de cosas reales. Estamos tratando con fronteras porosas. A veces, sus autores las enmascaran con mayor o menor fortuna a través de capas de metáforas y símiles: por poner un par de ejemplos banales, el imperio galáctico es el fascismo, los primigenios son una expresión de la insignificancia del ser humano y de su papel en el gran esquema de las cosas, etcétera, etcétera.
Hay grandes ideas, filosofía y visiones muy profundas sobre el mundo en la literatura de género que no deja de ser género por abordar temas complejos que hablan de la experiencia humana.
Pero el enfoque no es el mismo.
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La tiranía del viaje del héroe
En la literatura pura de género las sucesivas escenas tienen como objetivo el progreso de la historia. Hay una tiranía de la trama, de la arquitectura, que se vuelve más ambigua en la novela literaria.
En una novela de género pasa esto, y en consecuencia pasa esto otro, y por eso pasa lo de más allá.
En la alta literatura, pasa esto, y luego lo otro y luego lo de más allá. Todo está menos conectado, hay menos causalidad.
Supongo que es porque también en la vida hay menos causalidad, mal que nos pese.
Existen formas de abordar el género para hibridarlo con lo literario, y eso se percibe en el enfoque. Una novela como Never let me go de Kazuo Ishiguro, que es ciencia ficción literaria. Una obra como La carretera, de Cormac McCarthy, que es una novela apocalíptica, pero literaria. Libros alejados de la tradición hispanoamericana que coquetean con el realismo mágico, como La fortaleza de la soledad de Jonathan Lethem o Solenoide de Mircea Cărtărescu.
La diferencia clave no es el escenario, no es la presencia de elementos fantásticos, no son ni siquiera las normas que constriñen los géneros literarios.
Es la estructura y el foco. Es precisamente el maldito viaje del héroe, ubicuo en estas ficciones de género. La causalidad que muchos escritores (yo incluido) seguimos ciegamente porque es lo que hemos aprendido, lo que hemos bebido desde que éramos pequeños.
Cuando la estructura desaparece tenemos la experimentación, el poema en prosa, el flujo de consciencia. Y cuando solo hay estructura tenemos el folletín. Pura trama, golpes de efecto, cliffhangers y melodrama.
Sospecho que la novela literaria a menudo oculta (de forma consciente o inconsciente) el viaje del héroe bajo otras capas que el escritor prioriza por encima de la trama. Al final, es un esquema tan ambiguo que podemos encontrarlo en cualquier parte. Lo podemos ver en novelas literarias como El guardián entre el centeno, en Crimen y Castigo o En el camino.
Todas las historias se pueden entender como viajes de transformación, como procesos de cambio. La forma más simple de subvertir el viaje del héroe es precisamente el trayecto circular, donde la historia termina en el punto de partida, pero nada ha cambiado. Esto plantea una aproximación algo nihilista y descorazonadora sobre el mundo.
Sin embargo, la novela literaria puede ser un ejercicio meramente descriptivo de la realidad. Puede ser una caída constante, sin redención. Puede que ni siquiera haya una historia.
Podemos encontrar el viaje del héroe en la novela literaria, pero a menudo este no formará parte del corazón del libro.
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El tema literario
Como apunte breve, ya que no es el tema de este artículo, considero que la otra característica que tiene la novela literaria (pero no es exclusivo de ella) es el «tema».
Nunca he abordado el tema literario en profundidad porque me cuesta definir qué es y cómo evaluarlo. Aun así, muchas novelas de género tienen un tema literario claro. Stephen King en Mientras escribo habla precisamente de cómo, una vez ha descubierto el tema, intenta reforzarlo en la fase de reescritura. Pero no le obsesiona. Si aparece, lo potencia. Si no aparece, no tiene demasiada importancia porque la historia se sostiene por sí sola.
Sin embargo, en la novela literaria el tema no es algo accesorio, es el objetivo absoluto de los hechos que se narran y no las «cosas que pasan» ni cómo terminan.
En la novela literaria, el tema es soberano.
Y así tendríamos las dos características con las que creo que puede sistematizarse esa distinción brumosa entre lo literario y el género: el género prima la estructura sobre el tema, mientras que la novela literaria hace justo lo contrario.
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Cómo huir del viaje del héroe
El viaje del héroe tiene su origen en los mitos. En nuestra cultura está intrínsecamente relacionado con las historias de género porque los mitos, si lo pensamos bien, no dejan de ser «fantasía».
El género presenta al escritor con una serie de reglas. Subvertirlas supone conocerlas, comprenderlas, admitir que existen.
Escribir dentro de una tradición con unas reglas definidas no es malo, todo lo contrario.
Quizá sorprenda, pero, a pesar de la importancia que le he dado siempre a la estructura en esta web, en realidad nunca me ha importado demasiado. La estructura es el barco que conduce al personaje —y por tanto al lector— de un punto a otro, de la primera página a la última. El lector debe ser consciente de que el barco se mueve, de que se detiene en determinados puertos, de que hay un destino final que se explicita con claridad. Esto es importante para que confíe en el autor, para que sea consciente de que hay alguien detrás del timón, de que existe una intención y un propósito detrás de todas esas palabras.
Pero el destino no tiene importancia para mí. El tema literario es el viaje: los puertos a los que arriba el barco, las personas que aparecen a lo largo del camino, los ambientes, las texturas.
Una autora cuyo nombre he olvidado dijo en una ocasión que se sentía cómoda escribiendo novela negra, porque tenía que escribir sobre un crimen, sí, y quizá resolverlo, pero a partir de ahí podía contar lo que quisiera contar. No se veía constreñida por el género, sino liberada.
Lo que quería decir, asumo, es que el destino final estaba marcado en su hoja de ruta. No tenía que preocuparse por él y podía concentrarse en el viaje. Como autor, tienes la ventaja de ser conocido dentro de un género y tus obras tienen un hueco en una sección muy concreta de las estanterías y un grupo de lectores objetivos. Esa autora goza de todas las ventajas que le proporciona el género sin ninguno de los inconvenientes.
Pero es difícil llegar hasta ese punto.
Y es más difícil aún hacer lo contrario: escribir sin esa plantilla, sin esa estructura prefijada, y aun así hablar de dragones, de fantasmas, de naves espaciales.
Renunciar a centrar una historia en el viaje del héroe es un riesgo, porque hay un pacto que se rompe.
Cuando el choque es más fuerte, surge el slipstream, un género del que nadie habla y que para muchos parece que ni siquiera existe. Que es hablar del género desde fuera del género y que, no por casualidad, se ha convertido en uno de mis estilos favoritos como lector y como escritor.
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En conclusión
Al final, es un riesgo escapar de las convenciones, romper con la fórmula, intentar cosas nuevas. El viaje del héroe sirve para construir cualquier historia, pero esta también puede ser contada sin centrarnos en esa plantilla de la que es tan difícil escapar.
A veces, no obstante, merece la pena explorar otros caminos, buscar otras fórmulas.
Cada escritor tiene por delante, a lo largo de su carrera, la difícil tarea encontrar las suyas.

Escritor de ficción especulativa, slipstream y novela negra. Le gusta desmontar historias para ver cómo funcionan por dentro, aunque luego no sepa armarlas de nuevo. Autor de Lengua de pájaros, Duramadre y la trilogía de La Sociedad de Lundenwich (todas con Obscura Editorial).







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